Fernando Alonso Abad
Presos vascos en el patio de Puerto, en 1983. (Javier Gallego-EGIN)
Presos vascos en el patio de Puerto, en 1983. (Javier Gallego-EGIN)

Solo queda la sombra fondeada a Puerto

Si hay algún nombre de prisión española que desde hace casi un siglo ha sonado como el eco más opaco y cruel de la represión carcelaria éste es, sin lugar a dudas, el de Puerto de Santa María.

Desde los tiempos del antiguo penal, construido a finales del siglo XIX sobre los cimientos del viejo Monasterio de la Victoria, hasta el actual «complejo penitenciario» de Puerto I, Puerto II y Puerto III, el mayor montaje carcelario de Europa, el nombre de esa localidad de la provincia española de Cádiz ha ido ligado, sin duda alguna, al de su prisión. La cárcel de Puerto de Santa María forma parte de la leyenda negra de los presos sociales y es referencia represiva para los prisioneros políticos desde el final de la Guerra Civil española, cuando llegó a haber recluidos en el antiguo penal cerca de 6.000 luchadores antifranquistas, muchos de ellos vascos y alguno de los cuales no regresó de allá.

Durante los años 50 del pasado siglo, entre los muros del convento convertido en penal convivían junto a presos comunes numerosos militantes políticos, que facilitaron el surgimiento de una cierta conciencia social entre los reclusos. Eso abrió camino, en la siguiente década, a las primeras luchas y motines por la mejora de las condiciones de vida en el interior de las cárceles españolas.

Cuando Franco se apaga en su cama son casi veinte los prisioneros políticos vascos que permanecían recluidos en el penal gaditano, a más de mil kilómetros de Euskal Herria; entre ellos, Garratz Zabarte. Los indultos de la segunda mitad de los años 70 vaciaron de represaliados vascos aquella vetusta cárcel. Sin embargo, la continuidad represiva del Estado contra el independentismo hizo que el nombre de Puerto de Santa María permaneciera como un referente ineludible en el marco de la estrategia penitenciaria española contra los prisioneros políticos vascos.

Trato cruel, deshumanización, tensión permanente, acoso, régimen militarizado son algunas de las características de Puerto que se han mantenido como una constante a lo largo del tiempo. «Ojo, ya lo sabes; estás en Puerto, así que mucho cuidado», son las palabras que recuerdan haber escuchado los más veteranos de las prisiones españolas cuando eran llevados al antiguo penal. Ese mismo contenido pero con otras combinaciones de palabras es también recordado por las decenas de prisioneras y prisioneros políticos vascos que a lo largo de cuatro decenios han pasado por ese «complejo penitenciario» gaditano.

No es que lo que allá ha sucedido a lo largo de estas décadas no se haya visto en otras prisiones españolas o que en otras celdas de ese Estado las cosas fueran más fáciles o cómodas y se sufriera menos, porque la estrategia respecto a los prisioneros vascos ha sido la misma. Sin embargo, el recuerdo de Puerto es más sedimentado y sombrío, tanto como esta celda en los años 80. (Foto Javier Gallego-EGIN).

Irastorza y «el palomar»
«En el mismo momento de llegar ya nos dimos cuenta de que aquello era algo diferente a lo que habíamos conocido hasta entonces», recuerda Eugenio Irastorza, uno de los 119 prisioneros políticos vascos que llegaron a Puerto I en julio de 1981, nada más ser inaugurada esa prisión. Procedentes en su mayoría de la cárcel de Carabanchel, serían el primer contingente de represaliados trasladados. Luego llegarían más, hasta alcanzar, en algún momento, casi los doscientos.

La persona es el soporte de la idea. Si minas a la persona, logras que se tambalee todo (Eugenio Irastorza)

Irastorza no olvida que tras una interminable «kunda» de cerca de doce horas, en convoy de más de 40 vehículos y un helicóptero según las crónicas, llegaron finalmente a Puerto I y desde el primer segundo ya comenzaron los problemas. «Nos encontramos con un régimen militarizado. Nos hacían formar para todo, daban las órdenes a palmadas; los recuentos, en pie al final de la celda; intervención de comunicaciones y censura… Era desesperante», rememora como si escociera la memoria.

Aquello era el primer contacto de los prisioneros vascos con un tipo de trato que desconocían y la reacción fue, evidentemente, de rechazo frontal. Y así, si acababan de estrenar las celdas inmediatamente hicieron lo propio con la zona de aislamiento, conocida como «el palomar» por encontrarse en la parte más alta de la prisión. «Nada más llegar ya conocimos ‘el palomar´; y lo llenamos al segundo o tercer día -recuerda Irastorza-. Pero rápido nos dimos cuenta de que estando aislados se nos hacía muy difícil o imposible comunicarnos entre nosotros para ver cómo afrontábamos aquello y le dábamos la vuelta».

