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Siria: Suspiro de alivio y sensación de vergüenza

Hace unos días, horas antes del bombardeo contra objetivos sirios en represalia por el supuesto ataque químico en Ghuta Oriental, tratábamos de anticipar las intenciones de Trump (¿farol o maniobra de distracción?), a las que contraponíamos la desnuda realidad de los hechos en el drama airio.

Una vez consumado el bombardeo con misiles Tomahawk en la madrugada del sábado, y sin restar tampoco un ápice de gravedad al hecho del ataque, que constituye una abierta violación de la legalidad internacional, hay que reconocer que la disyuntiva era falsa. Y es que Trump y sus aliados Macron y May han sido capaces de mantener su farol con un ataque tan quirúrgico y limitado que en realidad fue más una maniobra de distracción que un hecho con el que buscaran no ya revertir sino siquiera condicionar el devenir de la guerra en Siria.

Todo indica que, como se venía especulando desde el pasado jueves, EEUU y sus aliados mantuvieron informada a Rusia tanto de la fecha y hora de los ataques como de los objetivos concretos, lo que, unido al tiempo para evacuar del que han dispuesto el Ejército sirio y sus aliados, explica la práctica ausencia de daños personales.

A la alegría por este último dato en un país con ya más de medio millón de muertos se sumó así la vanidad autosatisfecha de  Trump y su «misión cumplida» y el desafío tranquilo de un Al-Assad que se ssbía indemne y que fue a la mañana siguiente a trabajar entre los vítores de sus seguidores por el «fracaso» del ataque. Todo ello sin olvidar a una Rusia que podía asimismo hacerse la agraviada pero que es tan consciente de que no puede responder a esa «provocación» como Washington y sus aliados lo son de que no pueden lanzar un ataque general contra Damasco sin arriesgarse a provocar un enfremtamiento con Moscú.

El escenario movería a risa y recordaría a ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú», comedia del magnífico Stanley Kubrick, si no estviéramos en un escenario, el de Siria –y por entensión el del convulso mundo actual– en el que bastaría una chispa. o un error, para convertir el mayor drama humanitario del actual siglo en una conflagración de consecuencias imprevisibles.

Dicho esto y exhalado el suspiro de alivio, convendría no olvidar que el drama sirio persiste y que, como recordábamos en el anterior blog y más allá de la veracidad o falsedad del supuesto ataque con armas químicas, el desenlace de esta última crisis se ha saldado con la expulsión definitiva de los rebeldes de Ghuta. Y no parece que el ataque vaya a obligar a Al Assad y sus aliados a  renunciar a la estrategia de bombardeos masivos, sean estos químicos o «convencionales» para recuperar el control del país. aunque sea en ruinas.

Porque, como ha quedado nuevamente demostrado, a Trump, Macron y May se la trae al pairo el sufrimiento de los sirios. A lo más lo que buscan con su último bombardeo es a reivindicar un papel en la futura Siria en un intento de no dejarlo completamente en manos de Putin y de los ayatolahs.

Y en esta sangrienta partida de ajedrez. si el único argumento de la izquierda, por lo menos por boca de los españoles Pablo Iglesias (Podemos) y Alberto Garzon (IU), pasa respectivamente por limitarse a condenar un ataque «que desprecia a la comunidad internacional» y contra el Gobierno «que más lucha contra el ISIS», el suspiro de alivio da paso a una sensación de vergüenza. Ante una izquierda  que ya no es que viva instalada en su escasa capacidad para con-vencer, sino que sigue anclada en los mismos errores y aprioris prepolíticos y cínicos que tanto le gusta denunciar, pero que parecen desgraciadamente insertos en su propio ADN: el que le lleva de fracaso en fracaso hasta la «victoria final».

 

 

 

 

 

 

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