Dabid
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De caricaturas, acuchillamientos y agoreros de «profecías autocumplidas»

El salvaje acuchillamiento de feligreses en la iglesia Notre-Dame de Niza llega en un momento de altísima tensión tras la muerte, hace una semana, del profesor Samuel Paty a las afueras de París solo por haber osado mostrar las caricaturas de Mahoma en el contexto de una clase sobre libertad de expresión.

La no menos macabra decapitación a manos de un joven refugiado checheno coincidió con una ofensiva del Gobierno Macron contra lo que no había dudado en calificar, aunque luego reculó, como «separatismo islamista» al interior del país. Y con su pugna geopolítica con el neotomano presidente turco, Erdogan, implicado en una campaña de «diplomacia de guerra–en teoría, solo en teoría, antónimos– en medio mundo, desde Libia hasta Irak, pasando por el Cáucaso y las costas del Mediterráneo Oriental.

El que fuera alcalde de Estambul y que trata de liderar, en clave islamista, un resurgir de la «Gran Turquía», no ha dudado en atizar el fuego de la ira de sectores religiosos integristas del mundo musulmán contra el Estado francés.

Y en esas llega la tragedia de Niza. Su alcalde, el derechista Christian Estrosi, ha reaccionado señalando que «ya es demasiado. Ha llegado el momento de que Francia se libere de las leyes de la paz para destruir definitivamente el islamofascismo en nuestro territorio».

Reacción caliente y quizás comprensible, toda vez que la ciudad mediterránea tampoco ha olvidado el dramático ataque del 14 de julio de 2016, cuando un yihadista embistió con un camión a una multitud que paseaba en plena fiesta nacional francesa por la Avenida de los ingleses, matando a cerca de un centenar de personas.

Y eso que el ataque de hoy recuerda más al que, tan solo 12 días después, el 26 de julio, mataba en una iglesia de Saint-Etienne-du-Rouvray (oeste) al sacerdote Jacques Hamel en plena misa matinal.

Un matiz que, sin duda, de nada vale para las víctimas ni consolará a nadie.

Pero que, junto con otras piezas, compone un puzzle muy complejo cuya, no ya solución, sino siquiera su comprensión impiden los que avivan los sentimientos religioso-fanáticos en su propio provecho y los que, llevados por el ardor y sus propios cálculos, utilizan un lenguaje de guerra que no hace sino asomarnos a ella. 

Agoreros, unos y otros, de la «profecía autocumplida». Al final los primeros van a lograr que la islamofobia se extienda por doquier y los segundos van a ver confirmado su discurso de que esto va de guerra. Sin matices.

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