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PANORAMIKA

Origen

«Muskoko», la instalación de Leyre Arraiza que se puede ver en el antiguo horno de la Ciudadela de Iruñea hasta finales de junio. (Jagoba Manterola | FOKU)

El horno de la ciudadela de Iruñea inauguró a principios de este mes una nueva exposición a cargo de la artista Leyre Arraiza (Izaba, 1997). La jóven creadora protagoniza una muestra marcada indudablemente por la arquitectura espacial del lugar donde sucede. El antiguo horno, utilizado para asar y cocer alimentos, fue construido a finales del siglo XVI y es una de las estancias más antiguas de la Ciudadela de la capital navarra. Un lugar de diez metros de diámetro, construido en piedra y ladrillo con un suelo adoquinado, es el punto de partida para esta nueva propuesta plástica. Un espacio de estas características es un valor añadido a cualquier pieza, pues es todo lo contrario a la blanquitud neutra del museo contemporáneo típico. La estructura propone de antemano una atmósfera con la que la artista debe contar, puede que como un ingrediente más o con estrategias formales que le ayuden a integrar ambos campos, obra y escenario, en un equilibrio certero.

En este contexto, Arraiza presenta una instalación marcada por la materialidad de sus componentes y la circunferencia como leitmotiv. La entrada a la sala nos sitúa ante una visión conformada por diferentes láminas de madera apoyadas sobre la pared circular y que presentan varias composiciones jugando con vacíos circulares. Esta primera sensación de diálogo se cierra con dos estructuras de mayor consistencia espacial. Tablas de la misma madera forman parte de otros cuerpos que, esta vez sí, abrazan sin remilgos la tridimensionalidad, mostrando capas de perspectiva, volúmenes y esquinas. En una lectura más detallada, encontramos unas formas disruptivas dentro de este equilibrio lignario. Sobre el suelo, unos elementos circulares realizados en un material semejante a la escayola o al yeso comprimen telas con imágenes dobladas y ramilletes de flores silvestres. Los ingredientes más narrativos de la instalación aparecen ocultos, como escondidos, relegando la cuestión de los significados a un lugar mucho menos prioritario.

La instalación, que podrá visitarse hasta junio del presente año, ha sido bautizada como “Muskoko”. Este concepto responde a un pequeño adorno situado en el centro de las mantillas del traje de roncalesa, que servía como referencia para su correcta utilización ante la ausencia de espejos. Una forma que ordena, que organiza y que estructura. Una pequeña bolita como regidora de una postura, de un cuerpo que porta una vestimenta a la que Arraiza vuelve como resultado de una relación con sus propios orígenes. La escultura irrumpe aquí como una propuesta sensorial. Una resignificación del lugar para arrastrarnos a una búsqueda simbólica. Una cuestión que se asienta sobre el desempeño formal para responder a un proceso individual -y puede que íntimo- que se traduce ahora como una invitación abierta y con vocación de ser habitada.