16 AGO. 2026 IRITZIA Orilla David Fernàndez {{^data.noClicksRemaining}} Para leer este artículo regístrate gratis o suscríbete ¿Ya estás registrado o suscrito? Iniciar sesión REGÍSTRARME PARA LEER {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Se te han agotado los clicks Suscríbete {{/data.noClicksRemaining}} Hay como un abismo en el tiempo, una cercanía en la lejanía y un vacío entero que une ambos hechos por una línea de puntos mortales. Uno, el primer gran naufragio del Mediterráneo, en las aguas de Portopalo, en la noche aciaga del 26 de diciembre de 1996. Allí perecieron ahogados ante las costas sicilianas 283 migrantes pobres jamás rescatados: tamiles, indios y pakistaníes. El otro, tan próximo que marcará este verano, remite a lo acaecido en los enclaves coloniales españoles de Ceuta y Melilla. El recuento provisional necrófilo deja una ronda de muerte de 141 vidas. En realidad, aunque hayan pasado 30 años entre ambos hechos, no ha dejado de sucederse cada día lo mismo, rutinariamente. Una multitud de crímenes pasivos sucesivos ante océanos de indiferencia. Y miles de cadáveres a la deriva, en la fosa común en la que se ha convertido el Mediterráneo. Más de 40.000 vidas ahogadas en lo que va de siglo. En medio, en su máxima estrechez, solo catorce kilómetros y 400 metros. Los que separan -escinden, dividen, segregan- dos mundos antagónicos en un único desfiladero. El de Gibraltar. Esa distancia, aparentemente tan corta, expresa la más larga de todas: una brutal desigualdad global. Un puñado de kilómetros donde, a vida o muerte, miles se la juegan en la búsqueda incesante de una vida mucho menos peor. Un buen amigo -Jordi Cuixart- insiste hace tiempo que muchos hablan del problema de la migración para zafarse del nombre exacto de las cosas. Camuflan eufemísticamente la propia hipocresía: no quieren afrontar que la cuestión central se llama pobreza, con todas sus grietas, esperanzas y dolores. Desde esa perspectiva, las preguntas cambian radicalmente y las respuestas que urgen son otras. ¿A quién dejaremos morir? ¿En nombre de qué? De Portopalo a Canarias, de Turquía a Albania, de Lesbos a Siracusa, del Frontex europeo al ICE de Trump, de cada orilla a la otra, el muro define el mundo tal como va. Cada verano, como letanía de que nada cambia, se reproduce puntualmente la mayor contradicción sistémica. La más visible. La que aclara si se viaja como turista o si se huye como migrante. Cuando el racismo lo pone el color del dinero. La UE -que siempre presume de lo que carece- va embalada externalizando fronteras, levantando vallas criminales, ultimando fronteras tecnológicas de última generación. Sensores de calor y color humano. Eso no merecería en ninguna parte el calificativo de solución y aún menos de solución sensata, humanista, racional, democrática, solidaria o pacífica. Ni menos aún de resolución socialista. En realidad, el cartel del orden global -el cártel, más bien- reza en todas partes lo mismo: prohibida la entrada, no viviréis nunca jamás como nosotros. Pero en la inhumanidad de cada momento, la valla nunca definirá al que la sufre, sino al que la pone. Camuflan eufemísticamente la propia hipocresía: no quieren afrontar que la cuestión central se llama pobreza, con todas sus grietas, esperanzas y dolores. Desde esa perspectiva las preguntas cambian radicalmente y las respuestas que urgen son otras. ¿A quién dejaremos morir? ¿En nombre de qué?