Creo que el concepto de fascistización nos puede ayudar a comprender los tiempos que vivimos porque nos invita a pensar más en procesos complejos que en una esencia que resurge una y otra vez del pasado. Por fascistización suele entenderse la evolución de gran parte de las derechas hacia posiciones más extremas y, lógicamente, expresa grados, recorridos y formas diversas, pero todos en una misma dirección. Ese horizonte es, como sabemos, la destrucción de derechos y libertades, la persecución de la diversidad, la intensificación de todas las formas de dominación, colonial, racista, patriarcal y, por supuesto, de las lógicas opresivas y depredadoras del capitalismo mediante la aniquilación del Estado social y el fortalecimiento de las fuerzas armadas, la seguridad y el belicismo. En el caso del Estado español, de modo especialmente marcado, esto pasa por una agenda supremacista españolista contra la realidad plurinacional y todas las formas de diversidad. Esta perspectiva nos permite reconocer a la vez que UPN, PP y Vox no son la misma cosa y que están en un proceso de fascistización con pautas marcadas por una pulsión internacional y estructural con la que los de Abascal conectan de manera ventajosa. Las derechas se están fascistizando en el sentido que hemos dado al término y en torno a los sucesos de Ceuta esta tendencia aflora de un modo desgarrador: como si de colonos sionistas se tratara, hordas de energúmenos impiden el paso de vehículos de la Cruz Roja con material de ayuda de emergencia, en una imagen que condensa este proceso. Se fascistizan porque odian la democracia, la justicia, los pueblos y la igualdad. El reto actual de esa ofensiva es cargarse el Gobierno de Pedro Sánchez, porque lo perciben como un experimento democratizador y no pueden permitir que aparezca ninguna alternativa. Por eso hay que apostar más que nunca por las vías de democratización, pero eso exige, por parte de quien lidera ese gobierno, una firmeza que se está haciendo esperar mucho.