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PSICOLOGÍA

Bien por ti, bien por mí

(Getty)

Si tienes un mal día, haz algo por alguien. Muchos estudios en psicología social demuestran cómo la amabilidad y la generosidad mejoran la salud física y mental. Ser amables no es solo una cuestión de educación o civismo, nuestra naturaleza gregaria nos predispone al encuentro, a la acción prosocial, mucho más habitual que el conflicto, a pesar del bombardeo de noticias y los sensacionalismos.

Tanto los actos pequeños, tales como abrirle la puerta a alguien; como los favores más grandes, tales como ayudar a un amigo a pintar su casa, o dejarle dinero a quien lo necesita, pueden tener un impacto palpable. Cuando todo lo demás no nos va bien, poder hacer que algo vaya mejor para otros, cuanto menos, nos alivia. Aumenta el bienestar general, la confianza propia, e incluso la sensación de que la vida tiene sentido, en el momento en el que vemos nuestro impacto en el otro, y algo relacionado con el cuidado, con el altruismo, se enciende. De alguna manera ancestral, el bienestar del grupo se percibe como trascendente para el bienestar propio.

La generosidad estrecha el contacto con la otra persona, que a su vez siente la gratitud y la expresa, con una recompensa emocional que va y viene, aumentando el vínculo, y por tanto, la percepción de protección y pertenencia grupal.

Estudios en varias revistas como “Journal of Social Psychology”, “Current directionsi Psychological Science” o “Health Psychology”, señalan también no solo los beneficios psicológicos sino también los físicos, como indicábamos más arriba. Incluso uno de ellos habla de que, en su estudio, las personas que llevan a cabo actos de generosidad, como ayudar, compartir o cuidar de otros, muestran una mejora en la expresión genética asociada con un perfil inmunitario más sano (en “Psychoneuroendocrinology”, 2017), que puede ayudarnos a superar los momentos difíciles con salud.

Evidentemente necesitamos que los demás tomen la iniciativa cuando atravesamos momentos difíciles. Cuando nos quedamos solos con lo que nos duele, cuando nos aislamos y centramos nuestros esfuerzos en nosotros mismos, en nosotras mismas, el dolor se convierte con facilidad en obsesión. Una obsesión que actúa en nuestra cabeza como una caja de resonancia para este, haciéndolo aumentar, expandirse o ser más insidioso. Si por un momento centramos nuestra energía no solo en los demás, sino en su bienestar, algo de esa obsesión se dispersa, se transmuta y nos distrae, pero también nos da sentido más allá de nuestro dolor o nuestros problemas, quizá conectándonos con un aspecto íntimo de nuestra humanidad, más allá de las circunstancias. Un lugar de salud y bienestar en el que tenemos valor para los demás, y quizá eso refleje algo similar para nosotros mismos, para nosotras mismas.