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La batalla de Galípoli

El desastre británico que encumbró a Atatürk

Se cumplen cien años de la conocida como Batalla de Galípoli. Los diez meses de sangrienta campaña iniciados en febrero de 1915 certificaron la inapelable derrota de la tropas aliadas, dirigidas por la Armada británica, y el auge triunfal del nacionalismo turco. Una historia llena de errores que costó el puesto a Winston Churchill y encumbró a Mustafá Kemal, el fundador de la República de Turquía.


Recep ojea las hileras de lápidas de Abide. Busca una en especial, la que corresponde a los turcos que procedían de Tokat, de donde es oriundo. Cuando la halla, su figura se yergue y sus manos se elevan a la altura de la barbilla. En el momento en el que las palmas miran hacia su cara, comienza a rezar; lo hace por todos aquellos soldados que fallecieron en la batalla de Galípoli. Cien años después, decenas de cementerios y monumentos atraen a millones de personas que peregrinan por esta península enmarcada entre el estrecho de los Dardanelos y el mar Egeo. La mayoría reza entre los recuerdos de la épica otomana y del desastre británico.

Los Jóvenes Turcos, entonces liderados por Enver Pasha, habían decidido unirse a las Potencias Centrales en la I Guerra Mundial. El evidente interés aliado por repartirse las mejores plazas del Imperio condujo a los otomanos al conflicto, uno más dentro de la inercia bélica iniciada en el siglo XIX en sus vastas fronteras. A finales de 1914, la resistencia de los mehmetçikler –como aún se conoce a los soldados turcos– inquietaba en el Cáucaso al gran duque Nicolás, el comandante supremo de las fuerzas rusas, quien sugirió a los británicos un ataque simultáneo contra los otomanos para dividirlos y así facilitar la expansión rusa por Anatolia. El objetivo seleccionado por el entonces primer lord del Almirantazgo, Winston Churchill, fue ni más ni menos que Estambul. En una rápida operación naval se eliminarían las anticuadas defensas otomanas de los Dardanelos para luego ocupar con un pequeño contingente de fuerzas terrestres los puntos clave. Un paseo militar que permitiría a sus acorazados avanzar hasta la capital del Imperio surcando el mar de Mármara. Esto provocaría, según las estimaciones aliadas, que los otomanos abandonasen la guerra y búlgaros e italianos se uniesen a su bando.

La misión, mal concebida desde el principio, se convirtió en el mayor desastre británico en la Gran Guerra. No se tuvo en cuenta la histórica resistencia de la región y se infravaloró al “Hombre enfermo”, tal y como era conocido el Imperio otomano. Los mapas eran imprecisos, minusvalorando el escarpado terreno al que se debían enfrentar, y no se reparó en las extremas condiciones climáticas de la región. La escabechina dejó cerca de 150.000 muertes, la mitad otomanas, y el doble de heridos. Una realidad que los ciudadanos descubrieron de golpe, cuando la propaganda de guerra era ya insostenible.

«Fue una expedición enferma. Ellos (los Aliados) no otorgaron los recursos suficientes –ni en hombres ni en tecnología bélica– para lograr el objetivo. Además, los Aliados, especialmente Francia y Gran Bretaña, mostraron desacuerdos sobre la capacidad otomana. La Quinta Columna del Ejército otomano demostró que merecía un mayor respeto», recuerda el historiador australiano Rhys Crawley, autor del libro “Clímax en Galípoli”. Serdar Halis Aktasor, cuyo abuelo fue comandante del 27º Regimiento otomano, coincide con Crawley al destacar que «el mayor error de los Aliados fue menospreciar al Imperio». Además, añade, «no estaban organizados, desconocían el terreno y la falta de preparación de sus soldados, especialmente los de Australia y Nueva Zelanda, convirtió la ofensiva en algo muy complejo».

