Ese es el título de una canción pop, pero podría ser la conclusión de un análisis sobre la gestión del tiempo en nuestras relaciones sociales, ya sean laborales, familiares, de amistad… ¿Cuántas veces no hemos pronunciado esas mismas palabras? ¿Y cuántas veces no hemos cumplido esa promesa? Nos falta tiempo. Se nos escurre como agua entre los dedos, como decía la poesía de Bécquer. Yo tenía un colega al que le encantaba decir: ¡A mí no me da la falda! Cada vez que lo decía me provocaba una carcajada, pero, en el fondo, era una forma de quitarle hierro a un tema realmente preocupante, que genera mucho desasosiego. El tiempo es un bien que se percibe subjetivamente como escaso y hoy en día es un valor más apreciado incluso que el silencio. Y no importa que tu trabajo sea extenuante o estés en paro, o tengas hijos o padres y madres que cuidar, o seas jubilada. La filósofa Marina Garcés no lo ve así. Afirma que el tiempo no es gratis en nuestra sociedad: hay que tener tiempo para poderlo compartir, para poderlo «regalar». Y eso es privilegio de unos pocos. La modernidad ha construido el mito del progreso ilimitado que ignora que el tiempo, o sea, nuestra vida y la del planeta, es finito. Y plantea, precisamente, la necesidad de ser conscientes de esta finitud como condición de vida compartida.Una amiga mía suele decir que las amistades hay que trabajárselas, si no, se pierden. Pero lo mismo se puede decir de nuestras conversaciones en casa, sobre todo con nuestros hijos e hijas. Para eso hace falta tiempo. Hace falta tiempo para leer y para pensar sobre lo que hemos leído. Necesitamos tiempo para conversar y tiempo también para estar en soledad. Por eso la frase «tenemos que quedar» es una especie de promesa: prometo llamarte, escribirte, tomarme un tiempo para ti. Y prometer no de forma retórica o vacía. Volviendo de nuevo a Marina Garcés, prometer implica asumir responsabilidades y construir vínculos de igual a igual para poder dar forma al tiempo futuro.