27 SET. 2026 PSICOLOGÍA Neuro protección (Getty Images) Igor Fernández {{^data.noClicksRemaining}} Para leer este artículo regístrate gratis o suscríbete ¿Ya estás registrado o suscrito? Iniciar sesión REGÍSTRARME PARA LEER {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Se te han agotado los clicks Suscríbete {{/data.noClicksRemaining}} Nuestro cerebro, en cualquier momento, está dispuesto a crear nuevos patrones, a recordar lo que esté siendo relevante y a olvidar lo que no se use. Es un órgano muy sensible a los hábitos, a la repetición, en una búsqueda de eficiencia para la supervivencia. Cuando fijamos nuestra atención repetidamente en algo, se abre la vía para el aprendizaje, y, cuando dejamos de hacerlo, a alguna clase de olvido. Y hay muchos estímulos que reciben nuestra atención, por un lado, los de la vida cotidiana, cercanos e inmediatos, pero junto a estos, hoy atendemos otros menos palpables, los que surgen de las historias que escuchamos o los relatos sobre realidades más lejanas o abstractas. Cuando escuchamos un relato ambiguo en su mensaje, automáticamente nuestra mente intentará encajar las piezas para darle un sentido, especialmente si el relato elicita una emoción intensa. «Esto que oigo me enciende, pero no termino de entenderlo del todo». Siento, pero no puedo pensar con claridad. Quienes tengan algún interés particular en influirnos con los relatos, recurrirán a esta prevalencia biológica inicial de la emoción sobre el pensamiento para encender una reacción sin matices, sin negociación, y sustituyendo la comprensión compleja por una idea simple que parezca aliviar esa tensión internamente. Así funciona la propaganda, la seducción o la manipulación, en la que se evita la evaluación de las ideas y se sustituye por la filiación emocional a las mismas. Una emoción que incita a una acción para ser aliviada. Una acción dirigida. Protegernos en ese sentido, proteger nuestra mente para poder escuchar y pensar, pasa por proteger nuestra atención de la sobreestimulación, entre otras cosas. Para ello, lo primero, es mantener la calma, poder ver nuestra reacción emocional intensa y dejarla descansar, no atiborrarla de nuevos mensajes que vuelven a iniciar el temporizador, como el interruptor de una escalera. Segundo, es importante recordar que la información que recibimos tiene una autoría, que es alguien queriendo algo. Tercero, si detectamos que los discursos caminan hacia el todo o nada, podemos saber que intentan manipularnos, porque el todo o nada nos pide posición sin discusión previa. Cuarto, podemos tomarnos el tiempo que necesitemos antes de construir una opinión, es nuestro derecho pensar y repensar cuando las cosas son ambiguas, incluso cambiar de opinión. Quinto, cuando no queremos hablar ni pensar y solo actuar contra alguien para aliviar el malestar interno, ya estamos dentro del juego de opuestos, ya nos va a ser difícil encontrar una solución real y habremos visto limitada nuestra libertad y creatividad para salir “de esta”. Los fanáticos nos necesitan fanáticos de signo contrario para que su posición tenga sentido, nos necesitan en un balancín sin punto medio, sin pensamiento sino con creencias. Y necesitan que estemos dispuestos, dispuestas, a ello.