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IRITZIA

Autoridad inmoral


Si hay algo que distingue a Estados Unidos, sobre todo a su clase gobernante, es su curiosa suposición de que tiene derecho a ser el juez mundial y que Dios le otorgó esa autoridad moral. Todos los años, el Gobierno federal emite informes en los que enjuicia a casi todos los países del mundo sobre derechos humanos, libertades civiles, respeto a las mujeres y más –¿habrá otro Gobierno en el mundo que se atreva a hacerlo?–. Aquí, dentro del país, este juego «moral» se expresa en todos los niveles. El ejemplo más reciente es el de Roger Ailes: el poderoso jefe ejecutivo de Fox News, el medio nacional conservador más influyente del país, fue obligado a dimitir como resultado de las demandas legales por acoso sexual presentadas por dos presentadoras de noticias (la cifra ha subido a dos docenas de reporteras y asistentes, quienes han denunciado el hostigamiento sexual en Fox News). Los dioses se estaban divirtiendo. Ailes, quien fue nombrado en 1996 para dirigir a Fox News por su amigo Rupert Murdoch, estrenó el canal con un enfoque casi centrado exclusivamente en los escándalos sexuales del entonces presidente Bill Clinton y promoviendo su impeachment por el caso de Monica Lewinsky.

Aides dirigió un incesante ataque sobre la inmoralidad personal del presidente, de cómo esto violaba los «valores familiares» y, por supuesto, la institución sagrada del matrimonio, entre otras cosas. Ahora, las nuevas revelaciones indican que Ailes, hombre casado, dirigía esta cruzada moral mientras pagaba a una joven asistente por sus favores sexuales y acosaba a sus reporteras y presentadoras, lo que se hacía con el aparente apoyo de otros ejecutivos y una cultura dentro de la empresa que un ex empleado describió como tipo «mansión Playboy». Más aun, como recuerda Jane Mayer en “The New Yorker”, en torno a este caso había mucha hipocresía. La campaña para destituir a Clinton fue encabezada por tres presidentes de la Cámara Baja del Congreso –todos republicanos conservadores– en turnos sucesivos. El primero fue Newt Gingrich, quien ha reconocido que justo al mismo tiempo que dirigía la ofensiva «moral» contra Clinton por sus escándalos sexuales, él estaba en medio de una relación extramatrimonial con una asistente legislativa que más tarde se convirtió en su tercera esposa. La segunda ha denunciado que él inició su affaire mientras su primera esposa padecía cáncer.

Cuando Gingrich renunció a la presidencia de la Cámara, los republicanos eligieron como su sucesor a Bob Livingstone, quien, menos de dos meses después, dijo que no asumiría el puesto después de que Larry Flynt, famoso director de la revista pornográfica “Hustler”, revelase que tenía pruebas de que el congresista había tenido por lo menos cuatro amantes durante la última década. Su sucesor fue el representante Dennis Hastert, quien hablaba de su «conciencia» cuando promovía el caso contra Clinton. El año pasado se reveló que Hastert había abusado sexualmente por lo menos de cinco menores durante sus años de entrenador deportivo, entre los años 60 y 80. En abril de este año, Hastert admitió el abuso y, por los cargos de fraude bancario con el que intentó comprar el silencio de sus víctimas, fue condenado a 15 meses de prisión –había caducado el estatuto de limitaciones para poder enjuiciarlo por abuso sexual–.

Hay más, mucho más, en los archivos sobre este tipo de comportamientos de los que andan en lo más alto –o, tal vez, debería decirse en lo más bajo– de la política en este país. El debate electoral está repleto de esto mismo. Hillary Clinton y Donald Trump intercambian acusaciones sobre quién es más «racista», «intolerante», «corrupto» o «mentiroso». Ambos tienen razón, lo curioso es que se siguen presentando como si tuvieran la calidad moral como para acusar al otro mientras la mayoría del país los reprueba como autoridades morales. Se siguen revelando pruebas de que Clinton ofreció favores como secretaria de Estado a donantes ricos de su fundación, y que la Fundación Clinton fue beneficiada por decenas de millones de dólares facilitados por algunos de los regímenes más represivos y retrógradas del mundo –entre ellos, Arabia Saudita y Kuwait–. Del lado de Trump, no es necesario argumentar que su imperio económico está creado a base de engaños, manipulación financiera, fraudes y demás.

El país más encarcelado del mundo, el único país avanzado sin derechos básicos a la salud y la educación superior, pero eso sí, con la población civil más armada y violenta, y sin olvidarnos de sus aventuras bélicas e intervencionistas –incluida la «distinción» de ser el único país en la historia en emplear armas de destrucción masiva–, insiste en que tiene autoridad moral. De hecho, con eso suele justificarlo todo.