12/11/2019

De la mercadotecnia y las tartas de colores

Será esto de la sociedad líquida o que una cuadrilla de insustanciales (ganorabakos, como definición técnica más precisa) intentan marcar el rumbo de la llamada opinión pública, pero en los últimos tiempos la mercadotecnia ha sustituido a la ideología como vector de las decisiones políticas. Sus efectos son claros: hay partidos que caminan inexorablemente al desastre y arrastran consigo a la ciudadanía sobre la que ejercen su influencia. Pero no piensen solo en los consultores, porque luego están los que llenan los medios de comunicación con sumas de churras y merinas para convencer de que lo de formar gobierno no es más que una cuestión matemática cuyo único objetivo es pasar de los 176 escaños o, en segunda vuelta, tener más diputados y diputadas que la oposición.

Tras las elecciones del 28 de abril, la ideología y el sentido común clamaban por la búsqueda sincera de algún tipo de acuerdo entre el PSOE y Unidas Podemos que permitiría, con las ayudas ya prometidas, la conformación de un gobierno al que podría colocarse la etiqueta de progresista, a la espera de que los hechos confirmaran los dichos. Pero, en cambio, Pedro Sánchez y su círculo más cercano decidieron hacer caso a un prestidigitador que miró a su bola de cristal, sacó unos cuantos cuadros excel y elaboró unos dossier con la verdad absoluta. Allí no había más que números y cuentas de resultados. Faltaba el sentimiento político. Quizá no sea extraño que si contratas a un asesor del PP acabes así. Actuar en base a la ideología no garantiza ningún éxito –no pocas veces esas apuestas han acabado en golpes morrocotudos– pero son fracasos dignos. Hacer el ridículo creyéndose más listo que nadie...

Luego están los que normalizan lo anormal, con esas tartas de colores que pretenden que cualquier suma de gobierno es válida, aunque no pase la prueba del nueve de la lógica política. He leído plantear la suma de PSOE y Vox.