13/06/2018

Crónica íntima de una ciudad ocupada
Koldo LANDALUZE
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En aquellos días en los que París ya no era una fiesta y en el que los alemanes iban de gris e Ilsa Lund llevaba un vestido azul, Marguerite Duras plasmó en su diario sus impresiones en torno a un paisaje dominado por la ocupación militar y por quienes desde la trastienda perseveraban en resistir o, por el contrario, plegarse a los invasores a pesar de que ello les marcara como colaboracionistas.

Entre líneas, la escritora también hacía un hueco al anhelado regreso de su marido Robert Antelme, deportado por la Gestapo. Con el paso del tiempo, aquel diario se transformó en una novela que Duras tituló “El dolor” y que sirve de inspiración y respaldo dramático a esta interesante adaptación fílmica dirigida por Emmanuel Finkiel. A través de un tono pausado pero intenso, Finkiel recrea con gran acierto visual aquel París ocupado por el Tercer Reich y, sobre todo, consigue transmitir las dudas, el miedo y la catarsis social que se instaló en la ciudad.

Víctimas y verdugos comparten  un espacio urbano que otrora fue dominado por la luz y que el miedo ha reconvertido en paisaje fantasmal. De esta forma, la ciudad adquiere una relevancia muy especial a la hora de subrayar las emociones que se dan cita en este drama en el que impera el gobierno de la palabra que primero fue escrita sobre papel y que ahora adquiere una nueva dimensión a través de una muy oportuna utilización de la voz en off. Además de la buena utilización de este recurso, el filme incluye entre sus logros principales haber sabido componer un espacio acaparado por la tensión y la angustia. otro elemento muy a tener presente es la excelente interpretación que realiza Mélanie Thierry en su composición de Marguerite Duras, la cual revela a través de su hipnótica mirada los diferentes cambios que padece su estado emocional. “Marguerite Duras. París 1944” es, sobre todo, una película que tras su aparente fachada academicista, se descubre experimental y valiente.