Era el verano de 1981, con Calvo Sotelo de presidente del Gobierno español, Martín Villa de vicepresidente, Juan José Rosón de ministro de Interior y una UCD gobernante que estaba dando sus últimos estertores agónicos. En ese contexto, la estrategia del Estado en relación al trato a los prisioneros políticos da un salto cualitativo, y eso toma como escenario la nueva prisión de Puerto I. «Pronto comprendimos que todo aquello no era algo coyuntural -insiste Irastorza-, que no era un capricho de la dirección de aquella prisión sino algo de fondo y a largo plazo, que ahí estaba el inicio de una nueva estrategia penitenciaria general». No se equivocaron.

(Eugenio Irastorza, en Puerto. Javier Gallego-EGIN)

Quienes pasaron por allá en aquel tiempo coinciden plenamente con esta percepción. Es el caso de Pipe San Epifanio y Jabotxa Fernández, quienes con apenas 18 y 19 años recalaron en Puerto I unos cuatro meses más tarde. «Era evidente que había un cambio de estrategia -responden ambos a una-. Hasta entonces estábamos juntos, en comuna, nos organizábamos nosotros mismos, teníamos nuestro espacio, apenas trato con los funcionarios…».

«Entonces llegamos a un lugar en el que el régimen es militarizado, con registros permanentes, cacheos integrales frecuentes, teniendo que hacer formaciones para todo y sin tener el control de nada», destaca Jabotxa. Y Pipe apunta que, en realidad, los estrategas españoles no estaban inventando nada nuevo pues «se trataba del mismo esquema que ya habían aplicado en Alemania».

Irastorza coincide con él y recuerda el trato a los prisioneros alemanes de la RAF o con los del IRA en Gran Bretaña. Otro tanto subraya Antton López Ruiz, que durante su larga estancia en prisión no solo conoció aquella cárcel a comienzos de los años 90 y posteriormente en 2009, sino también el aislamiento de Puerto III.

Así, los primeros prisioneros vascos habían llegado aquel julio de 1981 a Puerto I y, al poco, lo que allá está ocurriendo y las luchas que están llevando a cabo son tan conocidas que cuando en noviembre comunican un nuevo traslado a una treintena más de represaliados recluidos en Carabanchel se plantean adoptar medidas de fuerza para detener la «kunda». A la asamblea se presentan propuestas tan radicales como cortarse las venas. «Al final se decidió no resistirse al traslado -recuerda San Epifanio, presente en aquel momento-. Así que llegamos a Puerto y nos vimos inmersos en un  régimen de tensión constante, con sanciones y aislamiento por cualquier cosa, con un montón de normas absurdas».

(En el comedor de la cárcel gaditana, en otra foto de la época. Javier Gallego-EGIN)

Sancionados por celebrar un gol y por un pelo en el lavabo

Jabotxa Fernández recuerda, riendo, que él acabó con catorce días de aislamiento por celebrar un gol de Yugoslavia a España. A juicio de los carceleros, aquella celebración requería castigo por lo que suponía de «proferir insultos». Irastorza tampoco olvida los partes disciplinarios por cosas como cantar en la ducha, correr, llevar camiseta de tirantes «o encontrar un pelo en el desagüe del lavabo durante un cacheo e incluso por mirar mal».

Consecuencia de semejante régimen fue la lucha sostenida que el colectivo de prisioneros vascos mantuvo durante los cerca de dos años que duró aquella primera fase en Puerto I, hasta el otoño de 1983. Protestas y plantes, en los que aparecía la Guardia Civil, y un encadenamiento de largas huelgas de hambre que, unidas a la permanente tensión ambiental provocada por la hostil actitud de los funcionarios, minó de manera irreversible la salud de muchos e incluso la estabilidad psíquica y emocional de algunos. Secuelas que muchos años después permanecen en algunos exprisioneros políticos.

«El objetivo de las protestas -apunta Irastorza- era lograr un trato más digno y unas mejores condiciones de vida. Además de eso, también queríamos dar a conocer en el exterior nuestra situación allí y unirnos a las luchas que se estaban produciendo en las calles». Y es que aquellos inicios de los años 80 fueron muy intensos y convulsos en Euskal Herria. «Eso sí, también nos dimos cuenta -continúa Irastorza- de que aquello no iba a ser para un momento, que no era una estrategia coyuntural, que iba a ser una lucha muy larga y que nos iba a pasar factura».

