06 NOV. 2016 Entrevista Mathias Enard «Oriente es un todo absoluto que hemos venido fabricando los occidentales desde el s. XIX» Jaime Iglesias {{^data.noClicksRemaining}} Para leer este artículo regístrate gratis o suscríbete ¿Ya estás registrado o suscrito? Iniciar sesión REGÍSTRARME PARA LEER {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Se te han agotado los clicks Suscríbete {{/data.noClicksRemaining}} Graduado en el prestigioso Institut National des Langues et Civilisations Orientals (INALCO), Mathias Enard, nacido en Niort (Nueva Aquitania, Estado francés), en 1972, es un orientalista atípico. En primer lugar por sus recelos hacia el propio concepto de orientalismo y las servidumbres que este conlleva. Heredero, como tantos otros investigadores franceses, de las teorías de Edward Said, Enard, sin embargo, no es partidario de contemplar Oriente únicamente como una creación occidental sino como una construcción común. Y esa es precisamente la idea sobre la que ha estructurado “Brújula”, su octava novela, con la que el pasado año consiguió el prestigioso premio Goncourt. Viajero empedernido, sus pasos le han conducido de Oriente Medio a Berlín pasando por París y Catalunya, donde ejerció como profesor de árabe en la Universitat de Barcelona y donde comenzó a dar sus primeros pasos como escritor. Para Enard, viajar es un acto de amor, un pensamiento que subyace en muchas de sus obras y que, desde luego, está en el epicentro de su último libro. En “Brújula”, un musicólogo austriaco rememora su relación con Oriente a partir del mensaje que recibe de una mujer, Sarah, a quien lleva una década sin ver. En mitad de una noche de insomnio, en una Viena donde, parafraseando a Lorca, «hay un hombro donde solloza la muerte y un bosque de palomas disecadas», el protagonista de esta novela se verá impelido a finalizar la travesía que en su día abandonó ante su propia incapacidad para renunciar a una parte importante de sí mismo en el anhelo de llegar a ser otro. Si hay un concepto que puede llegar a definir «Brújula», aunque solo sea por la cantidad de veces que se repite a lo largo de sus páginas, es el de «alteridad» o el deseo de ser otro. Un concepto que usted mismo pone en cuestión, pero ¿no es esa aspiración la que impulsa el trabajo de todo novelista? La escritura es, efectivamente, un modo de entrar en diálogo con ese deseo de ser otro. Los escritores desarrollamos un sentido de la empatía que nos conduce, invariablemente, a la construcción de unos personajes que poseen características de uno mismo, pero sin llegar a ser una proyección exacta de nosotros. Escribir, en definitiva, consiste en explorar esas derivas, esas tensiones que produce la alteridad. ¿Y ese deseo es el que, según usted, ha regido las relaciones entre Oriente y Occidente a lo largo de los siglos? La alteridad está en el centro de nuestras relaciones con Oriente en la medida en que Oriente es un todo absoluto que hemos venido fabricando los occidentales desde el siglo XIX dotándolo de todo aquello que nos resulta ajeno e incomprensible, pero a la vez fascinante. Eso ha provocado que hayan sido muchos los escritores, artistas y viajeros que hayan dirigido sus pasos hasta allí con la esperanza de confrontarse con lo desconocido. Pero la mayor parte de las veces lo que han hecho los llamados orientalistas es perpetuar unos clichés que, más que con la realidad, tienen que ver con su propia percepción de esta. Sin embargo, frente a la teoría de Edward Said de que Oriente es una construcción occidental, usted en «Brújula», a través del personaje de Sarah, propone la idea de construcción común. ¿Por qué? Bueno porque aquellas teorías fueron formuladas por Edward Said hace casi cuatro décadas, ¿no? A Said hay que reconocerle su carácter pionero a la hora de fijar ese presupuesto, pero los investigadores que han recogido su testigo lo han hecho para matizar la tesis que él expuso en “Orientalismo” y explicar que cada territorio, cada cultura, tiene su propio Oriente, por