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EL RETORNO DE LOS PELUQUEROS

El corte de pelo, termómetro de la seguridad en Afganistán

«Me gusta Cristiano Ronaldo. Vi en Facebook su estilo de pelo y decidí cortármelo igual», asegura el joven afgano Ferdaus, de 19 años, en el campus universitario de Kabul. Lleva el cabello engominado y un poco de punta en la parte superior, pero ni por asomo se parece al del famoso pichichi del Real Madrid. Anush, de 18, que estudia Economía también en la universidad kabulí, presume de lucir el «look» de Neymar y le ocurre lo mismo que a Ferdaus. Ni mirándolo con buenos ojos, alguien lo podría confundir con el jugador del Barcelona.


El fútbol está causando estragos en Afganistán. En 2012, cuando se jugó la primera liga en el país tras décadas de guerra, el balompié ya consiguió lo que no habían logrado ni la OTAN, la ONU, Estados Unidos o la Unión Europea en años de intervención: el júbilo y la unidad nacional, aunque solo fuera durante las pocas semanas que duró la liga. Se jugaron partidos durante un mes.

Ahora, en cambio, el fútbol está marcando la moda en Afganistán, o mejor dicho en su capital, donde la mayoría de chicos tiene acceso a internet y no se pierde el juego de los equipos más destacados en el césped internacional. Los canales afganos de televisión retransmiten los partidos pirateando las imágenes de cadenas extranjeras. Así, los jugadores de fútbol del Barça y el Real Madrid se han convertido en los ídolos de los jóvenes afganos y su estilo, en su credo a seguir.

Ni a los difuntos Osama Bin Laden y mulá Omar, y aún menos al nuevo líder de los talibanes, Akhtar Mohammad Mansur, los muchachos en Kabul quieren parecerse a Ronaldo, Neymar o Messi. Los barberos, sin duda, son los grandes beneficiados: están haciendo el negocio del siglo. Perseguidos durante el régimen de los talibanes –los fundamentalistas prohibieron afeitarse la barba y los cortes de pelo occidentales–, parece que ahora ha llegado su época dorada. Al menos para aquellos que se han subido al supuesto carro de la moda.

Las peluquerías masculinas han proliferado como setas en Kabul, a cual más moderna. En algunas calles, hay varias a pocos metros de distancia, hasta el punto de que cualquiera diría que, a simple vista, los afganos se arreglan más que las afganas en Kabul.

«Le dije que quería el pelo al estilo inglés», así relata Ferdaus a 7K cómo detalló a su peluquero que deseaba que le cortara el cabello al estilo de Cristiano Ronaldo. Según asegura, el barbero le entendió a la perfección y rápidamente se puso manos a la obra. En cambio, otro peluquero, Abdul Wahid, que se dedica al oficio desde hace veinte años y asegura que él, como nadie, está al último grito, afirma que el corte de pelo a la manera de Ronaldo se conoce en Kabul como ‘‘estilo español”. Sea como sea, todos los muchachos quieren lo mismo: emular al jugador madridista.

De los futbolistas a los talibanes. Otros jóvenes buscan en internet fotografías de sus futbolistas favoritos y las llevan a las peluquerías. Eso es lo que hizo Suleiman, de 19 años, quien explica que se presentó ante su barbero con un retrato de Ronaldo para así evitar cualquier confusión. Pero ni por esas el peluquero acertó, le cortó el pelo como le dio la gana. Porque ese es otro problema. En Kabul existen casi tantos estilos Ronaldo, Neymar, Messi, Bale.... como barberos hay en la capital. Cada peluquero adapta el corte de cabello a sus propias capacidades. Pero, eso sí, todos los jóvenes salen satisfechos y orgullosos de las barberías, confiando en que imitan la imagen de su jugador favorito, sea verdad o no.

Pero si Ronaldo y Messi son súper conocidos entre la juventud en Kabul, no sucede lo mismo con los líderes talibanes, aunque parezca inverosímil. «¿El mulá Omar? Ese era un talibán al que mataron como a un perro, ¿no?», contesta dubitativo a 7K Shafiqullah, un adolescente de 16 años, cuando se le pregunta quién fue el máximo líder de los talibanes que llevó a Afganistán al ostracismo. Durante cinco años, de 1996 a 2001, el país estuvo aislado del exterior. Estaban prohibidas la televisión y las fotografías, las noticias llegaban a cuentagotas e incluso los vuelos comerciales dejaron de aterrizar en Kabul.

«¿Pero qué dices? El mulá Omar está vivo y fue una buena persona que ayudó a la gente», replica otro joven, Qais, de 22 años, que habla de oídas. Su padre se lo ha explicado, aclara. Él era demasiado pequeño cuando los talibanes estaban en el poder.

