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Sobre el hogar en tiempos de guerra

Rahman me invita a entrar en su casa y como de costumbre saca un vaso de té azucarado hasta los topes. Vive refugiado en una chabola a las afueras de Erbil con su mujer y sus 4 hijos tras escapar de Mosul. «He perdido todo lo que no podía llevarme con las manos. No tenía mucho y pude salvar lo que pude agarrar» explica tras dar un largo y ruidoso sorbo al té hirviendo.

Hace 42 grados, no muchos menos en este horno de plástico. Nota mi sudor y enciende un ventilador aún más ruidoso que sus sorbos. Se hace difícil entenderle en su inglés básico. Llegan sus hijos de jugar porque alguien les avisó que un extranjero ha entrado en su casa. Hace falta ser cordial y tras lavarse las manos en un barreño me dan la mano junto con una furtiva sonrisa.

«Los del Daesh llegaron y mataron a mis dos sobrinos delante de mis hijos. Los degollaron. A mi suegro y su primo los llevaron en coche. No sabemos nada más», mira para abajo intentando aguantar las lágrimas. Decido bromear con sus hijos que se han sentado a mi lado para evitar seguir en la misma conversación, romper el hielo en una situación tan incómoda y que el hombre se suelte a decirme lo que quiera.

Jewan, un vecino, se sienta a mi lado. Sabe inglés y me traduce. «La niña se llama Najwa y tiene 8 años» me explica. Le pregunto con una sonrisa a la risueña niña que no me ha quitado ojo desde que me vio: ¿de dónde eres?. Tras la necesaria traducción la niña se levanta y señala a su padre. Jewan me explica: «dice que ella es de donde sea su padre». El hombre ha tenido que mirar otra vez para abajo.

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