13 SET. 2026 LITERATURA La batalla que no cesa Kepa Arbizu {{^data.noClicksRemaining}} Para leer este artículo regístrate gratis o suscríbete ¿Ya estás registrado o suscrito? Iniciar sesión REGÍSTRARME PARA LEER {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Se te han agotado los clicks Suscríbete {{/data.noClicksRemaining}} Las guerras no funcionan como puertas que se puedan abrir para posteriormente ser cerradas con la esperanza de trasladar hasta el olvido todo lo acontecido. Al contrario, se trata de experiencias que no cuentan con mecanismo alguno para ser desintegradas de la memoria, resultando sus dolorosas huellas inmunes a la tabla rasa ejercida por el paso del tiempo. Un gélido abrazo imperecedero para quienes han participado en ellas o se han visto sacudidos por su onda expansiva. Es ese territorio, donde las bombas han enmudecido -al menos momentáneamente- pero siguen alojadas en la mente, el retratado por este libro, compuesto por una docena de relatos incapaces de esquivar el todavía perceptible olor a pólvora. Su autor, veterano y multipremiado novelista británico, sitúa el contador cronológico a partir del final de la II Guerra Mundial para recorrer diversos escenarios, desde las luchas antifascistas contra el franquismo a la reconstrucción de Alemania, pasando por el derribo de las Torres Gemelas. Trágicas postales distantes geográficamente, pero vinculadas por el imborrable sello de la desolación legada a sus contendientes. Son precisamente ellas, las personas cotidianas, y no los grandes nombres y sus funerarias estrategias en el campo de batalla, quienes protagonizan estas páginas. Individuos anónimos, carentes de épica, envueltos en el fuego de la historia sin más regalo que no recuperar jamás la identidad previa a enfundarse su mono de combate. Con la elegante precisión descriptiva de Kazuo Ishiguro y la aparente facilidad para asignar la mayor trascendencia a los capítulos mundanos característica en Julian Barnes, ambos nombres, además correligionarios de su misma generación, el escritor londinense concentra en un único paisaje imágenes en color y aquellas vestidas de un remoto blanco y negro. Flirteos con camareras, celebraciones de bodas familiares o la pasión futbolera como herencia paterna serán algunos episodios donde los recuerdos se confunden con el momento actual y el presente se conjuga a través de la memoria. Si en ese particular ensayo del fin del mundo que significa cada declaración de guerra, muchos son los devorados por su naturaleza terminal, otros tantos deberán continuar su vida tras la aparición en el horizonte de una bandera blanca. Existencias que, como se describe de forma sobresaliente en esta obra, están condenadas a avanzar con la pesada carga de una herida empeñada en no olvidar el aliento de las trincheras. Son ellas, las personas cotidianas, y no los grandes nombres y sus funerarias estrategias en el campo de batalla, quienes protagonizan estas páginas