La rebelión de la criatura contra su creador es un tema recurrente en diferentes culturas a lo largo de la historia. La imperfección de lo creado para docilidad y provecho del humano se vuelve un amenazante peligro. Si le ocurrió a Yahvé con Lucifer, un querubín celestial creado para guardar «la Gloria de Dios», qué no acontecerá con criaturas o artefactos construidos por nosotros. Lo adelantaron escritores como Philip K. Dick con sus androides replicantes cuestionándose el sentido de una vida impuesta por sus creadores. O en "2001: Una odisea espacial" de Arthur C. Clarke, donde la computadora HAL-9000 que dirige la nave asesina a sus tripulantes. Las máquinas siempre me han dado un poco de repelús. Entiendo a los luditas de principios del XIX destrozándolas. Aquellos artefactos de la revolución industrial convertían al humano en una pieza más de un alienante engranaje. Si la máquina «habla» mi inquietud se dispara. Empezaron las expendedoras de tabaco. Detrás del melodioso «su tabaco, gracias» junto con la cajetilla, siempre sospeché que continuaba, en tono inaudible, un «lástima te entre un cáncer de laringe con metástasis pulmonar, cacho cabrón». Los GPS, alguna que otra vez, con voz resolutiva nos trasladan a lugares lejos del objetivo al tiempo que invalidan nuestra capacidad para leer aquella cosa lejana de los mapas. Ahora algunos desertores de la cibernética computacional alertan de lo que llaman Inteligencia Artificial porque está escapando al control y en tan solo una década puede acabar con la humanidad. No lo creo. Como si no nos bastáramos nosotros solos para el «exploto» final permitiendo a incapacitados regir nuestro destino. Nuestros jóvenes, incluso impúberes, pertrechados con artefactos inteligentes de todo tipo, amén de la inestimable aportación de la IA, están en los mínimos históricos de comprensión lectora, matemáticas y ciencias, según las pruebas PISA. Cuestiones de Historia no preguntan, afortunadamente. No es extraño que también por estos lares empiece a asomar la patita el fascismo.