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LOS ECOS DEL TEIXADAL DE CASAIO

La resistencia de un pueblo ante la oscuridad de los incendios en Galiza

Pedro Domínguez, guía de montaña y vecino del Macizo de Trevinca, en Galiza, luchó y sigue luchando cada día para que el negro que dejaron a su paso los incendios del verano no acabe con la vida de su aldea.

Vertedero de escombros de una de las muchas minas a cielo abierto que pueblan las montañas del concello de Carballeda de Valdeorras, líder mundial en extracción de pizarra. (Fernando Mahía)

La noche cae profunda y el viento es cortante, augurando la nieve que cubrirá la zona en cuestión de semanas. Es noviembre todavía, pero el invierno siempre es puntual en los 1.200 metros de altitud de Casaio (concello de Carballeda de Valdeorras, Ourense), la esquina donde Galiza se toca con las provincias de León y Zamora. En una de las primeras noches bajo cero de la temporada, sus 441 vecinos se refugian de la xiada -helada- y nada se mueve en la aldea salvo los aviones, que surcan su cielo rumbo a quién sabe dónde; y excepto los bulldozers, camiones y excavadoras que siguen trabajando toda la noche en las numerosas minas de pizarra a cielo abierto que habitan esta zona. Nada se mueve salvo el todoterreno de Pedro Domínguez, que alumbra ya el tramo final de los 25 kilómetros de carretera de montaña que separan Casaio de la villa de O Barco de Valdeorras, capital de la comarca.

Cansado, ojeroso, pelo negro y complexión fina de nunca parar quieto, Pedro Domínguez aparca su Nissan Patrol entre la iglesia y una de las varias casas abandonadas de Casaio. Baja en brazos a su niña de tres años, más dormida que despierta. Llegan del hospital, de tratar una infección de orina. Pedro Domínguez introduce como puede la contraseña del portón que da acceso a su vivienda y a su albergue de montaña, Ecos dos Teixos. Entra y saluda a Elba, su pareja. Le hace un resumen de lo que le han contado los médicos. Acuesta a la niña. Cenan. Se relajan, por fin.

Casa abandonada en la aldea de Casaio. (Fernando Mahía)

Fuera, en el jardín de Ecos dos Teixos, todo sigue igual a lo largo de la noche. Se mantiene el ruido de las excavadoras, de los bulldozers y los camiones que trabajan non-stop en las explotaciones locales de pizarra. Los aviones surcan el cielo, despejado y lleno de estrellas, en uno de los lugares con menor contaminación lumínica del Estado. El negro de la noche sigue cubriéndolo todo, también las privilegiadas vistas al cercano macizo de Pena Trevinca -techo de Galiza con 2.127 metros-, joya natural del noroeste de la Península, hábitat de especies amenazadas como el águila real y de espacios únicos como el Teixadal de Casaio, el bosque más antiguo de Galiza y uno de los pocos conjuntos de tejos existentes en toda Europa.

El principal problema para Elba, para Pedro y para el resto de vecinos de Casaio era y sigue siendo que ese oscuro panorama se mantiene también cuando el sol se levanta a la mañana siguiente. Es la marca negra que el pasado verano dejaron las llamas que se cebaron con Trevinca de la misma manera que con muchas otras zonas del noroeste peninsular. Las cicatrices de un incendio forestal que la Xunta de Galiza, presidida por Alfonso Rueda (PP), ni siquiera reconoció durante días, pese a que acabó por calcinar 5.000 hectáreas de monte, un 20% de este espacio protegido. Es el negro contra el que se lucha cada día en esta zona aislada en lo geográfico y, parece, también en todo lo demás.

Ante esa oscuridad ante la que se ven día y noche, en Casaio han tenido dos herramientas principales: unión y solidaridad.

