16 OCT. 2016 EN LOS CONFINES DEL SISTEMA SOLAR Un príncipe encantado llamado chury Un príncipe encantado, aunque con forma de patito de goma –sí, alguien le ha visto esa pinta–, o un fósil del Sistema Solar que nos ayudará a conocer los orígenes del Universo. Las dos opciones valen para 67P/Churyumov-Gerasimenko, más conocido como Chury, el cometa al que han ido a morir la nave espacial Rosetta y su robot Philae. Los tres han sido protagonistas de un mediático cuento de hadas espacial seguido por miles de personas a través de las redes sociales. Marian Azkarate {{^data.noClicksRemaining}} Para leer este artículo regístrate gratis o suscríbete ¿Ya estás registrado o suscrito? Iniciar sesión REGÍSTRARME PARA LEER {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Se te han agotado los clicks Suscríbete {{/data.noClicksRemaining}} Una bola bien grande de polvo de unos 4,1 km en su parte más ancha y 1,8 km en la más estrecha, que huele como a huevos podridos y que, mientras va girando sobre su eje en el espacio, cuando se acerca al sol escupe chorros de polvo y gases. 67P Churyumov-Gerasimenko, Chury para los amigos, no es un lugar que, a priori, invite a pasar unas vacaciones: está un «poquito» lejos de la Tierra –a unos 6.400 millones de kilómetros, doce años de viaje más o menos– y, si llegas allí, tienes todas las probabilidades de quedarte encajado en una fosa profunda sin poder salir, como le pasó al robot Philae hace un par de años. Sin embargo, es indudable que tiene su interés e incluso su misterio porque es una especie de fósil, un resto de la formación del Sistema Solar a través del que podrá estudiarse su origen y buscar las claves de la aparición de la vida en la Tierra. En otra fosa aterrizó también el 30 de setiembre pasado la sonda Rosetta de la Agencia Espacial Europea (ESA), llamada así por la piedra que permitió descifrar el lenguaje jeroglífico de los egipcios, y allí también se ha apagado, dando fin a una misión espacial que ha costado cerca de dos décadas de preparación. Desde que Rosetta y Philae fueran lanzados al espacio en marzo de 2004 desde la base de Kurú, en la Guayana Francesa, la nave ha completado un apasionante viaje por los confines del Universo de gran complejidad técnica. Ha pasado por Marte, ha estado en modo hibernación dos años a modo de Blancanieves galáctica –¿su príncipe azul sería entonces Chury?– y, desde el primer aterrizaje en el cometa el 12 de noviembre de 2104 del módulo Philae, no ha parado de mandar información. Una bolsa de polvo que guarda muchos secretos. A Chury lo descubrieron en 1969 los científicos ucraniano-soviéticos Klim Ivánovich Churiúmov y Svetlana Ivánovna Guerasimenko y se ha quedado con un Chury más fácil de pronunciar. Es un objeto celeste procedente del cinturón de Kuiper-Edgeworth, una región del Sistema Solar en forma de anillo ubicada más allá de la órbita de Neptuno. En suma, un lugar tan remoto que los cambios del sistema solar no le han influido. Chury gira alrededor del Sol a lo largo de una trayectoria elíptica entre la Tierra y Júpiter y como objeto celeste resulta estéticamente un poco extraño, aunque parece, por lo que se está sabiendo, que es lo habitual en los cometas: los científicos le ven parecido a un pato de goma gigante, aunque a los neófitos nos parezca más un cacahuete. Esta forma es debida a que Chury se formó al unirse dos masas de diferente tamaño, que quedaron como «engarzadas» por un cuello. Es decir, en realidad es un núcleo binario de contacto o, lo que es lo mismo, dos cometas que se unieron hace eones. Durante décadas se ha popularizado que los cometas son una especie de bolas de nieve sucia, pero con Chury se ha sabido que son más bien polvo... oscuro polvo mezclado con hielo, que en unas zonas es pura roca y en otras, dunas de polvo. Este hielo no es como el que formó los océanos en la Tierra –la comunidad científica piensa que fue por el de los asteroides–, pero en Chury se han encontrado numerosas sustancias orgánicas que pudieron jugar un papel fundamental en la aparición de la vida, como el aminoácido glicina... o el sulfuro de hidrógeno. De ahí el olor a huevos podridos. Esta masa llamada Chury va girando alrededor de su eje en una rotación corta (cada 12,4043 h) y con una inclinación de 52 grados con respecto a la elíptica, por lo que sus estaciones son extremas: cuando su superficie se calienta y sublima debido a la cercanía del sol –es decir, pasa de estado sólido a gaseoso, sin pasar por el líquido– empieza lo bueno. En agosto de 2015, durante su paso por el perihelio –el punto más cercano de la órbita de un cuerpo celeste alrededor del sol–, Chury llegó a escupir hasta una tonelada de polvo y 300 kg de vapor de agua por segundo. La carrera espacial está en las redes sociales. En octubre de 2010, Philae lanzó su primer tweet: «Buenos días mundo :)». Hasta el «adiós queridos amigos» con el que se despidió, este proyecto de la ESA estuvo embarcado en una carrera paralela a la disputada en el espacio: la de las redes sociales, que se saldó con la cuenta de Twitter de Philae en los 448.000 abonados, ligeramente superada por la de Rosetta (454.000). Gran parte del éxito ha sido causado por la «humanización» de estos robots a través de los dibujos animados colgados en la red, que convirtieron a la atrevida Rosetta y el pequeño Philae en dos aventureros seguidos principalmente por jóvenes. Pero la cifra se ha disparado en otra misión, con los 3,4 millones de seguidores que tiene en Twitter el vehículo explorador Curiosity (@MarsCuriosity) de la Nasa, desde donde se siguen con fruición las imágenes que envía desde la superficie de Marte, a donde llegó hace tres años y medio. Por cierto, el planeta rojo es el objetivo de Elon Musk, el dueño de la empresa privada espacial Space X, quien acaba de presentar el Interplanetary Transport System, la nave con la que quiere mandar cien personas a Marte. El primer lanzamiento de prueba de este surrealista proyecto tendría lugar en 2020 y los primeros vuelos empezarían en 2022.