Aunque solucionaría muchos problemas, no hay una ciencia capaz de predecir cómo se materializará el fin de un imperio en declive. Hay información sobre algunos casos pasados y conocerla puede tener su utilidad, claro, pero no va a servirnos para saber exactamente qué va a ocurrir. En realidad, incluso es arriesgado suponer un desenlace inevitable para una tendencia decadente. Podría ocurrir, como ha sucedido en el pasado, que se produjera alguna forma de recuperación del poder perdido, aunque sea de modo precario y temporal.En esa indefinición, en ese tiempo de crisis cuyo desarrollo está abierto, pueden pasar cosas muy extrañas, arreglos inverosímiles, alianzas aparentemente absurdas y, en general, pueden aparecer escenarios complejos enormemente difíciles de entender. Esto sirve para los Estados Unidos, pero también para una Europa que nunca ha dejado de imaginarse como imperio. Incluso puede aplicarse al Reino de España, que se sueña cada más patéticamente parte del centro del universo al tomar conciencia de su incapacidad para superar sus crisis estructurales y, especialmente, su fracaso como nación-estado. Tanto Trump como Vox deben entenderse en el contexto de estos procesos de decandencia. Adoptan formas extraordinariamente agresivas y soberbias mientras aparentan una fuerza sin trabas, imparable, pero en realidad son expresión de una impotencia traumática. Son temibles, sí, de hecho lo son más, precisamente, por esa razón, pero es conveniente no dejar que su parafernalia anule nuestra capacidad de análisis. El capitalismo occidental es más macarra que nunca porque está perdiendo el control del mundo. El supremacismo español enseña las garras porque el régimen del 78 ha fracasado estrepitosamente en su pretensión de cerrar la cuestión plurinacional. Vienen con todo, a estas alturas está muy claro, pero mejor saber por qué si queremos hacerles frente con éxito.