Pedro Domínguez camina hacia el Teixadal de Casaio, un bosque milenario de tejos, localizado justo debajo del macizo de Pena Trevinca. (Fernando Mahía)

TREVINCA ARDE Y EL PUEBLO DE CASAIO ACUDE A FRENAR LAS LLAMAS

El primer capítulo del drama incendiario que asoló este rincón durante el verano pasado comenzó el 14 de agosto de 2025. Por aquel entonces, comarcas enteras de las provincias de Galiza y León ya habían sido completamente calcinadas. Semanas antes, el incendio del concello ourensán de Chandrexa da Queixa, con 15.000 hectáreas quemadas, se había convertido en el más grande de la historia de Galiza. A solo 30 kilómetros de Casaio, en El Bierzo leonés, la mina romana de las Médulas, Patrimonio de la Humanidad para la UNESCO, también había sido pasto de las llamas. Ese jueves 14 de agosto, la ruleta macabra del fuego señaló el nombre de la Serra de Trevinca.

El impacto de un rayo en Sanabria (Zamora), justo en el límite este del macizo, provocó un incendio que se comenzó a propagar de manera fulgurante. El viento empujó las llamas hacia la frontera con Galiza. El fuego, según relatos de vecinos de la zona, ya había alcanzado el territorio de Trevinca el viernes 15. El sábado 16 de agosto, todo el pueblo de Casaio se movilizó para intentar frenar unas llamas que amenazaban su modo de vida: la montaña.

«Lo primero que vimos fue que el cielo estaba bastante rojo en la zona noreste. El Bierzo y las Médulas ardían y la amenaza nos llegaba por ahí», explica Pedro Domínguez, con el rictus serio, mientras conduce su Nissan Patrol por las pistas forestales que conoce tan bien. Ha dormido poco tras su largo viaje al hospital durante la noche anterior. Con todo, desde el volante, permanece atento a cualquier cambio en el entorno -ese camino reventado por las escorrentías, el cadáver de un animal calcinado-, mientras continúa con su relato: «Controlamos ese frente, todo estaba bastante tranquilo, pero luego comenzó a entrar desde el sureste, desde Puebla de Sanabria, y ahí sí que ardieron los altos de Pena Trevinca, Pena Negra y Pena Surbia; en ese momento, nos dirigimos a esa zona para intentar frenar el avance del fuego y que no alcanzase el Teixadal o la aldea de Casaio».

Pedro Domínguez, natural de Casaio, es el propietario del albergue de montaña Ecos dos Teixos. En agosto fue uno de los vecinos que lideró la lucha contra los incendios que asolaron Pena Trevinca. (Fernando Mahía)

En esta fría mañana de noviembre, unos 30 minutos después de salir de Casaio y recorrer varios kilómetros a través del Macizo de Trevinca, Pedro Domínguez para su 4x4 en una especie de mirador natural. Ante él, se levantan los picos de Pena Trevinca, Pena Negra y Pena Surbia, destinos de los montañeros de la zona y de toda Galiza. Casi no han llegado las primeras nieves del invierno, y los picos se muestran negros, chamuscados. El valor que se perdió ante las llamas es incalculable: bosques de frondosas, pastos, lobos, ciervos, nidos de pájaros que tienen ahí su hábitat. Una vez que las llamas arrasaron los puntos más altos del macizo, el fuego pasó a amenazar el área más importante a nivel ecológico de toda Pena Trevinca: el Teixadal de Casaio.

Mochila a la espalda, Pedro Domínguez echa a caminar hacia el Teixadal de Casaio, el bosque milenario de tejos que nace entre los picos más altos del Macizo de Trevinca para recogerse luego en un angosto valle formado por el Rego do Penedo. A un lado y otro del camino, todo es monte quemado. Fue ahí mismo, en ese terreno, donde Pedro Domínguez y una fuerza formada por vecinos de Casaio y voluntarios llegados de diferentes lugares estuvieron combatiendo las llamas durante días, tratando de evitar que los árboles centenarios del Teixadal se quemasen.

