03 ENE. 2016 VÍCTIMAS DEL CAMBIO CLIMÁTICO Sacrificados en el altar del cambio climático En la cumbre climática de París, los países firmantes acordaron contener en 2 grados más el aumento de temperaturas en este siglo. La idea es evitar que la Tierra se colapse, aunque algunos países tendrán que ser «sacrificados» por el camino... Algunos, de hecho, ya lo están siendo. Marian Azkarate {{^data.noClicksRemaining}} Para leer este artículo regístrate gratis o suscríbete ¿Ya estás registrado o suscrito? Iniciar sesión REGÍSTRARME PARA LEER {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Se te han agotado los clicks Suscríbete {{/data.noClicksRemaining}} En su intervención ante la prensa acreditada en la reciente Cumbre Climática de París (COP21), Anwar Hossain Manju, ministro de Medioambiente de Bangladesh, resumía en pocas palabras la preocupación común que une a su país con otros lugares tan alejados en el mapa como Etiopía, las Maldivas, Filipinas, Nicaragua, Guatemala, Vietnam, Pakistán o Nepal: «Nos negamos a ser los sacrificados por la comunidad internacional en París», dijo. El bangladesí hablaba en nombre de los 43 países que componen el Climate Vulnerable Forum (CVF), un club cuyos miembros tienen la particularidad de que son especialmente vulnerables a las consecuencias del calentamiento global. Según sus cálculos, aunque finalmente se consiga contener el calentamiento en los pactados 2 grados más sobre parámetros preindustriales –ellos planteaban dejarlo en 1,5 grados–, eso no evitará que más de un millón de personas resulten afectadas por el ascenso del nivel del mar y demás efectos catastróficos sobre el medioambiente. El lago Chad se muere. Esta crucial reserva de agua, situada en el corazón de algunas de las tierras más áridas del planeta y de la que dependen más de 60 millones de personas, se está secando. Sus aguas bañan las fronteras de cuatro países –Camerún, Nigeria, Niger y Chad–, y cuando fue «descubierto» por los europeos en 1823, fue catalogado como uno de los lagos más grandes del mundo y el cuarto de África. De aguas poco profundas, 7 metros en su punto máximo, históricamente ha sufrido enormes fluctuaciones en su caudal, aunque nunca hasta este punto. Ahora ha perdido el 90% de su superficie, que ha pasado de los 25.000 kilómetros cuadrados de 1960 a los 2.500 de hoy en día. El aumento de la presión humana por la construcción de presas en los ríos que lo alimentan, combinado con el calentamiento global –según el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, la mitad del descenso de sus aguas en el último medio siglo se debe atribuir al cambio climático–, le han llevado a esta situación extrema. El dato lo dio el presidente camerunés Paul Biya en una comparecencia conjunta en París con los otros primeros mandatarios con los que comparte frontera en el lago. «Este descenso ha reducido la producción agrícola y pesquera y fuerza a la gente a emigrar. Además, al secarse, se ha convertido en el escondite de los terroristas de Boko Haram», añadió. El conflicto con los islamistas de Boko Haram, procedentes de Nigeria, ya ha desplazado a 2,5 millones de personas en la región. Ante la falta de recursos y de seguridad, ¿qué otra solución le queda a los pobladores de la zona? Cruzar el Sahara y el Mediterráneo para emigrar a Europa. En Senegal, el agua se come a los pueblos. De la Gran Barrera de coral a los glaciares del Kilimanjaro, pasando por Machu Pichu, icónicos lugares naturales y culturales de todo el mundo engrosan la lista de los enclaves particularmente amenazados por las consecuencias del calentamiento global, sea por el efecto de la acidificación de los océanos o por el aumento del nivel del mar. Dentro de este listado se halla también la ciudad senegalesa de Saint Louis, la primera ciudad fundada por los franceses en el África subsahariana en 1659 y antigua capital del África Occidental francesa. La hermosa y colonial Venecia de África está inscrita como Patrimonio de la Humanidad, pero posiblemente terminará desapareciendo, como la vecina Doun Baba Dièye, arrasada por las aguas del océano Atlántico. De hecho, toda la costa del parque nacional Langue de Barbarie, junto al que se hallan ubicadas ambas ciudades, está en peligro. Situada en la desembocadura del río Senegal, esta estrecha franja de arena de 40 km de largo y 300 metros de ancho paralela a la costa protege a Saint Louis y Doun Baba Dièye de las embestidas del Atlántico y de las crecidas del río. A las consecuencias del cambio climático se le ha añadido un pésimo diseño del entorno, ya que en 2003, para preservar a Saint Louis de