16 MAR. 2025 PSICOLOGÍA El bien criticar (Getty) Igor Fernández Es descorazonador ver las imágenes de líderes políticos de uno y otro color usar la violencia en sus discursos. Descorazonador al menos saber que la violencia nunca generará el acuerdo que necesitemos en cada momento. La confrontación y la crítica son esenciales para poner límites, para marcar una posición relevante e incluso irrenunciable, pero dicha confrontación nunca genera nada por sí misma. Del mismo modo que el castigo o la represalia por sí misma no genera una nueva conducta más allá de evitar la sanción, la consecuencia. Y es que, el problema no está en la crítica en sí, sino en la ausencia de concreción sobre el comportamiento o actitud que se critica, el porqué y, después, la intención de incluir a la persona -o grupo- cuyo comportamiento se critica en la búsqueda de la solución. La inclusión es esencial para la cooperación, la cual es imprescindible para la creación de una nueva situación que nos haga avanzar. Independientemente de si estamos hablando de política, de trabajo, de relaciones de amistad o de pareja, la persona que está siendo criticada escuchará lo que tengamos que decir en tanto en cuanto no se sienta atacado, atacada en su esencia o su identidad. Si tratamos de cambiar un comportamiento criticando los rasgos de alguien, estamos cerrando cualquier posibilidad de cambio, porque esa persona no podrá cambiar sus rasgos. Simplemente, al hacer esa asociación, nosotros mismos, nosotras mismas estamos imposibilitando la modificación que supuestamente queremos. Al recurrir a los rasgos, lo que obtendremos será una defensa y de ahí solo nos queda la escalada: vencer o ser derrotados, morir o matar. Aparecen entonces soluciones simplistas para negar las subjetividades. Y es que en esa diversidad no solo está la riqueza, sino la supervivencia misma. No por casualidad la naturaleza nos obliga a juntarnos con otra persona diferente para procrear, protegiéndonos de la endogamia. La crítica basada en la competición, en el sometimiento, nunca va a poder generar el clima necesario, la calma necesaria para analizar profundamente los problemas complejos; y, si no queremos acabar con nuestra pareja, romper nuestra amistad o tener que dejar el trabajo, si no queremos dar carpetazo y quedarnos solos, solas, entonces tendremos que cuidar no solo de nuestra manera crítica de hablar, sino también del paso previo y privado, de nuestro pensar. Antes de simplemente soltar una crítica y esperar que el otro la asuma como propia, o machacarle hasta que no le quede más remedio que tragársela a la fuerza, tomémonos el tiempo de describir en nuestra cabeza, concretamente y en forma de un comportamiento observable y sobre el que poder cambiar opiniones, lo que no nos gusta. Y también antes de hablar sin más, pensemos en qué vamos a hacer después para que no salte todo por los aires porque, esperar que la otra persona vaya a querer coger lo que le espetamos desde el desdén, la rabia o la acusación es bastante ingenuo.