08 FEB. 2015 PSICOLOGÍA La invisibilidad genera locura IGOR FERNÁNDEZ {{^data.noClicksRemaining}} Para leer este artículo regístrate gratis o suscríbete ¿Ya estás registrado o suscrito? Iniciar sesión REGÍSTRARME PARA LEER {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Se te han agotado los clicks Suscríbete {{/data.noClicksRemaining}} A menudo pienso que los temas que escojo para escribir estas líneas tienen habitualmente un trasfondo de problema para ser resuelto, de fragilidad para ser atendida, de prevención a tener en cuenta para el desarrollo individual, o de las relaciones; pero hoy quiero mirar a una realidad que nos rodea en distintas formas y que me pesa en el corazón. Es algo tan simple que cuando uno cae en la cuenta de que un gesto puede tener tanto poder sobre otras personas, se estremece. Me refiero a la mirada. La misma mirada que recorre estas líneas ahora mismo, para leerlas donde quiera que estéis o para escribirlas en mi caso. Os propongo un experimento. Si hay otra persona a vuestro alrededor, en especial si es desconocida, miradla por un instante, y si sois suficientemente osados, osadas, probad a mirarla hasta que os mire. Ha habido alguna conexión, ¿verdad? Y cada uno la gestionamos de una forma: habrá quien haya apartado la mirada rápidamente, quien haya sentido curiosidad, quien se haya sentido amenazado, amenazada, y quien ni siquiera se haya atrevido a probar. Porque la mirada lleva consigo el contacto, y el contacto nos implica, querámoslo o no. El contacto, una vez establecido, es tan poderoso que es capaz de vincularnos, aunque solo sea un segundo. Y entonces cambia radicalmente la visión del otro. Pasa de ser un elemento móvil de una ciudad, que se cruza con nosotros como un tranvía, a adquirir de nuevo estatus de igual. Esto sucede cuando miramos de verdad; lo cual, por otro lado, a veces no nos interesa. Así que, si apartamos la mirada, miramos a través de alguien, o simplemente lo evitamos, interrumpimos o negamos el contacto y, por tanto, nuestra implicación con ello. Tanto es así que aquello en lo que no posamos la mirada, que es la unión de la vista y la conciencia, simplemente empieza a desaparecer ante nosotros. Esto sucede con la sutileza de los colores, las formas que crea el agua en un río, la belleza de un paisaje visto muchas veces o los detalles de una planta que regamos todos los días y crece en nuestra maceta. Todo ello desaparece ante nuestra vista por el mero hecho de no mirarlo. Es una pérdida estética, individual, que nos limita, pero eso es otra historia, porque esto adquiere otra dimensión cuando lo mismo sucede con las personas. Pensemos por un momento en a quiénes negamos nuestra mirada en la vida cotidiana. Uno puede pensar: «bueno, a los desconocidos, a cualquiera que mire con malas intenciones, o simplemente a los miles de viandantes en general». Pero si afinamos y somos honestos, honestas, seguramente hay ciertos grupos de personas a las que evitamos mirar más a menudo. Personas sin hogar que nos miran pasar tumbados en el suelo, ancianos que pasan horas en el mismo banco y se extienden en explicaciones divergentes ante nuestra pregunta, inmigrantes que van hablando solos por la calle y solo se interrumpen para ofrecerte un pañuelo o una película. Y la consecuencia directa cuando no miramos a según qué personas es que desaparecen pero también empiezan a desaparecer para sí mismos. Al faltar la mirada del otro, su contacto, su implicación de forma sistemática, cuando alguien se vuelve invisible pierde el estímulo que le permite reconocer su propio yo, y en el momento en que se ha comprobado suficientemente que nadie en el exterior contacta, la única vía es llevar el hambre hacia adentro. No voy a ser osado pero me pregunto detrás de cuántas enfermedades mentales está la ausencia sistemática de contacto. Sabemos que el mero intercambio es tan esencial como la comida o el agua para la mente. Quizá con solo mirar hoy aquí, ese mirar, todos, todas, podamos prevenir más sufrimiento del que creemos. No hay mayor desprecio que no hacer aprecio.