No sé cuántos años llevamos de augurios catastróficos en la prensa. No paramos de escuchar que nos conducimos inevitablemente al mayor de los abismos imaginable, la humanidad entera. Aunque la culpa de elegir el apocalipsis fascista viene del centro del mundo, el único territorio que importa, Occidente, somos tan cómplices del desastre total los poderosos como la gente por permitirlo. En realidad piensan solo en los hombres, todos los hombres del centro del mundo, porque en la inmensa mayoría del planeta habitado no hay exactamente hombres. A las mujeres ni nos imaginan colaborando en la gran caída, somos odiosas pero no contamos, ni siquiera por haber inventado esa abominación llamada feminismo. A diestro y siniestro, desde la derecha y desde la izquierda, hombres blancos heterosexuales postandropáusicos con altavoz político pretenden contagiarnos su bajona. Por mandato de género, los hombres hombres no suelen envejecer bien: solo hay que ver las terribles tasas de suicidio que asolan sus vidas. Desgraciadamente, desde su privilegio obturan la luz de este mundo.Y en medio del horror y del imperio, nos viene un chute de alegría y de esperanza de otro hombre. No es señor, no es blanco, no es heteronormativo. Afea la homofobia de otros hombres, besa a un bailarín en la boca, defiende a las mujeres trans, defiende a las mujeres, describe el sexo con mujeres de una manera gloriosa y no conquistadora, canta «ella perrea sola». Parido en Puerto Rico, primero, colonia española y, desde hace casi 130 años, colonia gringa, el reguetonero Bad Bunny se opone también al saqueo permanente en su isla y en cualquier territorio, a los desahucios y las deportaciones, al racismo, a la crueldad, al desaliento. Desde el trepidante intermedio de la Super Bowl del pasado domingo en California, Bad Bunny desafió al infame Trump. Creo que lo que más debió perturbar al cacique planetario fue ver a este chaval lanzarse de espaldas sonriente a un vacío que era multitud, porque sabía que iba a sostenerle.