21/07/2019

Reportaje
 
LA VUELTA A UN HOGAR EXTRAñO

Miles de desplazados tras los enfrentamientos de 2016 entre el Ejército turco y una milicia afín al PKK reciben estos días las llaves de sus nuevos apartamentos. Hay más incertidumbre que reparación.

Dünya BASOL
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Desde un cafetín al sur de Nusaybin, Alí Kaya, desempleado, padre de dos hijos y en espera de un tercero, saca una foto de su antiguo barrio de su cartera. Realmente cuesta creer que nos encontremos en el mismo lugar: de ese enjambre de humildes casitas se pasó a una imagen lunar, y de ahí a las hileras de bloques de seis pisos que se levantan ante nuestros ojos. Los Kaya son una familia más de entre los 60.000 desplazados de la ciudad kurda de Nusaybin tras los enfrentamientos de 2016 entre el Ejército turco y una milicia urbana afín al PKK. Un tercio de la localidad quedó destruido, incluyendo el hogar de los Kaya. Mientras esperan su reubicación, viven en casa de un primo en Diyarbakir.

«Antes éramos dueños de una casa propia, una antigua pero tradicional. Teníamos nuestro propio jardín, donde jugaban los niños y pasábamos el día. Ahora se espera que vivamos en estos bloques de hormigón y no sé si me podré acostumbrar», dice Alí Kaya entre sorbos de té negro. Las cicatrices de este bastión kurdo en el sudeste de Anatolia se remontan hasta el trazado mismo de las fronteras en esta parte del mundo hace ya más de un siglo. La ciudad se empotra contra el muro fronterizo que la separa de Qamishlo, al otro lado de la valla. La mayoría tiene parientes en la principal ciudad kurdosiria, pero una compleja red de muros y alambradas divide a ambas a día de hoy.

«Es casi imposible vernos. Todo lo que podemos hacer es llamar a nuestros familiares por teléfono», continúa Kaya, sentado literalmente a 20 metros de la línea fronteriza. Kasim, propietario del local, se ofrece a llevarnos a los edificios recién construidos por el Gobierno. Este kurdo de 35 años dice estar cansado de la política; hará «todo lo posible» para que sus tres hijos se mantengan alejados de ella. Su prioridad hoy es mudarse a su nueva casa TOKI. Ese es el acrónimo turco de Administración para Desarrollo de la Vivienda Pública, una entidad gubernamental. Las suyas son construcciones conocidas por ser de bajo costo, pero a la vez de edificios de calidad media.

 Cada propietario recibirá las llaves de su nueva casa en las enormes áreas de reconstrucción en los próximos días, pero todavía se desconoce la fecha exacta. Según datos del TOKI, los ciudadanos afectados recibieron 36 meses de ayuda para pagar un alquiler, aquí o en cualquier otra localidad afectada por los combates, hasta que las nuevas viviendas estén construidas. Además de la ayuda de alquiler, el TOKI contempla otras proporcionadas por el Estado, como muebles gratuitos y 5.000 liras turcas (aproximadamente 800 euros) a cada familia. Hubo mucha confusión entonces al pensar los afectados que aquella exigua cantidad sería el total de la compensación, y no una ayuda de emergencia.

Ladrones de luz y agua

«Muchas personas acudieron a los servicios estatales por primera vez en su vida tras todo aquello», recuerda un funcionario del TOKI que prefiere no dar su nombre, desde la dependencias de la entidad en el centro de la ciudad. «De entre los 6.000 edificios destruidos durante los enfrentamientos, solo dos de ellos habían sido construidos legalmente, con los permisos de las instituciones estatales. Casi ninguna de aquellas familias pagaba las facturas de electricidad y agua, pero con los nuevos apartamentos se espera que todos paguen», continúa el oficial, quien aprovecha para denunciar supuestas agresiones sufridas por trabajadores de la compañía eléctrica estatal por parte de residentes. Fuentes de dicho organismo trasladaron a GARA que el 50% de Nusaybin está pagando menos de 2,5 euros mensuales por la electricidad, lo que sitúa a la ciudad entre una de las de tasas más altas de uso ilegal del suministro. El problema era, sobre todo, para los inquilinos «piratas» ya que, para conseguir la ayuda de alquiler del Gobierno, resultaba imprescindible presentar una factura de electricidad, agua o cualquier tipo de documento que demostrara que la casa dañada pertenecía al solicitante. Muchos no lo hicieron, lo que complica aún más las cosas.

A pesar de ello, desde TOKI aseguran que todo el mundo recibirá su vivienda.

«Incluso los parientes cercanos de los miembros del PKK tendrán sus apartamentos nuevos, y las familias más pobladas obtendrán un tipo más grande de casas TOKI», esgrime el funcionario, antes de volver a la carga: «¡La gente en Maras (a 400 km al oeste) nos pregunta ahora si han de levantarse en armas contra el Gobierno para conseguir apartamentos de lujo!».

