0 comentarios

Espías en el desierto (3)

Espías en el desierto (3)

Ahmed sigue contando con una sonrisa aquella experiencia. "Puse micrófonos modificados por mi, les quitaba la capucha y sólo dejaba el material que era sensible al sonido. Lo metía cerca de enchufes y luces. La calidad de sonido era muy mala pero se podía entender lo que decían en las reuniones secretas. Ni siquiera se daban cuenta cuando iban a enchufar algo, porque en realidad lo que instalaba se parecía a unos cables pelados que asomaban por detrás del aplique. ¡Jajajajaja! Durante años no se dieron cuenta y lo tenían delante del morro" ríe a carcajadas el activista saharaui enseñando los pocos dientes que le quedan. 

"Todos esos cables de los micrófonos iban a una grabadora que tenía instalada debajo del techo. Era pequeña y también modificada por mi. Hicieron varias obras en ese sitio y tan bien estaba escondida que nadie se dio cuenta o si se dieron cuenta no lo dijeron. Esta grabadora tenía una cinta magnética muy larga y funcionaba incluso cuando yo no estaba porque se ponía en marcha nada más dieran al interruptor que encendía la luz que estaba encima de la mesa de reuniones. Sólo utilizaban esa mesa de reuniones para ciertas cosas, que eran las que a nosotros, a los saharauis que luchábamos de esta manera nos interesaban. Entonces cada vez que tenían que hacer una reunión para hablar de algo importante encendían la luz que estaba encima de la mesa y aunque yo no estuviera se grababa toda la conversación hasta que apagaban la lámpara. Ahora tenéis esas grabadoras en los móviles y ya con eso no se pueden hacer estas cosas que hacíamos antes. Había que ser más listo que un zorro para poder hacer eso" explica Ahmed ya con el segundo vaso de té encima de la mesa. 

/