30 OCT. 2016 EN LAS TRINCHERAS EL FRENTE PESHMERGA CONTRA EL DAESH Llegamos a Wardeek o más bien a lo poco que queda de este pueblo iraquí arrasado por la guerra. De primera línea del frente ha pasado en poco tiempo a retaguardia, mientras los combatientes armados kurdos, los peshmergas, avanzan liberando zonas ocupadas hasta entonces por el Daesh. Nosotros también seguimos adelante. La noche cae sobre las trincheras. Andoni Lubaki {{^data.noClicksRemaining}} Para leer este artículo regístrate gratis o suscríbete ¿Ya estás registrado o suscrito? Iniciar sesión REGÍSTRARME PARA LEER {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Se te han agotado los clicks Suscríbete {{/data.noClicksRemaining}} Habrá cinco checkpoints (controles de seguridad) hasta la primera línea. Tened cuidado. Wardeek ha sido liberada hace pocas horas y no andéis lejos de donde andan los peshmergas. Puede haber desde bombas-trampa hasta algún soldado del Daesh rezagado», advierte el coronel Gardi en el cuartel general del frente de Wardeek (a una hora de Erbil hacia el noroeste). Rodeado de enormes muros de hormigón armado que han sido transportados desde Suleymania (este del Kurdistán iraquí), donde antes se encontraba el peaje de la autopista, el coronel explica. «Toda esta zona estaba controlada por el Daesh hasta hace pocos meses. Los peshmergas hemos ido avanzando poco a poco, pero con paso firme. Lo que antes era el frente ahora es la segunda línea de la retaguardia. Acabamos de tomar el pueblo de Wardeek y nuestras máquinas ya están trabajando para levantar otras trincheras más allá de las que tenemos ahora. Cada vez que avanzamos cavamos nuevas trincheras. En total, 163 kilómetros por cada paso hacia adelante que damos». Localidad de mayoría cristiana y con alguna comunidad kakai (minoría religiosa de la zona), Wardeek tenía antes alrededor de 4.000 habitantes. Hoy aquí ya no vive nadie. Los símbolos religiosos han sido borrados y destruidos, como todo el pueblo. Los campos donde se cultivaba el cereal han sido arrasados. «En esta época es cuando se cosecha el grano. Pero las hierbas altas hacen que no podamos ver al enemigo, ni el enemigo tampoco a nosotros. Tanto ellos como nosotros damos fuego a los campos», afirma el mayor Idriss mientras pisa con firmeza un suelo duro ennegrecido por las llamas del día anterior y aún humeante en algunas zonas. Si no fuera por el color azul del cielo uno puede pensar que está viendo un vídeo en blanco y negro. Edificios grises y campos convertidos en cenizas. Casas quemadas y polvorientas pistas de arcilla blanca. «El suelo se convierte en polvo, no arena, ¡polvo! Como la harina. Los campos tardarán años en recuperarse y volver a ser cultivables. Quizás no se recuperen nunca y se tenga que hacer en Dohuk (la ciudad más cercana a Wardeek) un barrio que se llame Wardeek para poder asentar a toda esta gente», dice el capitán Ivan, quien encabeza a un grupo de soldados que viene de explorar un barrio apartado del centro. El joven oficial es un soldado de élite de las fuerzas armadas Peshmerga. Ha entrado en batalla más de diez veces contra el Daesh en el último mes. «Una de las veces nos sorprendieron dentro de una casa. El terrorista, que por suerte se encontraba solo en ese momento, disparó a mi compañero en la rodilla y le dio tiempo de agarrar el cañón de mi M16 (fusil de asalto de fabricación estadounidense). Pensé que tendría una bomba y que explotaría, pero no tenía nada. Intentó acuchillarme, pero me defendí. Era fuerte. Al final le vencí y lo ‘neutralicé’. Tras evacuar a mi camarada, pude comprobar que en la pistola solo tenía una bala, la que disparó a mi amigo. Mueren matando y no tienen miedo de entrar en combate cuerpo a cuerpo con nosotros. Pueden estar días escondidos y, en el momento menos esperado, saltar y atentar detrás de las líneas. No es la primera vez», añade el capitán mientras enciende un cigarro. «Pero soy un peshmerga y no temo a la muerte. Por lo menos, no a la mía. Temo la muerte de mi hijo, que nació esta semana y todavía no le he podido ver». Son las once de la mañana. El sol aprieta y la brisa no llega a las trinchera. 