Un designado por mor del Espíritu Santo, ocupó la tribuna de las Cortes para delimitar el bien del mal en lo referido a nuestra relación con prójimos y prójimas. La virtud por la que ocupó la tarima del Congreso para la perorata no es la de ser el actual presidente del Vaticano, sino la de ostentar la jefatura máxima de la grey de una secta (rama) de la religión cristiana que, a su vez, forma parte del resto de las sectas abrahámicas. Denomínanse católicos por creer en 44 dogmas absurdos (Credo quia absurdum) que son el pilar de su fe. Curioso el trato de favor a una confesión religiosa por parte de un Estado declarado aconfesional que permite convertir la tribuna de oradores en púlpito. No es suficiente con el mantenimiento del Concordato Iglesia/Estado que Franco y Pío XII firmaron en 1953, ni siquiera el latrocinio de las inmatriculaciones, la exención de impuestos, la financiación de la educación católica, la inhibición de los tribunales de justicia ante la violencia ejercida por curas, monjas y laicos católicos sobre menores en orfanatos, escuelas y seminarios; y ante la jerarquía eclesiástica que protege a tanto pederasta. Ahora, además, se permite que el papa de los católicos, desde el Congreso, sede del poder popular, como les gusta decir, ejerza de faro espiritual y moral para todos y todas. Y cómo está el mundo, que un discurso algo más avanzado que el de una concursante a Miss, a excepción del aborto y la eutanasia, causa furor en tertulianos de todo tipo al informar desinformando que su nombre era en honor a León XIII, que instauró la Doctrina Social de la Iglesia «en apoyo a los obreros frente a los abusos del capital». Si uno lee las dos encíclicas de León XIII y no es rematadamente idiota, puede constatar la defensa a ultranza de la propiedad privada de los medios de producción y el ataque a quien la cuestiona como «los herejes racionalistas, anarquistas, socialistas» y la perniciosa «lucha de clases». Para agradecer su presencia, el Gobierno y sus ministros, a misa. Señor, llévame ya.