16/09/2018

 Iratxe FRESNEDA
Docente e investigadora audiovisual
Perros y disidentes

Sentada en un banco, mientras observo a un perro escarbar la tierra, he visto caer las primeras hojas ocres. Es una señal de que el otoño está cerca y de que se acercan lo días cortos, las largas jornadas de trabajo y las carreras hacia la escuela. Una carrera que parece ser un bucle y que me hace envidiar al perro escarbando la tierra como si se tratara algún tipo de estado ideal inalcanzable. Supongo que él también tendrá sus rutinas, que a él también le impondrán límites y que le castigarán cuando es rebelde.

Ser rebelde o expresar la disidencia no es algo que se lleve bien en este pequeño país, mucho menos en el vecino. Esto que venimos llamando democracia, está aún lejos de parecerse a lo mejor de ese concepto, está lejos de aceptar que el debate es indispensable. Es curioso, pero el sector de la cultura (entiéndase, el “poderoso”), como me comentaba un amigo, es uno de los que peor gestiona y acepta las críticas, las opiniones disidentes, las propuestas alternativas.

No sé si está en lo cierto, pero llevo una temporada comprobando cómo el no alinearse al 100 % conlleva penalizaciones. Del mismo modo, observo que el miedo a esas penalizaciones hace que personas con propuestas interesantes acaben fagocitadas por la necesidad de ser aceptadas. La disidencia, los perros escarbando, las hojas que caen, son algunas de las constantes de cada ciclo. Un año más, un año menos.