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Putin a Lukashenko: «Consejos vendo que para mí sí tengo»

Tras el sexto fin de semana ininterrumpido de protestas en Bielorrusia –más allá del baile-pelea de cifras miente quien no se reconozca sorprendido por la tenacidad opositora–, el presidente ruso, Vladimir Putin, ha recibido en su escaparate-balneario de Sochi a su homólogo bielorruso, Alexandr Lukashenko. 

Y ha mostrado su convencimiento de que el contestado presidente vecino llevará a cabo su prometida, «lógica y oportuna» reforma constitucional con la que pretende poner fin a la mayor crisis política que vive la Rusia Blanca desde el colapso de la URSS.

Contrariamente al refranero –«Consejos vendo que para mí no tengo»–, Putin sabe de lo que habla, cuando acaba de imponer una reforma constitucional a su medida que le permite, teóricamente, poder seguir en el poder hasta 2036.

Otra cosa es que el inquilino del Kremlin esté convencido de que Lukashenko esté ya en condiciones de comprarle el consejo. Solo así se entiende la ironía distanciada de las palabras del presidente ruso: «Estoy convencido de que vuestra experiencia en el trabajo político permitirá a Bielorrusia alcanzar nuevas fronteras».

Está claro que el margen de maniobra de Lukashenko tras el anuncio de su aplastante victoria electoral es escaso. Y que la «sonrisa» condescendente con la que, asegura, asiste a las manifestaciones opositoras se convierte en sonrisa sumisa ante Moscú.

Hoy mismo no se ha cansado de agradecer una y otra vez el apoyo de Rusia –«los amigos se ven en los momentos de dificultad»– y de entonar el mea culpa por el hecho de que durante la campaña, e incluso en las primeras horas tras el inicio de las protestas, criticó duramente una «campaña de desestabilización de Rusia». «He aprendido la lección». reconoce ahora compungido.

¿Qué ha cambiado desde entonces?

Para Putin poco, salvo quizás cierto nerviosismo –palpable en el caso Navalny– al ver la conjunción del malestar en la calle de parte de la población bielorrusa con las ambiciones geopolíticas occidentales a las mismas puertas de Rusia–.

Para Lukashenko todo. Al punto de que depende política y económicamente de Moscú, que le acaba de prometer 1.500 millones de dólares. Unas migajas comparadas con la crisis que atraviesa su país.

Lo único que el presidente bielorruso puede esperar es que con su apelación a las «nuevas fronteras», Putin se haya referido genéricamente a nuevos retos u objetivos, porque da toda la pinta de que Lukashenko no está hoy en condiciones siquiera de defender las actuales fronteras bielorrusas frente a las ansias anexionistas del Gran Oso ruso.

 

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