45 grados y subiendo. Apoyarse o sentarse en el suelo es como si te sentaras encima de un montón de harina caliente. La garganta se seca y los ojos se irritan. Ni siquiera hay moscas. Uno llega a pensar que por la noche podrá descansar y dormir algo, pero enseguida le quitan la idea de la cabeza. «El Daesh ataca por la noche. Mandan entre tres y cinco camiones suicidas hacia el muro. Atacan rápido y no encienden las luces de los vehículos. Con suerte para ellos, uno podrá superar la trinchera y penetrar en algún poblado que todavía tenga civiles. Los otros serán ‘neutralizados’ antes de llegar a explotar, tanto por nosotros desde los muros como por aire por nuestro amigo Obama», nos explica Idriss, quien ha cambiado de misión. El veterano oficial debe proteger al general Youhan, un también veterano alto cargo del Ejército Peshmerga. Este pasará alrededor de una semana en la trinchera para ordenar a sus hombres tanto la defensa como futuras acciones contra el Daesh. «Es un buen hombre. Está como un soldado más en el frente. Si tiene que disparar, dispara; no se esconde», indica Idriss. El general lleva una radio en la mano. Han podido descifrar la señal del Daesh y pueden prever un ataque con antelación. El capitán Ivan, que se ha convertido en mi intérprete y ya me ha invitado a su casa varias veces «cuando todo esto termine», traduce las conversaciones que se oyen por la radio. «Hablan de todo un poco. Sabemos que todos los ataques los planifican en reuniones y solo dan la señal de ataque por radio. No se coordinan por walkie talkie. Todas las comunicaciones los abren con ‘Allahu Akhbar’ (Dios es el más grande) y luego llegan incluso a bromear. Ahora están hablando de lo mala que fue ayer la cena y que deberían de mandar al paraíso al cocinero en un camión. El receptor está de acuerdo», ríe Ivan. «Visitas» y disparos. La noche cae. El calor que irradiaban los rayos del sol llega ahora desde el suelo. Es como tocar el metal de una estufa. Los pies siguen cociéndose como si fuera de día. Continúa sin haber brisa en la trinchera. Por la radio del general sale un «Allahu Akhbar» más alto de lo habitual. Al poco pasan silbando dos balas por encima de las trincheras. «Dushkas», precisa Idriss. «Son balas dushkas de fabricación rusa. Estas balas tienen mucho alcance. Todavía están lejos pero hay que estar atento», advierte. Los soldados cogen posiciones y encienden potentes focos que iluminan los carbonizados campos de las afueras de Wardeek. Un incómodo silencio se adueña del lugar. Solo se oye la radio del general. El resto se mantiene callado. Un avión sobrevuela el lugar. Pasa el tiempo. No hay movimiento. El ambiente vuelve a relajarse. A lo lejos, unas figuras aparecen. Se acercan andando hacia las trincheras muy despacio. Únicamente asoman los ojos por detrás de montículos de arena. Los iluminan. «Creo que son civiles. Pero hay que estar seguros. Puede ser una trampa y el Daesh les ha hecho andar con explosivos que se activan a distancia. Amenazan con matar a sus familias si no se suicidan», señala el general Youhan. Poco a poco y con las manos en alto aparece un grupo de gente. Las mujeres lloran, sujetan a los niños y suplican agua. Los hombres, con cara tensa y sin camiseta, dan la mano a los peshmergas que se han adentrado en «zona de nadie». Piden cigarros a sus