La campaña. En febrero de 1915, los acorazados franceses y británicos comenzaron a bombardear la boca del estrecho de los Dardanelos. Durante un mes, el objetivo principal fue desgastar las defensas otomanas. Esto evitó el factor sorpresa y los mehmetçikler se reorganizaron en los puntos clave de la región bajo la dirección del general alemán Liman von Sanders, asesor militar del Imperio y jefe de la campaña de Galípoli. El primer éxito, valiéndose de la artillería móvil, fue evitar que los navíos aliados eliminaran por completo las hileras de minas sumergidas en el fondo marino del estrecho antes de la primera gran ofensiva, iniciada el 18 de marzo.

Cuando en esa fecha la armada franco-británica se aventuraba hacia el estrecho, las minas empezaron a explotar con cada contacto, llevándose consigo varios navíos y la vida de miles de soldados. Los Aliados tuvieron que retirarse en lo que fue el principio de una serie de derrotas inolvidables y la evidencia de que llegar a Estambul no sería tan fácil. La primera muestra la dio el general Ian Hamilton, jefe de la Fuerza Expedicionaria del Mediterráneo, quien comunicó a Londres que los Dardanelos no podían ser forzados por los acorazados y, por tanto, necesitaban una operación militar terrestre de mayor envergadura.

Los británicos buscaban resultados positivos rápidos para contentar a la opinión pública. El secretario de Estado de la Guerra, Horatio Kitchener, pensó que en cinco semanas se podría pisar la Península de Galípoli. La urgencia se convirtió en un gran error: en abril, 78.000 hombres sin el entrenamiento adecuado desembarcaban en cinco playas del cabo Helles, en el sur, mientras las fuerzas australianas y neozelandesas (ANZAC, por sus siglas en inglés) lo hacían por el noroeste.

La idea era organizar un ataque simultáneo desde estos dos puntos para así dividir a las fuerzas otomanas, que ya habían preparado un entramado de alambre de espino y trincheras interconectadas. En la madrugada del 25 de abril comenzó la operación. El objetivo de las tropas francesas y británicas desde el sur era el punto elevado de Alçitepe. No lo consiguieron. Las tropas ANZAC efectuaron otra ofensiva por el noroeste para ascender hasta otros dos puntos clave: Conkbayiri y Kocaçimen. El objetivo era obtener esas dos posiciones para asegurar la parte baja y facilitar el avance de las tropas británicas y francesas desde el sur. Tampoco lo consiguieron. Como resultado, miles de sus soldados perecieron y la alta moral inicial –cebada por la propaganda– se desplomó.

«El 25 de abril, Atatürk descendió hacia el frente de Anzak con sus tropas y se anticipó a la ofensiva. A él le dijeron que fuese al frente con un grupo de infantería, pero fue con el 57º Regimiento. Si hubiese ido solo con la infantería, podría haber perdido todo, pero él reconoció la importancia de la ofensiva», desgrana Ataksor en una de las cientos de hazañas –muchas de ellas inverosímiles– que se cuentan sobre Atatürk. Su abuelo fue herido en esa ofensiva, pero, a pesar de ello, continuó en la batalla hasta llegar a comandar un regimiento, un ejemplo más de la pasión con la que los mehmetçikler defendieron su tierra.

Los Aliados reconocieron entonces que avanzar sería una ardua tarea. Para protegerse de los constantes bombardeos turcos, buscaron espacios en ese terreno rocoso arropado por acantilados. Resguardarse se convirtió en algo primordial. «Caven, caven, caven trincheras», ordenaba el general Hamilton como única solución. La batalla de Galípoli se convertía así en una guerra de trincheras, en la que cada metro era un logro. La logística, enfocada a un ataque relámpago, supuso un nuevo problema: los servicios médicos eran insuficientes, el agua tenía que ser traída desde Egipto y la comida escaseaba. A pocos pasos, en el frente, otra mala noticia emergía: los muertos se descomponían y enfermedades como la disentería germinaban. «Había un enjambre de plagas que se reproducían en esos cuerpos muertos sin enterrar, en tierra de nadie, de donde fue imposible recuperarlos sin incurrir en nuevas bajas», relató el veterano Stanley Parker al periodista Joe Guthrie.