Uno de esos voluntarios fue Carlos Tejerizo, natural de O Barco pero residente en Ávila. «Llegué a Casaio al día siguiente de que apareciese una publicación en redes diciendo que estaba ardiendo el Teixadal; yo estaba de vacaciones, pero compartí la información y al día siguiente fui», cuenta Tejerizo, uno de los primeros voluntarios en aparecer por Casaio. Todavía con sorpresa, recuerda la formación de esas fuerzas que se pusieron a combatir un fuego muy virulento, que amenazaba el Teixadal, con un frente de varios kilómetros: «Estábamos varios miembros de Sputnik Labrego -un colectivo arqueológico y antropológico del que es director-, algún voluntario, pero la mayoría eran vecinos de Casaio, gente que, eso sí, estaba muy bien organizada a través de la Comunidade de Montes». De los medios institucionales, en esos primeros días, no hubo ni rastro.

Mural dedicado a los trabajadores de las Minas dos Alemanes. (Fernando Mahía)

XUNTA DE GALIZA: DESCOORDINACIÓN, FALTA DE PREVENCIÓN Y DECLARACIONES SANGRANTES

Las Comunidades de Montes son una figura jurídica habitual en Galiza, encargada de la gestión de los montes vecinales de propiedad común, una de las expresiones más importantes del carácter colectivo del rural gallego. En Trevinca, ante la falta de recursos, en medio de la descoordinación institucional y con una Xunta que no declaró la existencia del incendio hasta pasados tres días, la Comunidade de Montes de Casaio e Lardeia se erigió como el órgano que coordinó la ecléctica fuerza formada por vecinos y voluntarios. Con material propio o material cedido por las empresas pizarreras. Respaldados por su conocimiento sobre el monte. Con la urgencia que da el jugarse toda una vida.

Al frente de ese grupo estaba César Real, secretario de la Comunidade de Montes de Casaio e Lardeia: «Yo soy ganadero. Si a mí me arden los pastos, a mí me hechas de aquí, y lo cierto es que vivimos todos esos días con mucha impotencia; no había medios, llamamos y llamamos y no aparecía nadie; un agente de la Consellería de Medio Rural (órgano de la Xunta de Galiza encargado de tratar la problemática de los incendios) llegó a Casaio el segundo día afirmando que no tenían recursos para enviarnos, pues antes debían proteger otros pueblos en riesgo de ser atacados por el fuego… no tuvimos ayuda hasta el tercer día». En el torrente de la voz de Real, cuando recuerda aquellos días, todavía se nota la rabia acumulada, la incomprensión ante el desbarajuste de la actuación institucional: «El problema es que, después de que hubiesen llegado todas esas fuerzas, no se comunicaban entre ellas; la UME (Unidad Militar de Emergencias), el Concello de Carballeda de Valdeorras (gobernado por el PP) y Medio Rural no se ponían de acuerdo, había una descoordinación tremenda, cada uno llegaba y actuaba por un lado porque no había un mando único… yo vi soldados de la UME sentados tres horas en Casaio, en la plaza del pueblo, con el fuego a menos de un kilómetro de las casas… estaban esperando órdenes».

En todos los relatos en el Macizo de Trevinca hay una constante: ausencia de medios institucionales, primero, y descoordinación en su utilización, después. Las denuncias son similares a las que se repiten en Nogueira de Ramuín, en Chandrexa da Queixa, en A Terra de Trives. Zonas de Galiza que fueron un clamor por la insuficiencia de los medios y por la falta de preparación y descoordinación de estos ante los incendios que vivieron.

Minas dos Alemanes. (Fernando Mahía)

A pocos kilómetros de Casaio, en A Veiga, Juanjo Lorenzo y Mónica Rodríguez vivieron esos días con la misma impotencia. Guías de montaña y propietarios de la empresa de turismo activo Terras Altas de Trevinca, ambos estuvieron en constante contacto con Pedro, Elba y la gente de Casaio. Acudieron también al monte, su monte, a luchar contra el fuego en primera persona. Hoy, sus denuncias son las mismas que las de sus vecinos. «Yo puedo entender el cúmulo de circunstancias que se dieron en esos días de agosto -medios desbordados, tormentas secas, un viento moderadamente fuerte-, pero el hecho de que haya medios humanos o motobombas paradas, la absoluta descoordinación, todo eso muestra que las administraciones no están preparadas para esto», explica Juanjo Lorenzo, que completa: «Fui bombero forestal durante seis años, y sé de lo que hablo». De eso que habla es un panorama en las brigadas antiincendios de Galiza que está plagado de contratos fijos discontinuos, convocatorias laborales tardías, poca o nula prevención de cara al verano y una preparación o especialización ausente.