«Luego, con el paso del tiempo, las cosas quizás se ven de otro modo  -dice-, pero en el momento estás obligado a responder y piensas en corto, te provocan y entras… Te van llevando a un enfrentamiento permanente, con todo lo que eso significa». Así era la cotidianidad en Puerto I.

Sobre los objetivos de aquella nueva estrategia penitenciaria, Eugenio Irastorza lo tiene muy claro: «Lo que se pretendía era destruir a la persona para neutralizar al militante y diluir la referencialidad que consideraban teníamos los presos. La persona es el soporte de la idea, de la forma de pensar. Si minas a la persona haces que se tambalee todo. Lo que buscaban era llevar al limite a la persona para destruir sus ideas políticas y todo lo que eso significa».

Jabotxa Fernández destaca, en ese mismo sentido, que el objetivo punitivo tenía dos ejes; por un lado, lo que correspondía al prisionero, con aquel nuevo tipo de tratamiento y el alejamiento geográfico; y, por otro, el impacto en los familiares, a quienes se les obligaba a ir hasta la otra punta de la península para poder ver a sus seres queridos, si acaso era posible.

«Puerto I fue un experimento, el primer paso de lo que iría luego llegando -deja claro Pipe San Epifanio-. La UCD inició aquel nuevo tipo de política penitenciaria y luego la continuó el PSOE, que llevó a cabo lo que a la UCD no le dio tiempo a hacer e incluso lo que quizás no se atrevió».

Para poder materializar semejante estrategia carcelaria era precisa la colaboración necesaria de los funcionarios. «Hasta entonces nuestra relación con los guardias era mínima -quiere puntualizar Irastorza-. En Soria y Carabanchel, donde estábamos hasta entonces, ni se formaba ni nada; te contaban y punto. Estaban al margen y cuando había problemas entraba la Policía. En Puerto la actitud cambia radicalmente y es cuando nos encontramos con auténticos carceleros que se implican en la represión y en la estrategia de castigo, agresión y desgaste. A partir de Puerto son ellos quienes asumen el protagonismo».

Este cambio cualitativo en relación a la actitud de los funcionarios es otro de los factores que destacan todos y todas quienes a lo largo del tiempo pasaron por cualquiera de las prisiones del complejo penitenciario, no únicamente durante aquella primera fase de Puerto I. Y, junto a ello, los represaliados vascos tampoco olvidan la implicación de los médicos, «que eran otros carceleros más al servicio de la misma estrategia», señala Irastorza.

Puerto I era, además de acoso y clima de tensión, un absoluto desastre en lo referente a la alimentación. «No es que fuera pésima, es que era indigerible. No se podía comer, era basura», comentan todos los que conocieron aquel lugar, quienes, además, advierten sobre la importancia que tenía el tema de la comida en un escenario en el que concatenaban largas huelgas de hambre con otras sin apenas tiempo para recuperarse.   

En los patios, encajonados entre las altas paredes de los edificios y con apenas un fragmento de cielo a la vista, no había absolutamente nada para hacer. Incluso tenían prohibido practicar deporte. Lo mismo San Epifanio que Fernández recuerdan que siempre se intentaba buscar espacios propios para realizar alguna actividad. «Hicimos clases de euskara en el patio, debates sobre la situación política y otros temas. Intentábamos seguir funcionando como comuna, en la  medida de lo posible» dicen.

Bertsolaritza y literatura con Sarrionandia

Sobre este tema, Mitxel Sarasketa, que permaneció en Puerto I hasta el otoño de 1983 y tres años más tarde también conoció Puerto II, comenta que estaba proscrito incluso cantar pero que, aún así, sentados en el suelo de un patio en el que no había nada sacaron adelante interesantes experiencias culturales, «incluso algo de bertsolaritza, si mal no recuerdo».

Lo que sí recuerda perfectamente es que Joseba Sarrionaindia organizó un grupo en el que se hablaba de literatura, «se hacían ejercicios de escritura y hasta preparamos una revista, tipo fanzine, que se llamó `Intxaurraga´». Fruto de aquel grupo de literatura de Puerto I fue también el libro ‘Intxaur baten barruan eta Eguberri amarauna’, publicado a comienzos de 1983. Sarasketa cuenta que Sarrionaindia escribió allá ‘Narrazioak’, así como algunos de sus ‘Kartzelako poemak’, entre otras cosas.

