12/10/2018

El loco de las islas
Mikel INSAUSTI
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No quiero ponerme tremendista, pero ya va siendo hora de decir que este tipo de rutinarios biopics sobre grandes artistas de otras épocas dañan la cultura en lugar de fomentarla. Para empezar no entiendo la razón por la que tales películas tienen que ser tan aburridas, tan frías y desapasionadas, como salidas del museo del tiempo. Carecen de vitalidad, de pulso, de amor por la pintura y sus verdaderas motivaciones. En definitiva “Gauguin: Voyage de Tahiti” (2017) se presenta como el ejemplo de lo que es y no debería ser, sacrificando una vez más el trabajo de un gran actor, como si Vincent Cassel fuera el único que se está jugando su prestigio delante de la cámara. Su generosa y volcada interpretación no puede salvar por sí sola la película, que se acaba con la atmosférica banda sonora compuesta por Warren Ellis, que únicamente ha necesitado la colaboración de su socio Nick Cave en algún pasaje puntual.

Todo lo demás me sobra, empezando por la apagada fotografía que rehúye el colorido y exotismo de los cuadros que Gauguin pintó en la Polinesia. El ambiente isleño es tan oscuro como el del decadente París bohemio que aparece al principio del metraje, sin que se note realmente diferencia de luz entre las localizaciones de la civilización y las de las colonias. Definitivamente, el mundo entero debía de ser muy gris a finales del siglo XIX, pese a los esfuerzos pictóricos en otra dirección.

Vayamos con el tratamiento histórico del personaje, que es lo que realmente interesa. Aparece retratado a modo de ser muy contradictorio, alguien que se proclama libre a los cuatro vientos, pero cuyo comportamiento, sobre todo con las mujeres, es el de un ser egocéntrico y misógino. Mantiene relaciones abiertas con una nativa menor de edad, pero coge la escopeta al verle yacer con otro joven de la isla, y termina por encerrarla bajo llave cual modelo de su exclusiva propiedad.


 

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