así decirlo. Y eso es lo que defiende el personaje de Sarah cuando habla de Oriente como una «construcción común», asumiendo que, del mismo modo que hay un orientalismo occidental, también existe un orientalismo oriental. ¿Esa idea obligaría a las naciones orientales a asumir su propia responsabilidad en la perpetuación del estereotipo? En cierta medida, sí. Vivimos en un momento donde ya no cabe el victimismo y resulta vital que las relaciones entre países y entre culturas estén regidas por un principio de igualdad. A menudo se habla de relaciones de amor-odio entre Oriente y Occidente. ¿Esa propuesta de construcción común no es en el fondo una reivindicación del amor como fin último de todo viaje? De hecho su novela, pese a sus múltiples derivas, no deja de ser una historia de amor. Sí, algo de eso hay. Para mí el amor, y eso es lo que he pretendido reflejar en “Brújula”, cabe ser asumido atendiendo a una doble dimensión. Primero como un acto de comprensión recíproca entre dos partes, pero también como algo más místico, como un proceso de búsqueda que hay que llevar a cabo de manera incesante para llegar lo más lejos posible en el conocimiento del otro. Me hace gracia que los eruditos europeos que en algún momento se aventuraron hacia Oriente tenían, en el fondo, alma de espía, como usted afirma en un momento del libro. Es que muchos lo eran realmente. En la práctica, bastantes de los arqueólogos, escritores y hombres de ciencia que viajaron a Oriente y fijaron su residencia allí trabajaban para los servicios secretos de sus respectivos países. Pero más allá de eso, me interesaba construir una metáfora del viajero como espía, de aquel que no se molesta en profundizar en las contradicciones del lugar donde está, conformándose con aprehenderlo de un vistazo. ¿Eso sería lo contrario del viaje como acto de amor? Al fin y al cabo, ejercer de «espía» consiste en intentar conocer al otro mediante un personaje interpuesto y sin renunciar a nada. Es que no siempre es fácil culminar esa búsqueda espiritual que supone todo viaje, porque por el camino debes abandonar muchas cosas, renunciar a una parte de ti y eso resulta complicado. ¿Usted siente que llegó a culminar ese viaje en su aproximación a Oriente? ¿Qué puntos de conflicto recuerda en su propia experiencia? Yo viví bastante tiempo entre Siria, Líbano e Irán y uno de los grandes choques que recuerdo haber experimentado es la constatación de los muchos puntos en común que existen entre aquellas sociedades y las nuestras. Muchos de los viajeros que desde Occidente han acudido a aquellos territorios lo han hecho buscando el choque frontal ante lo desconocido. Pero, y hoy en día más que nunca, las diferencias culturales están muy matizadas y ese halo de misterio con el que artificialmente recubrimos nuestras expectativas se diluye enseguida. Quizá porque el peso del legado común es mucho mayor del que pensamos. Sí, en parte por eso, pero fundamentalmente porque tampoco somos tan diferentes. Viviendo allí es cuando te das cuenta de que ese «otro» que, a lo largo de los siglos, han fabricado los orientalistas es un arquetipo que carece de una base real. A la hora de hablar de esas tensiones, usted se detiene particularmente en el concepto de identidad impuesta. Sí, porque es algo bastante problemático y, por desgracia, muy común. Tendemos a atribuir a una persona una identidad basándonos en cuestiones tan banales como su nombre, su procedencia o su apariencia física. Con todo, lo peor no es la construcción del estereotipo sino el hecho de que este conlleva una exigencia de posicionarse, de comportarse de acuerdo a él. Por ejemplo, si conocemos a alguien llamado Mohamed ya inferimos que esa persona es musulmana, y al hacerlo le conferimos toda una serie de características que en nuestro imaginario están asociadas a una cierta idiosincrasia, obligándole además a ajustar sus acciones a la misma. ¿Qué papel cree que juegan los nuevos procesos de comunicación en la conformación de esas identidades