Los distritos TOKI están casi terminados, con sus parques para los niños, canchas de baloncesto, escuelas y mezquitas. Sin embargo, son legión los que se quedarían con su antigua casa. Yüksel también perdió la suya. Echa la culpa de ello tanto al Gobierno como al PKK . «¿Por qué trajeron la guerra a las calles? ¿Qué esperaban sacar de eso?», se pregunta este kurdo, que también vive con su esposa, sus hijos y sus padres en casa de un pariente de Diyarbakir hasta que obtenga la llave de la nueva vivienda. Como muchos antiguos vecinos, duda de que llegue a acostumbrarse «a vivir en una colmena».

Vahap, un pastelero local, no está de acuerdo con la crítica de las instituciones a la gente de Nusaybin sobre el uso ilegal de electricidad y servicios de agua. «No hay otra opción: la gente es pobre y lucha por sobrevivir en una situación muy difícil», asegura el comerciante. «Yo pagaría orgulloso por dichos servicios en una ciudad desarrollada en la que las cosas funcionen», apunta.

Ahmet, un recién licenciado en Matemáticas que trabaja como camarero en una pequeña casa de té es uno de los que espera mudarse pronto, aunque tampoco las tiene todas consigo: «Hay muchos rumores de que los apartamentos se ven bien, pero que el Gobierno está usando la calidad más baja. Dicen que muchos balcones se cayeron en las primeras lluvias de abril».

El joven insiste en acompañarnos al barrio aún sin inaugurar. Tras romper el hielo, trabajadores del lugar nos invitan a subir al edificio aún en construcción. Desde la sexta planta se puede ver Qamishlo como si se tratara de un distrito más de Nusaybin. Mansur, uno de los albañiles, también perdió su vivienda en los enfrentamientos y ocupará una de las que él mismo está ayudando a levantar. Preguntado por los materiales, este kurdo de 30 años asegura que son «realmente buenos». Hubo problemas en algunos edificios, pero todo se solventó «rápidamente», añade.

Ahmet se alegra de poder conocer los apartamentos de primera mano. Espera recibir las llaves del suyo pronto, aunque admite que no le resultará fácil acostumbrarse a ese «estilo de vida». Recuerda que el Gobierno ofreció cuatro hectáreas de tierra cultivable cerca de Nusaybin gratis a aquellos que no quisieran vivir en estos apartamentos. Como la mayoría, su familia también rechazó la oferta aunque, afirma, no fue una decisión fácil. Ante una crisis económica tan grande como la turca cuesta saber qué es mejor: si aceptar el apartamento o quedarse con la tierra, y vender esta última a un buen precio.

Trauma

Además de la destrucción causada por la ofensiva de 2016, también hubo consecuencias políticas. Se «purgó» a reconocidos agentes sociales de la ciudad y se envió a prisión al entonces alcalde electo de Nusaybin, del prokurdo HDP, para ser reemplazado por un administrador designado por el AKP (el partido en el Gobierno). Desde las oficinas del Ayuntamiento, los coalcaldes del HDP, Ferhat Kut y Semire Nergiz, elegidos el pasado 31 de marzo, explican que una de las primeras actuaciones del nuevo Consistorio fue reemplazar las ventanas por cristales antibalas. «¿Puede trabajar un edil para gente a la que teme?», se pregunta Nergiz, mientras Kut atiende a un grupo de familias que se han acercado hasta el Ayuntamiento con nuevas peticiones. Ambos coalcaldes de Nusaybin dicen no oponerse a estos nuevos edificios, pero subrayan que tendrán en cuenta «todas y cada una» de las denuncias sobre la calidad de los materiales utilizados en las construcciones.

«Los edificios dañados y los distritos arrasados sustituidos por nuevos y enormes complejos de apartamentos son solo una cara de la moneda. El problema más grave es el trauma que muchos aquí, especialmente los niños, sufren desde la ofensiva. Muchos quedaron atrapados en medio de los enfrentamientos y una de sus principales prioridades hoy debería ser lidiar con este trauma psicológico masivo», asegura Nergiz. En setiembre de 2016, un alto oficial del Ministerio de Asuntos Sociales y Familiares informó públicamente de que se había enviado a un equipo de treinta y cuatro sicólogos a Nusaybin, los cuales habrían atendido a un total de 13.000 residentes. Varios de entre los desplazados consultados por GARA coinciden en que la iniciativa no funcionó. «Se comportaron como burócratas que no entendían ni la sociedad, ni la cultura local y ni siquiera hablaban kurdo. Se fueron al poco de llegar», recuerda uno de los afectados. La supuesta dejación gubernamental en este aspecto la corroboró un informe del International Crisis Group publicado en marzo de 2017. «Urge una asistencia psicológica adecuada para identificar las causas y las consecuencias del conflicto en su totalidad», concluía la ONG con sede en Bruselas.

De momento, la mayor parte de los 6.000 apartamentos construidos para los afectados están ya listos. Desde TOKI aseguran que los futuros inquilinos han recibido información sobre cómo vivir en un complejo de apartamentos y cuáles son los derechos y las obligaciones; cómo tratar con la Administración del lugar; cómo elegir a los presidentes de la comunidad; cuáles las tareas de los conserjes, las horas de trabajo de los jardineros…

«Nos espera una vida nueva y desconocida», suelta Ali Kaya, sosteniendo la foto de su antiguo barrio mientras pierde su mirada en dirección a la que será su nueva casa. «Será la voluntad de Dios», zanja.