7K - zazpika astekaria
IRITZIA

Tiempo robado


No son pocos los avisos sobre cómo lo digital, lo pantállico y lo veloz nos hurtan la atención y nos secuestran la mirada. Cómo jibarizan el diálogo, bloquean la escucha y aíslan los vínculos. Cómo agitan el narcisismo banal, explotan el selfie ególatra y se lucran con la exhibición individualista, después de largas décadas -densos siglos- de lucha civil por el derecho inalienable a la intimidad y a una privacidad hoy asaltadas sin resistencia alguna. Alarmas sensatas de cómo ignoramos -a conciencia- que el móvil ya sabe más de nosotros que nosotros mismos, que el algoritmo nos coloniza la última neurona, nos teledirige la penúltima emoción y nos abduce la capacidad de reflexión crítica. En fin, advertencias lúcidas a propósito de cómo delegamos (in)voluntariamente, en ese pequeño dispositivo, algunas facultades humanas fundamentales y básicas -razón, memoria, imaginación, por decir solo tres- que evitan la barbarización de la existencia. Y encima pagando a las multinacionales de los big data y lucrando a espuertas a los ingenieros de la fantasía distópica del caos digital. Avisados estamos, de entrada, aunque ello no suponga, de salida, nada de nada para la maltrecha y esperanzada condición humana. Cuántos avisos desoídos -anteriores a lo que vendrá de los puños de una IA en manos de unos pocos plutócratas- han precedido tantos derrumbes.

Hace poco leía con atención al investigador de la Universidad de Zurich, Hugo Subtil. Argumentaba sesudamente por qué el cierre de bares está interrelacionado directamente con el aumento del voto a las múltiples variables de las extremas derechas. La pérdida de espacios de sociabilidad -cuando el bar son muchas cosas al mismo tiempo: farmacia, diván, ateneo, apoyo mutuo y comunidad-, la ruptura de los lazos comunitarios, el debilitamiento de las redes sociales reales a pie de calle y la escisión en soledad, como simulacro inhabitable, entre realidad analógica y ficción digital. Y ahí entra de lleno la encrucijada antagónica entre las distopías postmodernas en marcha, las retrotopías nostálgicas imposibles y, todavía y por suerte, las utopías disponibles y practicables. Si es posible que caminemos cotidianamente entre el milagro y el desastre, cabrá añadir que no hay mayor refugio social ni mejor alternativa colectiva que la construcción de comunidades democráticas horizontales contra la verticalidad autoritaria digital que nos bombardea cada día. Si hace décadas escribíamos en las paredes baldías «apaga la tele, enciende el cerebro», cabrá adaptar la divisa y actualizar el lema a la medida de nuestros días -«apaga el móvil, enciende el barrio»- antes de que seamos sonámbulos a la deriva desconectados de todo y de todos. Hay mucho margen aún para un mundo común. Como sugiere un viejo proverbio africano, “ellos tienen el reloj, pero nosotros seguimos teniendo el tiempo”. No nos lo dejemos robar tan impunemente.