rescatadores. Se aseguran de que no lleven explosivos adosados al cuerpo. Ya en una garita, interrogan a los nuevos refugiados, que en breve serán distribuidos en campos de refugiados de los alrededores de Dohuk o Erbil. «Es un infierno. Entran en casas y miran por todos los lados buscando algo que esté prohibido. Si ven algo que les gusta o que necesiten se lo llevan. Cafeteras, televisiones, cubertería, todo. A mi vecino lo mataron por defender la bicicleta que le regaló a su hijo», advierte Mustafá. Se seca las lágrimas y mira constantemente por la puerta para que su familia no le vea llorar. «Se ha mantenido fuerte durante todo este tiempo. No es el primer hombre que llora nada más llegar aquí», certifica el capitán Ivan, que ya ha rescatado a varias familias. Al ponerse de pie ya con los ojos secos, Mustafá le pregunta al general si se le nota que ha llorado. Este le responde que no. Fuerza una mueca mientras sale de la garita y monta con los suyos en un coche del Ejército. «No sé a dónde los llevan. Yo solo me encargo de vigilar el frente», explica el general Youhan. Algunos soldados juegan al ajedrez para pasar el rato. Otros, a las cartas. La mayoría simplemente se sientan en círculos dentro de casas que son utilizadas como centros de operación y hablan. Hablan de sus familias, de lo que dicen que ha hecho el Daesh y cómo se debería solucionar este problema en el ámbito político. Unos hacen el turno de día, otros el de la noche, pero las conversaciones son prácticamente las mismas. «Son mafiosos que utilizan el Corán para hacer el mal y lucrarse. No habrá persona más rica ahora en Iraq que Abu Bakhar al Baghdadi (líder del Estado Islámico). Eso no es predicar con el ejemplo. No sé cómo pueden seguirle a un loco como ese. Ni tampoco cómo le pueden justificar», afirma el cabo Saat. Son las cuatro de la madrugada y la radio vuelve a sonar con otro «Allahu Akhbar» más alto de lo habitual. Todos toman posiciones. La oscuridad reinante hace que la situación sea más tensa. Todos vuelven a callar. Todos esperan. Nada, sin señales. La frecuencia interceptada del Daesh no emite señal. «Mucho silencio es malo», avisa Idriss, quien mira con un visor nocturno por detrás de unos sacos terreros. El último ataque que sufrieron del Daesh en esta zona empezó así, con un largo y tenso silencio. Esperaron horas. Atacaron cuando ya pensaban volver a sus puestos y relajarse. Perdieron a dos hombres. La radio vuelve a emitir otro «Allahu Akhbar». Parece ser que ahora sí, habrá ataque. Se oye un avión por encima de nosotros. Unos arbustos se mueven. Apostados en la trinchera, el dedo está a medio apretar el gatillo. Un perro asoma desde esos matorrales, pero nadie se relaja. No se fían de nada ni de nadie, menos del Daesh. Todos esperan. Y nada tras la noche. El sol sale y los soldados que han hecho guardia se acuestan en las pequeñas sombras que propician las rocas y los muretes de la trinchera. Cubiertos de polvo y aún con el arma cargada, duermen. «Así casi todas las noches. Te sonará a locura, pero prefiero atacar. Cuando uno ataca sabe qué esperar y te vas mentalizando. Cuando esperas que te ataquen y no sabes cuándo... ¡te vuelves loco!», relata Idriss mientras prepara un café para sus hombres. Volvemos en un camión cruzando los cinco checkpoints del principio. En el último informan que el Daesh lanzó un ataque suicida unos 40 kilómetros más al sur, pero que fue repelido por los aviones de Obama antes incluso de que estuvieran a tiro de fusil. El soldado recostado sobre la puerta de la garita dice que «no dijeron ni un solo ‘Allahu Akhbar’ por la radio. No te puedes fiar de ellos. No siguen ninguna pauta. Atacan por atacar y no les da miedo morir. ¿Sabes? Ni una señal por radio. ¡Nada !».