Tras una de las peores olas de incendios en la historia del Estado, la Xunta de Galiza prefirió no hacer autocrítica de su gestión. Alfonso Rueda, presidente por el Partido Popular, de hecho, prefirió quitarle hierro al asunto. «Más del 60% de lo que ardió eran matorrales, monte bajo. También había una parte importante, que vemos cuando circulamos desde las carreteras, de piedras, que también computan en la superficie», afirmó días después de que el bosque más antiguo de Galiza estuviese a punto de morir.

Las Minas dos Alemanes de Valborraz, una explotación de wolframio que la Alemania nazi mantuvo en Casaio durante la Segunda Guerra Mundial, minas que también fueron arrasadas por los incendios. (Fernando Mahía)

EL TEIXADAL DE CASAIO, A SALVO

Tras una hora de camino, llegamos al Teixadal. Pedro replica la misma ruta que sus abuelos y bisabuelos repitieron tantas veces desde Casaio. Guía de montaña y divulgador de su tierra, el nombre del albergue de montaña que Pedro tiene con Elba, Ecos dos Teixos, hace referencia a este lugar, uno de los pocos ejemplos de bosques de tejos de Europa. Un espacio milenario, sagrado, puro, formado por unos 400 tejos -la mayoría con cientos de años- y que, gracias a él y otros como él, se salvó de las llamas este verano.

«Hubo situaciones de peligro para el Teixadal, sin duda… de hecho, hubo un momento en el que las llamas estaban entrando al bosque por una de las laderas y parecía que se iba a quemar; pero cambió el viento, el tipo de árbol que habita el bosque -no solo el tejo, sino también robles, fresnos, acebos y avellanos- es muy resistente a los incendios, y nosotros fuimos haciendo el trabajo de apagar los focos que iban saliendo», cuenta Pedro mientras recorre este espacio laberíntico, lúgubre, sombrío, que conoce como la palma de su mano. Analiza cada palmo del terreno, encuentra brotes de nuevos tejos, revisa cómo las aguas torrenciales han creado hendiduras en el terreno, fisuras que suponen un peligro mortal para los tejos.

El Teixadal de Casaio sobrevivió gracias a una movilización sin precedentes de vecinos y voluntarios. También porque sobrevivir, quizás, es una parte de la naturaleza de los tejos. La mayoría de pueblos prerromanos que habitaban el norte peninsular tenían este árbol como sagrado por su longevidad, por ser un símbolo de inmortalidad. «Mira este tejo», dice Pedro Domínguez en el Teixadal, como para ilustrar este pasado mitológico del árbol. «¿No ves cómo ese nuevo tejo que ha nacido ahí en realidad no es nuevo, sino que es parte de otro que ha buscado, a través de esa rama, su forma de sobrevivir? Esa es su naturaleza: buscar siempre la vida».

Quienes no sobrevivieron en el Macizo de Trevinca fueron decenas de bosques primarios y espacios protegidos como la laguna glaciar de A Serpe. Lo mismo ocurrió con tantos otros elementos no solo naturales, sino también históricos. En su regreso hacia Casaio, Pedro Domínguez hace una parada con su Nissan Patrol en las Minas de Valborraz, conocidas en este lugar como As Minas dos Alemáns, una explotación nazi que extrajo wolframio de estas montañas entre 1938 y 1944. Fue la forma de pagar la deuda que Franco contrajo con el régimen de Hitler por su apoyo en la Guerra del 36. Una mina que contaba con un destacamento de presos políticos republicanos para llevar a cabo trabajos forzados. Un conjunto histórico digno de memoria que hoy yace destrozado, olvidado. Quemado por las llamas del verano, sin visos de que vaya a ser recuperado.

