7K - zazpika astekaria
IRITZIA

Paradojas


Metáfora demodrástica, el pasado 25 de marzo una multitud, con plena consciencia republicana, cerraba el paso en la calle Sant Agustí del barrio barcelonés de Gracia. Un muro humano frente a las “fuerzas vivas” del mercado, mitad mano invisible, mitad mano mafiosa. Barraban, cuerpo a cuerpo, el intento de desahucio de Txema Escorsa, 34 años y profesor de secundaria. Un fondo buitre ha comprado el edificio entero, lo está troceando al por menor y pretende quintuplicar la rentabilidad del precio que, vía atraco, pagamos por vivir. Solo aquella multitud supo y pudo evitar que Txema fuera expulsado de su vida, de su casa y de su barrio. Aunque la sangría es cotidiana. Desde 2012, gota malaya, hay una media de 33 órdenes de desalojo al día en Catalunya. Empezó con las personas más empobrecidas y hoy, mercado libre sin bozal, ya atrapa a las clases medias.

La paradoja democrática, en tiempos de desdemocratización global acelerada, es que el único dispositivo realmente disponible que impidió de forma efectiva la expulsión de Txema fue un montón de buena gente, activa y solidaria, amparada en el refugio de la desobediencia civil, la autodefensa comunitaria y el sindicalismo social. Y punto. No compareció nadie más. Porque, metáfora antisocial y antidemocrática, el mayor representante de la voracidad especuladora de los carroñeros fue exactamente toda la estructura institucional sistémica, personada al otro lado de la calle. Allí estaban la comitiva judicial y el dispositivo policial, listos para actuar en nombre de una ley legislada en los parlamentos. Allí donde recae la responsabilidad primera y última, que es y será política. Eso lo aprendí en una esquina ciega del Parlamento, a propósito de las balas de goma, cuando la honestidad de un policía de civil me cogió desprevenido: «Nosotros apretamos el gatillo a pie de calle, pero la orden es política desde un despacho». Sin ley que las legislase, nunca habría habido balas de goma. Ni Iñigo Cabacas ni Ester Quintana. Ni tampoco 400.000 desahucios.

Hace nada, ningún silencio nos salvará, Ken Loach ha recordado que no nos podemos permitir callar «cuando vemos enormes desigualdades entre enormes riquezas que no pagan impuestos; cuando vemos que el planeta está siendo destruido y sabemos quiénes lo están destruyendo y por qué: por las ganancias». Aki Kaurismäki, el cineasta finés que ha presentado “El otro lado de la esperanza”, sugiere lo mismo de forma más clara y abrupta: o acabamos con ello o ellos acabarán con nosotros. Hace un siglo, un juez norteamericano de la Corte Suprema, Louis Brandois, lo advirtió: «Podemos tener democracia o riqueza concentrada, pero no las dos cosas al mismo tiempo». Justo ahí -aquí, ahora- andamos. En esas estamos. Cuando ya no hay mayor incompatibilidad radical que la que escinde lo que proclama el Estado de Derecho cada día y cada día el mercado capitalista niega.