Se pregunte a quien se pregunte en la calle en Kabul, los jóvenes afganos ponen cara de póquer cuando se les habla del mulá Mohammad Omar. Los adultos recuerdan perfectamente la época, catorce años atrás, en la que los fundamentalistas con turbante negro patrullaban las calles de la ciudad fuertemente armados en sus vehículos pickup, así como los preceptos de su líder. El mulá Omar no solo obligaba a los hombres a rezar en la mezquita cinco veces al día y a lucir barba de un palmo de largo, y a las mujeres a cubrirse con el burqa cuando salían a la calle. También prohibió la música y a ellas, estudiar, trabajar fuera de casa y calzar zapatos de tacón.

Sin embargo, pocos, ni tan siquiera los que tuvieron que dejarse crecer la barba durante su régimen, sabrían poner cara al peculiar religioso, aunque se ha hablado tanto de él durante los últimos meses, después de que el Gobierno afgano diera a conocer en julio que el famoso mulá murió en 2013. La mayoría de afganos confiesa que no reconocería a quien fue el líder de los talibanes si se cruzaran con él por la calle, a pesar de que en teoría fue una de las personas más buscadas en Afganistán, el Gobierno estadounidense llegó a ofrecer una recompensa de diez millones de dólares (siete millones y medio de euros) a quien proporcionara alguna información sobre su paradero, y de que era un personaje que no pasaba fácilmente desapercibido: el mulá era tuerto de un ojo, el derecho.

Tal desconocimiento está en cierta manera justificado. Omar no solo prohibió las fotografías, sino que él mismo tampoco se dejaba retratar. Apenas se hicieron públicas dos imágenes de él, una de ellas correspondiente a 1996, cuando se cubrió con una de las reliquias más preciadas del desértico Kandahar, en el sur de Afganistán: el manto del profeta Mahoma, reservado solo para reyes y líderes del islam. Entonces el mulá se autoproclamó emir, no solo de Afganistán, sino de todos los musulmanes del mundo. Lo mismo que hizo más tarde en Irak Abu Bakr al Baghdadi, el líder del Estado Islámico (ISIS).

Asimismo, el mulá Omar solo concedió dos entrevistas radiofónicas en su vida. La última, a la cadena británica BBC el 15 de noviembre de 2001, cuando faltaban pocos días para el colapso del régimen talibán. En una conversación por teléfono satélite, vaticinaba «la destrucción de América. Con la ayuda de Dios, será posible. Recuerde, esta es mi predicción», advertía al periodista con voz amenazante. La entrevista se puede encontrar en YouTube. Contradicciones del régimen, los talibanes, a pesar de que estaban en contra de cualquier viso de modernidad, sí que utilizaban internet e incluso disponían de una página web donde explicaban su ideario. La web, www.taleban.com, estuvo operativa hasta principios de 2001. Tanto misterio rodeó al mulá mientras estuvo en el poder, que mucha gente en Afganistán dudaba de su existencia. Circulaban rumores de que bajo la figura del supuesto líder religioso se escondía en realidad el golpista Hafiullah Amin, que fue presidente de Afganistán en 1979 y cuya muerte nunca se confirmó, nadie vio el cadáver. Otros defendían la hipótesis de que tal vez el que se hacía llamar mulá Omar era en realidad uno de los hijos del antiguo rey afgano Zahir Shah, exiliado en Italia.

De la misma manera que Mohammad Omar, Osama bin Laden, quien fue líder de la red Al Qaeda, tampoco es un referente para los chicos en Kabul. De hecho, la mayoría de los afganos en la capital –adultos y jóvenes– no quieren ni oír hablar de él, a pesar de que fue la causa del inicio de la guerra en Afganistán en 2001 y la consiguiente caída del régimen talibán. Estados Unidos empezó a bombardear el país con el pretexto de capturarlo. Bin Laden también luchó contra los invasores soviéticos en Afganistán durante la década de los ochenta y los talibanes le dieron asilo durante cinco años a final de los noventa.

Bin Laden no está considerado como un héroe en Afganistán, sino todo lo contrario. No faltan las bromas y los comentarios jocosos sobre su persona, sobre todo relacionados con sus numerosos matrimonios. El ex líder de Al Qaeda tuvo siete esposas –a pesar de que el islam solo permite cuatro– y más de veinte hijos. Su muerte en 2011 no tuvo ningún impacto en la guerra en Afganistán, más allá de que el presidente estadounidense, Barack Obama, la utilizó después como pretexto para justificar el inicio de la retirada de las tropas norteamericanas del país, a pesar de que Afganistán continúa sumido en el caos.

