20 SET. 2026 PSICOLOGÍA Hacer por (Getty Images) Igor Fernández {{^data.noClicksRemaining}} Para leer este artículo regístrate gratis o suscríbete ¿Ya estás registrado o suscrito? Iniciar sesión REGÍSTRARME PARA LEER {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Se te han agotado los clicks Suscríbete {{/data.noClicksRemaining}} En momentos de crisis o incertidumbre, en particular si estos se prolongan en el tiempo, existe un riesgo de caer en la desesperanza o la impotencia por puro agotamiento. En el fondo, nuestra anticipación de los resultados de lo que hacemos es bastante breve en el tiempo, es decir, solemos necesitar ver algún resultado más o menos cercano a la acción que iniciamos para evaluar que esta ha sido una buena decisión, o que se trata de una acción efectiva. Y es lógico, al fin y al cabo, a lo largo de nuestra evolución, el ámbito de influencia en el entorno de la mayoría de las personas ha estado limitado al margen de la experiencia directa. Si una familia decidía plantar en tal o cual ladera tal o cual semilla, tarde o temprano tendría la experiencia directa de si había sido o no una buena decisión; si un grupo humano decidía salir de su región en busca de pastos para su ganado, en poco tiempo podían hacer la misma evaluación. Sin embargo, la mente es capaz de proyectarse mucho más lejos de lo que da la propia experiencia, hacia escenarios en los que nunca ha habitado -e incluso en los que no llegará a habitar, como el mundo de Oriente Medio o el de dentro de cien años-. Esta disonancia entre nuestra capacidad de proyección e imaginación desaforada y la necesidad casi fisiológica e inmediata de “notar” los resultados de lo que intentamos, puede llenarnos de desasosiego. Entonces, es natural que los individuos o los grupos empecemos a querer deshacernos de esa inquietud de alguna manera, y empiezan a surgir preguntas. «¿De qué vale todo este esfuerzo por un futuro mejor si no veo los resultados?», «¿por qué pensar a largo plazo si lo que me pasa ahora es insatisfactorio?», «¿no debería dejarme de aspiraciones y limitarme a sacar el máximo partido de lo que tengo delante aquí y ahora?», o, en el mejor de los casos, «¿cómo hago para seguir intentándolo?», «¿cómo no abandonar?»… Y es que, ante cualquier crisis, necesitamos un sueño al que dirigirnos; nuestra imaginación y deseo y nuestra convicción sobre su valor, son la luz al final de este tipo de túnel. Imaginar que vamos a estar bien cuando estamos enfermos, que los medicamentos van a funcionar, imaginar que la persona que nos gusta nos va a llamar diciendo lo mismo, imaginar que mi trabajo me va a permitir conseguir un proyecto o que los míos van a tener una comunidad sana, que les proteja y de la que formar parte, etc. Todo ello da sentido a nuestro aguante, a nuestra perseverancia o incluso a nuestra implicación con nuestro bienestar y el de nuestro grupo. Y quizá es precisamente la satisfacción de estar persiguiendo esa “luz” la que nos sirva de confirmación aquí y ahora de ese resultado más inmediato que necesitamos, de que vamos por el buen camino, o al menos por el que hemos decidido transitar, pase lo que pase después, que podemos vivir proactivamente y no reactivamente.