04/12/2018

Josu MONTERO
Escritor y crítico
Paca

Sé que una vez, cuando era niña, / el mundo fue una tumba, un enorme agujero, / un socavón que se tragó a la vida”. A los 12 años, la poeta Francisca Aguirre se hizo trágicamente adulta. Corría 1942 cuando su padre, el pintor Lorenzo Aguirre, fue ajusticiado por el triunfante régimen con garrote vil. Acababan de regresar del exilio francés, en cuyos campos a punto estuvieron de morir de hambre. “Dijo que no. Y el tiempo se quedó sin tiempo”. Paca Aguirre había nacido en Alicante en 1930, pero al regresar –ella tenía 10 años– se habían instalado en el barrio madrileño de Chamberí, la misma casa en la que ella sigue hoy viviendo; la casa en la que convivió con su marido, el también poeta Félix Grande, desde 1963 hasta la muerte de este en 2014; una casa conocida como “la embajada” por los muchos exiliados hispanoamericanos que pasaron por ella. Paca trabajó durante muchos años en el Instituto de Cultura Hispánica. Tuvo que trabajar desde los 15 años y halló refugio en la lectura, del milagro de ese hallazgo escribió más tarde: “Y lo tuvimos todo para siempre. / Y ya nadie podrá quitárnoslo”. Publicó su primer libro, “Ítaca”, en 1972, con 42 años, y en él quiso adoptar la perspectiva de Penélope y dar voz a las mudas mujeres de la posguerra. Dedicó a su padre el libro “Los trescientos escalones”: “La luz mediterránea que había en sus pinceles / y una niña que espera en un muelle lejano / y una mujer que sabe que los muertos no mueren”. Ha dicho que escribe para no andar a gritos y no volverse loca; y, sobre todo, porque el mundo es injusto pero el lenguaje es inocente. “Cuando respiro sé que se inventa el mundo. / Somos solo el latido vibrante de la música aérea”.