Un pequeño tejo, naciendo. (Fernando Mahía)

LA PREVENCIÓN, CLAVE PARA DEFENDER EL MONTE

Pero lo que más preocupa a Pedro Domínguez son ya las consecuencias a futuro. «Después de los incendios, siempre se producen otras catástrofes, como escorrentías y erosiones; fue por eso que le solicitamos a la Consellería de Medio Ambiente de la Xunta ayuda para poder paliar estos efectos», comenta, para agregar: «Lo cierto es que mi propuesta tuvo una buena recepción y se me dijo que estaban trabajando en un plan pero, al final, todo quedó en la organización a través de nosotros -Ecos dos Teixos y Terras Altas de Trevinca- de dos fines de semana con voluntarios en los que se cubrieron con mulching -una técnica para cubrir el suelo alrededor de plantas, árboles o cultivos- ciertos puntos concretos del monte, pero esos parecían escogidos casi al azar, para justificar». «Hay una enorme falta de planificación, se debería hacer una investigación para conocer cuáles son los lugares con un mayor valor ecológico, y dónde son más necesarias estas actuaciones… falta una vigilancia continua del monte, crear un plan de prevención y protección real con personas con conocimiento», sentencia.

César Real, secretario de la Comunidade de Montes, lo explica todo con una metáfora: «Todo empieza por la prevención, los incendios se apagan en invierno, no en verano; y sí, este año la Xunta podrá invertir 50, 100 millones de euros, los que sean, pero tu casa no la limpias una vez al año, ¿no? La limpias un poco todos los días… pues eso es la prevención, trabajar un poco en el monte todos los días».

En respuesta a preguntas planteadas para este reportaje acerca de posibles medidas estructurales en la prevención de los incendios, fuentes de la Consellería de Medio Rural de la Xunta afirmaron que «el esfuerzo presupuestario iba a ascender un 50% respecto a 2025, cifras que muestran el esfuerzo del Gobierno autonómico en este ámbito en los últimos años, ya que en 2007 la inversión era de apenas 21,3 millones en prevención». De las medidas estructurales, ni rastro.

Cartel de una mina de pizarra. (Fernando Mahía)

UNA NUEVA FORMA DE HABITAR EL RURAL

¿Qué hace falta para que no arda Galiza? Ante esa pregunta, la profesora Elvira Santiago, doctora en Sociología, profesora en la Universidade da Coruña y coautora del libro “Lume. Análise social dos incendios forestais”, responde con una perspectiva más amplia de lo habitual. Pese a reconocer los efectos del cambio climático, pese a afirmar que las administraciones deben crear planes más profesionalizados y completos de prevención y extinción, Santiago acude al origen social (y político) del problema: «¿Qué funciona mejor contra los incendios? ¿Dos helicópteros contraincendios o que haya un hospital en un pueblo pequeño? ¿Cien motobombas o un colegio a menos de cinco kilómetros de una aldea? En los últimos 50 o 60 años hemos vivido un alejamiento de la vida en el monte por motivos económicos y sociales -éxodo rural, despoblación, ausencia de servicios, falta de oportunidades-, y eso ha llevado a una situación de abandono del monte; es un problema estructural que necesita acciones a largo plazo, pero nadie parece dispuesto a tomarlas».

De vuelta a Casaio, Pedro aparca el todoterreno frente a su albergue, Ecos dos Teixos. Las ventanas están llenas de cartelería. Se anuncian charlas en el albergue sobre educación y pedagogía, concentraciones por la defensa de la sanidad en la comarca de Valdeorras, simposios sobre cómo habitar lo rural. De todas ellas, el verano pasado, salió una gran noticia: con la colaboración de la Comunidade de Montes, la Asociación de Madres y Padres del colegio de Casaio evitó el cierre de la escuela después de ofrecerles casa y trabajo a varias familias de otras partes del Estado para atraerlas a este rincón de Galiza.

En Casaio, parece, saben lo que se necesita para luchar contra la oscuridad: implicación, prevención, servicios, la posibilidad de llevar a cabo una vida en este territorio. Ahora solo necesitan que alguien, allá abajo, los escuche.