La estrategia otomana era bastante simple: contener y a veces contraatacar, como sucedió el 19 de mayo. Esto hacía a las tropas aliadas retroceder unos metros que luego, a duras penas y con muchas vidas, recuperarían. La última gran ofensiva aliada llegó el 6 de agosto. Refuerzos británicos desembarcaron en la bahía de Suvla para apoyar a las tropas ANZAC en Conkbayiri y Kocaçimen. El ataque debía de ser imponente porque los mehmetçikler se retiraban hasta que, según cuentan las diferentes versiones turcas, el teniente coronel del 57º Regimiento, Mustafá Kemal, ordenó una contraofensiva para luchar cuerpo a cuerpo, con bayonetas, contra los aliados. «No les pido que ataquen, les pido que mueran. Eso dará tiempo para que otros turcos ocupen nuestro lugar», espetó a los soldados para que le siguieran. Esta frase, como muchas otras, ha pasado a la historia como símbolo de la resistencia turca. Tras esta batalla, Mustafá Kemal fue ascendido al grado de pasha (general) y su mito no dejó de crecer hasta fundar la República de Turquía y ser conocido como Atatürk, que significa «el padre de los turcos».

Después de esa confrontación, la situación apenas varió en el frente. El mariscal Kitchener desembarcó en Anzak el 13 de noviembre para inspeccionar los avances. Tras un breve recorrido, tan breve como supuso la contienda, estimó que la orografía de la región era infranqueable. En diciembre, los Aliados decidieron retirarse. El 9 de enero de 1916, las tropas abandonaban por completo los Dardanelos en la única misión que salió bien, sin bajas y según lo esperado. El general Ian Hamilton obtuvo un retiro anticipado y Winston Churchill, que dimitió, anotó la mayor mancha en su bélico currículum: la campaña de Galípoli, en donde los Aliados desplegaron medio millón de tropas, se saldó con cerca de 150.000 muertes, la mitad otomanas, y 400.000 soldados heridos. Todo para avanzar una decena de kilómetros cuadrados.

El nacimiento de los nacionalismos. La batalla de Galípoli fue un éxito para los Jóvenes Turcos y el embrión del moderno Estado turco. La exhausta Sublime Puerta llevaba años tambaleándose en fangosas batallas en los Balcanes y el norte de África para mantener sus vastas fronteras. El alto coste de la continua guerra defenestró las regulaciones y reformas para modernizar el Imperio durante el siglo XIX. El sultán, que en 1914 ya no representaba el poder absoluto de sus antepasados, se había autoproclamado califa para atraer el apoyo musulmán. Pese a ello, la sociedad miraba con mejores ojos a los heroicos militares que evitaban el ocaso del Imperio.

Tras la capitulación de las Potencias Centrales, un nuevo Oriente Medio nació a costa del Imperio. Sin tiempo para rehacerse, los otomanos tuvieron que luchar de nuevo contra el apetito colonizador aliado. Entre 1919 y 1922 librarían la Guerra de Independencia y allí, otra vez, destacó la valía militar de Mustafá Kemal. La contienda, vista hoy como un éxito, como una salvación, trazó la base del actual Estado turco, en el que pereció el régimen de los sultanes y nació el arraigado sentimiento nacionalista de tradición laico-militar que dominó la esfera pública hasta la llegada de Erdogan.

