Estoy convencida de que en nuestra moderna sociedad la soledad y la vejez se miran desde el prejuicio, ese que afirma que ambas reflejan tristeza y son un enemigo que hay que combatir. Evidentemente, somos seres sociales y tener vínculos con las demás personas nos da fortaleza emocional. También es verdad que la vejez significa decadencia en algunos ámbitos. “Es la edad” es el diagnóstico más escuchado en las consultas médicas. Pero la soledad puede ser elegida y es posible envejecer con dignidad y sabiduría. Nuestra sociedad, cada vez más vieja, no tiene por qué ser cada vez más triste. Pero sí tiene que abordar una realidad, y es la que resulta de envejecer en una soledad no deseada. El hecho mismo de llegar a una edad avanzada trae consigo la pérdida de amistades, parejas o familiares que desembocan en la soledad. Y a eso hay que sumar la reducción de la movilidad física, por diferentes causas. Todo ello genera algo que sí me parece preocupante: la dependencia y la fragilidad emocional de la gente mayor que vive cualquier situación con inseguridad. En Japón tienen una palabra, kodokushi, que significa “miedo a morir solo”. Y parece ser que cada vez se usa más. Vemos la necesidad imperiosa de conexión, de establecer algún tipo de vínculo. Hay gente que busca establecer una conversación, aunque sea con la cajera del supermercado. No es precisamente descubrir América decir que la vejez en una soledad no deseada es uno de los mayores retos que tiene nuestra sociedad. ¿Dónde deberíamos vivir? ¿Quién nos tiene que cuidar? ¿A quién corresponde velar por nuestros derechos? ¿Cómo mitigar la pérdida de autonomía personal? ¿Quién cuida a la persona cuidadora? ¿Es viable la convivencia entre diferentes generaciones? La lista de preguntas puede ser infinita. Hay experiencias en algunos municipios (Guardia, Usurbil…) trabajando en este sentido y cada vez se investiga más, como refleja el proyecto GingkGo, recogido en este medio. Es urgente un serio y profundo debate social.