las inundaciones causadas por las lluvias, el Gobierno abrió un canal de cuatro metros en la Langue de Barbarie. El objetivo era rebajar el nivel del río que no dejaba de crecer con las inundaciones cada vez más frecuentes, con la finalidad de dar salida a las aguas hacia el Atlántico a través del canal. Sin embargo, al caudal del río se le han ido uniendo las embestidas del océano; dos fenómenos que han ido engullendo la Langue y agrandando el canal, hasta el punto de que la desembocadura del canal es en estos momentos de 2,3 km. En este entorno viven 120.000 personas. «Las olas nos sorprendieron por la noche. Fue el 20 de octubre. El agua golpeó con fuerza y derribó las paredes», narra Awa Sarr Fall, una mujer de 68 años vecina del barrio de pescadores de Goxu MBath, en la Langue de Barbarie. «Nos gustaría irnos, pero no tenemos medios para hacerlo. Las autoridades no han venido a ver los daños; aunque en elecciones sí que vienen», añade Abibatou Fall, otro vecino. Ante la amenaza que sufre toda la costa, el Gobierno ha anunciado la construcción de un rompeolas valorado en más de 1,5 millones de euros, aunque antes esperan los resultados de un estudio «para ver qué hacer con la brecha, si cerrarla o estabilizarla», explica el comandante Moussa Falla, director del Parque Natural Langue de Barbarie. Ya será tarde para la desaparecida Doune Baba Dièye. «La vida era mejor en Douna Baba Dièye. Teníamos pescado y verduras todos los días. Ahora tenemos que ir a Saint Louis y el transporte nos cuesta 625 francos CFA (alrededor de un euro)», explica Nata Diop, habitante de un nuevo pueblo al que han llamado Doune Baba Dièye 2. El pueblo Keur Bernard está desierto y otro cercano seguramente también desaparecerá. Según las proyecciones del Grupo Intergubernamental de Expertos del Clima, si el nivel de los océanos ha ascendido 19 cm entre 1901 y 2010, de aquí a finales de siglo se prevé que subirá entre 26 y 82 cm. Pocas esperanzas les quedan entonces a los habitantes de esta zona de Senegal, a no ser que la ayuda internacional les llegue pronto. Su situación recuerda a la de los Países Bajos, aunque aquí no cuentan con un Plan Delta como el neerlandés, con diques como el Oosterscheldekering, un dispositivo antitormentas que ocupa más de 9 km y es capaz de sellar y proteger él solo la entrada a un estuario. Las islas del Pacífico están en primera línea. Debido a las pruebas nucleares de Estados Unidos, los habitantes del atolón de Bikini, en el Pacífico, tuvieron que abandonar sus hogares hace setenta años para asentarse en Kili, una pequeña isla situada a 800 km de su hogar, también en el archipiélago de las Marshall. Allí viven un millar de personas, que tienen que hacer frente a un medio cada vez más inhóspito: como están a solo dos metros sobre el nivel del mar, debido al aumento de las aguas a consecuencia del calentamiento global, los cultivos fracasan y las tormentas también son frecuentes. La última vez, cuando las olas inundaron Kili, sus vecinos creían que les iba a llevar el mar y se refugiaron en la iglesia, el lugar más alto de la isla. «La solución de EEUU fue llevarnos a Kili, pero ahora el agua nos llega a las rodillas dos veces al año», dice Jack Niedenthal, intermediario de sus vecinos ante Washington. Algunos bikinis quieren establecerse en EEUU, ya que los habitantes de las Islas Marshall pueden vivir, trabajar y estudiar allí sin necesidad de visa. Esperan recibir alguna ayuda económica para ello, aunque el departamento de Estado todavía no les ha respondido. Situadas en primera línea del calentamiento global, las comunidades de las islas del Pacífico se encuentran en una situación de vulnerabilidad extrema. El número de tormentas ciclónicas que afectan a las Islas Marshall va en aumento de año en año y en 2014, de hecho, se registraron las mareas más fuertes de los últimos treinta años, que obligaron a miles de residentes a huir y causaron daños valorados en torno a los 1,8 millones de euros. El cambio climático también agrava los efectos del Niño en la cálida corriente ecuatorial del Pacífico occidental. «Tenemos condiciones meteorológicas extremas, inundaciones en algunas islas, sequías en otras, una erosión en las costas muy marcada, la decoloración de los corales, y sal en nuestros cultivos y depósitos de agua dulce», enumera el ministro de Asuntos Exteriores de las Islas Marshall, Tony Brum, un reconocido activista contra el cambio climático y a favor de los derechos de los pueblos del Pacífico. Las ballenas han perdido el norte. «El calentamiento global está afectando a las ballenas», explica Cristina Castro, una