«Atatürk es muy importante para nosotros. Él construyó este país y nos salvó de los colonizadores. Si no hubiese sido por él, no existiría el país que conocemos», explica Recep ante las lápidas de sus antepasados. A sus 22 años, este joven turco mantiene la exagerada visión oficial enseñada desde la infancia: Atatürk salvó el país, sin él no existiría el Estado turco. Al igual que la mayoría de los visitantes de Galípoli –2,5 millones anuales–, no perdió a ningún familiar. A pesar de ello, estima a los mehmetçikler como a sus allegados. Tras recorrer por primera vez este memorial, viaja en coche hasta el lugar en donde se haya el monumento que conmemora a las tropas de la Commonwealth. Allí reza por los que fueron sus enemigos, ahora convertidos en hermanos. Recuerda entonces parte de las palabras que en 1934 Atatürk dedicó a quienes perdieron su vida en los Dardanelos: «Os hayáis en la tierra de un país amigo. Vosotros descansáis junto a los mehmetçikler. Ustedes, las madres, quienes mandaron a sus hijos desde unos países lejanos, limpien sus lágrimas. Sus hijos descansan ahora en el seno de los nuestros. Ellos están ahora en paz y descansarán en paz aquí para siempre. Después de perder sus vidas en esta tierra se han convertido en nuestros hijos también».

Pero la contienda de Galípoli desencadenó otros movimientos nacionalistas más lejanos. Australia conoció su independencia en 1901 y Nueva Zelanda en 1907. La primera vez que izaron su bandera en un conflicto bélico fue en Galípoli. Las jóvenes naciones sufrieron la muerte de 10.000 soldados y recuerdan el día 25 como una de las fechas claves que desencadenaron el nacionalismo oceánico. «Galípoli ayudó a Australia a articular la esencia de su nacionalismo en la esfera internacional. En Versalles, por ejemplo, el primer ministro dejó claro que hablaba para los 60.000 australianos –no británicos– que murieron durante la guerra. Pero esto no significa que en Galípoli naciese el alma de una joven nación. De hecho, Australia llegó a ser una nación sin derramar sangre», explica Rhys. Este historiador de la Australian National University destaca que la batalla se vivió como algo significativo en 1915, con las hazañas y desventuras de los australianos en la prensa, aunque también reportó la amargura y expectación propia de una guerra: «En cierto punto fue algo por lo que sintieron orgullo. Para quienes perdieron a sus familiares fue un episodio traumático». Desde entonces, diferentes gobiernos han usado la llama del nacionalismo para cohesionar una sociedad heterogénea. Durante la contienda, un quinto de las tropas ANZAC había nacido en Gran Bretaña. La mayoría de los combatientes eran campesinos, al igual que en la mayoría de los actores de la guerra. Los aborígenes no predominaron en el frente y, como bien refleja en la película “Gallipoli” el director Peter Weir, había quienes en zonas remotas desconocían la guerra en la que había entrado su país.

Muchos aún se pueden preguntar por qué un país tan alejado elige luchar a favor de Gran Bretaña, antiguo garante de la opresión hacia su pueblo. Crawley apunta que «Australia y Nueva Zelanda tenían intereses propios. Australia veía que su propia seguridad estaría en apuros si ganaban las Potencias Centrales». La propaganda describiendo los “horrores” alemanes en Francia y Bélgica apoyó la teoría de la necesaria intervención que los escépticos rechazaban. Allí, aunque parezca hoy cómico, el padre del magnate de la comunicación Rupert Murdoch fue uno de los pocos que quebró la censura aliada.

Cien años después, los eventos de la conmemoración han servido a los políticos para obtener su particular rédito y a los ciudadanos, para recordar los mitos de Galípoli: el comandante de la Armada Real británica Martin Dunbar-Nasmith, el inseparable burro de John Simpson Kirkpatrick, el poderoso cabo turco Seyit y, sobre todo, el heroísmo de Atatürk.

Oceánicos y turcos comparten ahora una fraternidad especial forjada por el horror de la guerra. Recep prefiere dejar a un lado los asuntos más escabrosos de la contienda y piensa en la hermandad nacida del sufrimiento. Camina unos metros por el memorial de Abide, se da la vuelta, mira al mar y alza su mano derecha para señalar el mar Egeo. «Allí, a lo lejos, están nuestros hermanos de ANZAC. Ahora son los turcos de Oceanía. Esta conquista es lo más grande que trajo Galípoli. El resto, ya lo puedes ver en las lápidas».