Aunque el paso del tiempo puede suavizar las aristas de las situaciones más adversas, Mitxel Sarasketa no olvida cómo Iñaki Ojeda acabó en más de una ocasión en aislamiento precisamente por las poesías que escribía. A Ojeda le brotó en prisión la pasión por la literatura y escribió mucha poesía y numerosos cuentos. Parte de su trabajo fue destruido o robado por los funcionarios, aunque años después, en 2009, con el material conservado Ataramiñe publicó la colección de poesías ‘Penumbras del ayer’. Ojeda salió en libertad en junio de 1983 y apenas ocho meses más tarde, con 20 años de edad, murió tiroteado por la Policía española durante una operación policial.

(Mitxel Sarasketa, en una asamblea en Puerto en 1983. Javier Gallego-EGIN)

 

Puerto, Herrera y el valor del Colectivo
En el otoño de 1983 hubo una nueva vuelta de tuerca en el desarrollo de la política penitenciaria española. Acababa la fase de Puerto I y comenzaba la de Herrera de la Mancha. Así, entre finales de octubre y mediados de noviembre de aquel año todos los prisioneros políticos vascos fueron desalojados de la prisión gaditana y concentrados en la manchega. No hacía muchos meses que Felipe González había sido investido presidente del Gobierno español y, al principio, existía cierta esperanza de cambio. Quienes en aquel tiempo estaban en Puerto I recuerdan que se encontraban en otra más de las numerosas huelgas de hambre y que decidieron abandonarla en la creencia de que el PSOE no continuaría con aquella política carcelaria de castigo y venganza. No fue así.

Eugenio Irastorza, al igual que el resto de los prisioneros que pasaron por Puerto I en aquellos comienzos de los 80, destaca lo que esa experiencia sirvió para el futuro: «Cuando después llegamos a Herrera ya teníamos algunas lecciones bien aprendidas y sabíamos que había que entrar desde el comienzo a romper, que no se podía repetir lo de Puerto. No era cosa de llegar, observar cómo era aquello y luego ver cómo íbamos cambiando el régimen».

«Habíamos comprendido que las huelgas de hambre, como forma de lucha, tienen unos límites y que con todo lo caro que lo habíamos pagado y las secuelas que nos había dejado apenas habíamos conseguido mejorar las condiciones de vida», asegura Irastorza, algo en lo también abunda San Epifanio cuando saca a colación que comprobaron que con los métodos clásicos de lucha en las cárceles no se lograba cambiar nada: «Entre los kides se comienza a sentir que hacía falta otro modo de lucha para responder a la nueva situación».

Aprendieron los prisioneros y también el sistema penitenciario, tal y como apunta Irastorza: «Ellos aprendieron que la cárcel no está hecha para colectivos, que cuando tienes delante a un colectivo estás, en cierta medida, de igual a igual. Así que después de Herrera vino la dispersión y eso nos colocó en una situación más dura aún, porque aunque tienes detrás a un colectivo tú estás solo en ese momento y tienes que enfrentarte así a todo un Estado que lo que busca es anularte y aniquilarte».

Esta importancia de ser y sentirse colectivo es también subrayada de manera especial por Jabotxa Fernández, cuando señala que «intentaban romper nuestra cohesión, nuestro sentimiento de colectivo, y nosotros intentábamos mantenerlo y reforzarlo potenciando nuestra unión. Sentir que formas parte de un colectivo es algo importantísimo cuando se está en la cárcel».

Una paliza de despedida y comida como a bestias
Aunque durante los años 1987 y 1988 ya se producen algunos movimientos, es en mayo de 1989 cuando se considera que da comienzo de manera oficial la nueva estrategia española de dispersión y alejamiento. Apenas un mes antes se ha producido el frustrado final de las conversaciones de Argel entre ETA y el Gobierno de Felipe González.

El 18 de agosto de aquel año prisioneros vascos en Herrera de la Mancha sufren una brutal paliza, otra más de las numerosas infligidas por guardias civiles y funcionarios. Anjel Alkalde es arrojado a su celda sin conocimiento. Se presentan denuncias, al día siguiente comienza la toma de declaraciones y seguidamente se produce la salida del primer grupo en dirección a la prisión de Puerto II, inaugurada seis años antes.  «Yo creo que la paliza que nos dieron fue de despedida», recuerda Joseba Artola, que tres días más tarde ingresaba en el penal gaditano junto a otros cuatro prisioneros políticos más. Iñaki Bilbao ‘Txikito’ y Mitxel Sarasketa ya estaban allí.