Bin Laden, desaparecido. Prueba de que Bin Laden no es un ídolo en Kabul es que resulta casi posible encontrar una fotografía del ex líder de Al Qaeda en la capital afgana. No se venden postales con su retrato, ni pósters, ni cuadros. Y no es que los afganos no sean dados al culto personal, sino todo lo contrario. En la ciudad abundan los retratos del actual presidente, Ashraf Ghani, y su primer ministro, Abdullah Abdullah, así como de importantes señores de la guerra: Ahamad Sha Masud, Burhanuddin Rabbani o Abdul Ali Mazari, ya difuntos. Existen pósters, camisetas, pinturas o incluso alfombras con su retrato, pero no con el de Bin Laden.

De la misma manera, los discursos y apariciones en vídeo a los que Bin Laden tanto se aficionó tampoco se comercializan en la capital. «¿Osama Bin Laden? No, no, no tenemos nada», contestan con mirada huidiza la mayoría de vendedores de DVDs cuando se les pregunta si tienen imágenes del ex dirigente de Al Qaeda. El único comerciante que asegura disponer de “algo” saca de debajo del mostrador una copia de la película “Osama”, de Siddiq Barmak, ambientada en la época de los talibanes, pero que no tiene nada que ver con el temido señor de la guerra. Narra la historia de una niña afgana que se hace pasar por niño para poder sobrevivir durante el régimen fundamentalista.

En Kandahar, una de las ciudades más conservadoras del sur de Afganistán y considerada el feudo de los talibanes, sí que es posible encontrar algunos vídeos y fotografías de Bin Laden, pero tampoco demasiados. Allí, algunos comerciantes también venden pasteles en cajas de cartón decoradas con el retrato del ex líder de Al Qaeda, explica el periodista afgano Timor Sha. Sin embargo, según dicho reportero, los dulces y el empaquetado no son originarios de Afganistán: se fabrican en el país vecino de Pakistán y después se importan a Kandahar. En Pakistán es donde precisamente Bin Laden fue abatido por fuerzas especiales estadounidenses en la localidad de Abbottabad el 2 de mayo de 2011.

El estilo Mahoma. También en el sur de Afganistán, el corte de pelo que los chicos lucen es diferente al de los jóvenes en Kabul. Allí no se imita a los futbolistas, sino que lo más extendido es el denominado “estilo Mahoma”. O sea, en plan cacerola o melenita: el cabello por debajo de las orejas que, se supone, es como lo llevaba el profeta del islam. Como no existen imágenes del enviado por Alá, el “estilo Mahoma” es como el de Ronaldo en la capital afgana: varía según el peluquero que corta el pelo.

Asimismo, las peluquerías no se han modernizado, ni multiplicado en Kandahar, donde los talibanes siguen siendo fuertes. De hecho, continúan existiendo barberos callejeros, es decir, hombres que se dedican al oficio de afeitar y cortar el pelo, y que lo hacen en medio de la calle, sentados en cualquier rincón. En Kabul también se pueden encontrar algunos barberos callejeros en ciertas zonas de la ciudad, pero son una minoría. La competencia de las nuevas peluquerías ha acabado con su negocio. «Apenas gano 100 o 150 afganis al día (unos 1,4 o 2 euros)», se lamenta Matin Qabir, un anciano que continúa cortando el pelo en la calle en Kabul. «Ahora hay tantas peluquerías, que nos hemos quedado sin clientela», argumenta.

Así, las peluquerías y el corte de pelo de moda se han convertido en termómetros en Afganistán sobre la seguridad y el alcance del Gobierno sobre el territorio. En las zonas controladas por la insurgencia, ni hay peluquerías modernas, ni cortes de pelo al estilo occidental. Los establecimientos que existen en Kabul son impensables en otras partes de Afganistán. Por ejemplo, Safir Khan Shafi, que se dedica a cortar y peinar el cabello desde hace un cuarto de siglo, ha adornado el escaparate de su peluquería en el barrio kabulí de Shar-e-naw con una fotografía enorme de un chico con la cara embadurnada de crema y dos rodajas de pepino sobre los párpados.

Como la mayoría de los peluqueros en Kabul, Safir Khan Shafi se dedica a este oficio por tradición familiar –su padre ya era barbero– y se encontró con la disyuntiva de renovarse o morir. «Durante el régimen de los talibanes, me exilié a Pakistán y allí aprendí otras formas de cortar el pelo, más modernas», relata. Fue una bocanada de aire fresco que ahora le está aportando réditos.

En su establecimiento, un local estrecho de escasos metros cuadrados, Safir trabaja mano a mano con su hijo y un aprendiz. Los clientes deben ir con el cabello lavado de casa porque en la peluquería no hay agua. Sin embargo, no faltan libros de modelos donde los jóvenes pueden elegir corte de pelo, así como potingues de todo tipo, que se exhiben en los estantes: mascarillas, tintes, acondicionador, cremas... Todos los productos son importados de Dubái o India, según aclara el propietario de la peluquería. Y todos son para mujeres, de acuerdo con las indicaciones de los envases, donde aparecen retratos de muchachas con largas cabelleras. Pero eso no parece importarles a los clientes.