impuestas? Pues precisamente el de abundar en la superficialidad a la hora de construir los clichés que sustentan el estereotipo. Vivimos en la era de la celeridad, la comunicación es instantánea y cualquier mensaje debe tener no más de 140 caracteres para ser leído. La respuesta que se nos exige es más emocional que racional, un «me gusta», un «no me gusta» o un breve comentario insípido son todas las reacciones que se nos permiten. Tengo claro que si me dedico a la literatura es para trascender todo eso, para abrir espacios de reflexión desde los que combatir la insignificancia del lugar común. Pero como usted ha apuntado antes, en el fondo no somos tan diferentes y esa imposición de identidades se da en ambas direcciones, generando una retroalimentación en la construcción de estereotipos. De hecho, hay un momento de la novela en la que cuestiona la estética de los miembros del ISIS y sus acciones bajo el influjo de lo occidental. Vivir en una sociedad global es lo que tiene. Por una parte, las diferencias culturales se diluyen y, por otra, la construcción de identidades se nutre de paradojas. El influjo del estilo de vida occidental entre los miembros del Estado Islámico es evidente desde el momento en que son uno de los colectivos que mejor se ha servido de la tecnología y de los nuevos procesos de comunicación para lograr sus fines, reclutando a gente a miles de kilómetros de distancia gracias a las redes sociales. Por eso es tan difícil combatirles, porque están en todas partes y, a la vez, en ninguna. Es un grupo armado absolutamente posmoderno en su estructura organizativa, pero eso entra en contradicción con su ideal teórico de vivir como en los tiempos del Profeta. ¿Pero esa imagen que proyectan obedece a una construcción propia o también se alimenta de los estereotipos que, desde Occidente, hemos difundido sobre la cultura islámica? Ellos tienen una idea muy ajustada de sí mismos y, sobre esa base, son perfectamente conscientes de la imagen que pretenden ofrecer al mundo. Lo que ocurre es que en ese proceso de construcción de la propia identidad tiendes, inevitablemente, a acabar pareciéndote a como se te representa desde fuera, a ajustar tu pauta de conducta a lo que el «otro» espera de ti. ¿La imagen que actualmente prevalece en Occidente sobre el mundo islámico se fundamenta en unos rasgos reconocibles o cree que está distorsionada? Es que el Oriente que yo conocí en primera persona se ha visto profundamente transformado en los últimos quince años. El 11S, la Guerra de Irak, las primaveras árabes y ahora el conflicto sirio han supuesto un cambio de paradigma en las relaciones entre Oriente y Occidente. La violencia lo desfigura todo y no permite ver la diversidad y la riqueza que hay en aquellas sociedades. Porque lo cierto es que existe una pluralidad enorme de puntos de vista en lo referente no solo a la religión o a la organización social, sino también a la propia percepción que se tiene sobre Occidente y «lo occidental». Pero aquí los efectos de la violencia nos ciegan al punto de creer que todo allí es terror. ¿Ese terror es también una construcción de Occidente? A ver, la violencia está ahí y no se puede negar, pero lo que es una construcción occidental es el terrorismo como fenómeno asociado al mundo islámico. El 99% de referencias que aparecen en los medios de comunicación europeos sobre los países de Oriente Medio y del Magreb hacen referencia a la violencia. Sobre esa base es muy fácil la fabricación de estereotipos que impidan analizar esas sociedades en su conjunto. En «Brújula» también comenta que, hoy por hoy, Europa se ha convertido en el peor enemigo de sí mismo. Europa está en un momento crítico en tanto que el proyecto político sobre el que sustentó el modelo de construcción europeo ha tocado a su fin. Pero, en lugar de repensar la propuesta política, lo que hay ahora es un auge del nacionalismo más reaccionario, aquel que proclama que si Europa se halla en una situación de debilidad es precisamente por haberse