bióloga que desde hace 18 años observa a las ballenas jorobadas en Puerto López, a 295 km al sudoeste de Quito, un lugar de la costa ecuatoriana donde estos grandes cetáceos suelen recalar, procedentes de la Antártida, para realizar sus rituales de apareamiento. Pero el calentamiento de las aguas desorienta a estos grandes cetáceos y está cambiando sus rutas y sus ciclos migratorios, cada vez más largos. «Las ballenas jorobadas ya no paran en Ecuador. Suben hasta Costa Rica, van y vienen durante toda la temporada. Hemos identificado recorridos de más de 10.000 km desde la Antártida hasta las zonas de alimentación de Brasil e incluso África», explica la bióloga. Además, el calentamiento afecta a todos los ecosistemas, particularmente a la Antártida. Se ha reducido la calidad de kril, la base de la alimentación de las ballenas, que ingieren grandes cantidades de alimento en las zonas polares para almacenarlos cara a sus viajes migratorios. Roger Payne, científico norteamericano que registró el canto de las ballenas en la Patagonia en los años 70, lanza también una señal de alarma ante la acidificación de los océanos, ya que pone en peligro la reproducción de los cetáceos. «En base a los estudios que hemos realizado en Argentina en los últimos 45 años, prevemos que afectará y mucho, porque las hembras no paren excepto si las condiciones para poder alimentar a sus crías son favorables». Es decir, que la disminución del kril implica una reducción en el nacimiento de ballenas. En Puerto López, Cristina Castro ya ha observado que las ballenas jorobadas llegan más «delgadas» por la falta de alimento y las migraciones más largas. «Están huesudas, enfermas, llenas de parásito», explica. Si, encima, tienen que hacer frente a las heridas provocadas por sus choques con los barcos y al aumento del ruido de los océanos, que dificulta la comunicación de los cetáceos, no se les están poniendo las cosas muy fáciles. Pakistán, una bomba climática de efecto retardado. Entre el deshielo de los glaciares, la demografía galopante y la violencia islamista, este país musulmán de 200 millones de habitantes contiene en sí todos los ingredientes de una bomba climática de relojería. Sus tres macizos montañosos –el Hindu Kush, el del Himalaya y el de Karakorum – forman la primera reserva mundial de hielo junto a los polos, y el agua de sus cumbres irriga a todo el país, desde las ricas mesetas del Punjab al delta del Sind. «Cuando veníamos hace 25 años, el glaciar llegaba hasta la roca de allí, 500 metros más abajo», explica Javed Ajtar, un lugareño que trabaja para el equipo de glaciólogos que mide el impacto del calentamiento global en el glaciar de Passu, a las puertas de China. Hay una treintena de lagos glaciares bajo observación en el norte del país. Según las autoridades, las temperaturas del norte han subido 1,9 grados en un siglo, provocando rupturas repentinas en los diques de hielo, que sueltan torrentes que lo arrastran todo a su paso. La cuestión es que Pakistán sigue siendo autosuficiente en términos agrícolas, gracias sobre todo a la fertilidad de sus tierras en el Punjab; sin embargo, poca agua es mala para la tierra… y demasiada también, y un ejemplo de ello son las inundaciones de 2010, provocadas por lluvias y monzones espectaculares. El equilibrio en la producción agrícola, basada principalmente en el arroz y el trigo, quedaría seriamente tocado. «Si un día desaparecen los glaciares, dependeríamos completamente del monzón. Y ya está cambiando», explica Ghulam Rasul, jefe de los servicios meteorológicos de Pakistán. «Todo esto tiene un impacto sobre la seguridad alimentaria», añade. Maíz y frijoles resistentes al cambio global. Quizás al final tengan que utilizar la experiencia de otros, como un estudio conjunto en el que están embarcados expertos de El Salvador, Colombia y Honduras, quienes han desarrollado una variedad de frijol de color rojo claro, no trasgénico, destinado a soportar periodos de sequía de hasta 15 días. La variedad, plantada en la finca Colombia, en Quezaltepeque, a 29 km al norte de El Salvador, está dando buenos resultados. En Panamá, uno de los primeros países de la región en trabajar con variedades de maíz más resistentes a la variabilidad climática, se ha desarrollado una nueva semilla de maíz blanco y amarillo compatible con temperaturas altas de 35 a 36 grados, mientras que en Costa Rica, en el Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza se están produciendo semillas resistentes no solo a altas temperaturas, sino también a épocas lluviosas más violentas. En suma, que hay que preparase para lo que viene.