abierto al «otro». Para todos los partidos adscritos a ese dogma de pensamiento, que tanto parecen proliferar en los distintos Estados, la solución a los problemas que acechan al continente pasa por cerrarnos más aún sobre nosotros mismos, lo que equivale a no entender nada del mundo en el que vivimos. En ese discurso se adivina un aspecto sobre el que usted también profundiza en la novela, como es el de la demonización del cosmopolitismo. Sí, es cierto. Para muchos de estos políticos de ultraderecha el cosmopolitismo es la enfermedad que ha terminado por conducir a Europa a un punto de no retorno. Lo cual, amén de ser algo absurdo, es contradictorio con ese liberalismo económico que propugnan y que nos permite, por ejemplo, comprar lavadoras fabricadas en China por una empresa británica con piezas alemanas. ¿Pero ese agitar el «miedo al otro» con fines puramente políticos no se está dando cada vez más también en Oriente? Sí, también. De hecho el islamismo político lo que defiende es justamente eso: vivir de acuerdo a unos valores que son aquellos que propugnaba el Profeta, retornar a aquella arcadia de pureza no contaminada de «occidentalismo», lo cual no deja de ser una ilusión que te lleva a la construcción de una falsa identidad. Pero con ser esto algo contradictorio también lo es la respuesta de Europa ante el carácter emergente de esos partidos islamistas, a los que hostiga con todas sus fuerzas pese a haberse proclamado vencedores en unos comicios impulsados por Occidente. A todos nos gusta mucho la democracia excepto cuando ganan nuestros enemigos. ¿Y qué esperanza nos queda para reconstruir puentes? ¿Acaso la cultura? La cultura es fundamental en sus distintas manifestaciones. La literatura, por ejemplo, contribuye a devolver al mundo su complejidad potenciando otros tiempos en el acceso a los contenidos que van más allá de la imagen rápida y del titular escueto. La palabra es muy importante, pero no solo la palabra escrita, también el debate público, el intercambio de ideas más allá de lo que dictan las redes sociales, que me parecen un arma peligrosísima contra el pensamiento cuyo alcance aún no hemos calibrado bien. ¿Esa reivindicación de la cultura fue lo que le llevó a elegir a un musicólogo como protagonista de la novela? ¿La música es el espacio de encuentro histórico entre Oriente y Occidente? La música como elemento para tender puentes tiene un componente contradictorio que, en sí mismo, resulta maravilloso. Pocas artes hay más enraizadas en la tradición que la música. Cada instrumento, cada partitura, cada melodía existente está fuertemente vinculada a un lugar, a un emplazamiento físico, pero, a la vez, constituye una suerte de lenguaje universal. La música posibilita una comunicación transnacional basada en los principios de igualdad y reciprocidad donde apenas hay espacio para las relaciones de dominación y sometimiento. En su fallo, el jurado del premio Goncourt destacó precisamente el valor de «Brújula» a la hora de desmontar aquellos clichés que, sobre Oriente, se mantienen en el imaginario occidental ¿Cómo encajó la concesión del galardón? El Goncourt es una marca muy potente. Más allá de su dotación económica, que es únicamente de 10 euros, lo que cuenta es que te pone en el escaparate. De repente te empiezan a entrevistar para programas o medios que rara vez prestan atención a las novedades literarias y todo el mundo habla de tu obra. En el caso concreto de “Brújula”, yo creo que la novela se ha visto favorecida, además, por abordar ciertos temas que están ahora mismo en el centro del debate público, como todo lo referente a nuestras relaciones con Oriente y al conocimiento del «otro». «Vivimos en un momento en el que ya no cabe el victimismo y resulta vital que las relaciones entre países y entre culturas estén regidas por un principio de igualdad» «La palabra es muy importante, pero no solo la palabra escrita, también el debate público, el intercambio de ideas más allá de lo que dictan las redes sociales»