La dirección nos reconoció que el objetivo era volvernos locos, fue tremendo escucharlo (Joseba Artola)

«Nada más llegar sentimos que el clima que se respiraba era deshumanizante –recuerda Artola–. Incluso la comida te la pasaban por debajo de la puerta, por el suelo. Nos trataban como si fuéramos bestias. Las celdas eran sucesivas capas de pintura sobre mierda y una de las reivindicaciones permanentes era la desratización. Ponían sanciones por cualquier cosa, que cumplíamos de manera solidaria; es decir, que independientemente de a quién castigaran todos pagábamos la misma sanción. También estábamos obligados a desnudarnos cada vez que salíamos de la celda». Consecuencia de ello fue el inicio de actos de protesta y txapeos, incluida la negativa a salir a las comunicaciones que, cuando aquello, eran únicamente con familiares.

Joseba Artola destaca el carácter aleatorio de las situaciones de presión y acoso: «Iban cambiando de guardias; unas, digamos, más suaves y otras más duras. Aquello eran un continuo sube y baja, una montaña rusa de tensión en la que incluso nos impedían dormir. En cada cacheo de celda lo rompían todo; regresábamos del patio y nos lo encontrábamos todo destrozado. Un día empezamos a dejarlo tal y como quedaba y eso parece que les desconcertó tanto que dejaron de hacerlo».  

Para Artola y quienes compartieron tiempo en Puerto II el objetivo de aquella estrategia era claro: volverles locos. «Trataban en todo momento de llevarnos al límite, hasta el punto de que muchas veces nos preguntábamos si acaso en algún momento no lo habíamos superado y estábamos ya al otro lado».

Sobre este asunto le viene a la mente una anécdota cuando un compañero reclamó su libertad condicional y el juez de Vigilancia Penitenciaria, en aquel entonces instancia local, se la concedió. «Los funcionarios no se lo podían creer e incluso intentaron impedir la puesta en libertad aludiendo a que no podía regresar a la calle porque les conocía a todos. Eso nos hizo comprobar hasta qué punto los carceleros estaban convencidos de que de allá no íbamos a salir nunca», asevera Artola.

Aquella constatación fue corroborada más tarde de manera explícita por un responsable de la prisión. «Tras unos cuatro años de lucha permanente conseguimos comenzar a darle la vuelta a todo aquello. El primer triunfo fue conseguir los vis a vis, algo que ya había en otras cárceles. En mayo de 1994 nos reunimos con la dirección de Puerto II y nos quedamos asombrados cuando se nos reconoce que el objetivo que tenían era volvernos locos, acabar con nosotros», afirma Joseba Artola.

Recuerda que con él, en aquella entrevista, también estaba Antton Troitiño. «Es tremendo escuchar algo así. Pero la realidad es que sobrevivimos y eso fue porque éramos un colectivo y porque tuvimos unos familiares que jamás nos fallaron y que se movieron sin parar», destaca Artola, que afirma que tras cerca de cinco años de luchas continuas se consiguió mejorar sustancialmente para el futuro las condiciones de vida en la prisión de Puerto II.

«Fue una experiencia muy muy dura, pero también muy, muy edificante en el sentido más amplio. Sientes profundamente lo que es el compañerismo entre los kides y hasta sabes que te estás sintiendo persona cuando te están tratando como a una bestia», concluye.

De los cambios que se van produciendo a lo largo del tiempo en la estrategia penitenciaria española Antton López Ruiz destaca también un elemento importante, como lo es la presencia o no de presos sociales junto a los políticos. «Hasta más o menos el año 1989 no había ‘arruntas’ con nosotros, estábamos solos en los módulos o galerías y podría decirse que el espacio era nuestro. A partir del 89, con la dispersión, ya se nos coloca en lugares comunes con presos sociales y en muchísimos casos completamente solos, sin ‘kides’. Eso es un cambio muy notable en relación a lo que estábamos acostumbrados», señala y recuerda cómo en aquellos tiempos y en semejante circunstancia desde las instancias del Estado «se nos daba por acabados en pocos años».

Antes de recalar en el recién estrenado aislamiento de Puerto III, donde fue el primer vasco en llegar, en noviembre de 2007, Antton López había conocido ya Puerto I en 1991, adonde recaló en plena huelga de hambre.  «Recuerdo nada más entrar en Puerto I el pasillo de funcionarios por el que te hacían pasar mientras te decían cosas como que estabas en Puerto y te ibas a enterar».

Aquello era la antesala de lo que iría viniendo luego, en un escenario de acoso y tensión por parte de unos funcionarios que se consideraban la élite del funcionariado de prisiones precisamente por estar allá. «Que se creían los elegidos», tal y como destacan todos quienes vivieron la misma experiencia. «Nosotros estábamos acostumbrados a estar juntos, en comuna, y con la dispersión nos echan a la basura y solos pensando que en poco tiempo acabarían así con nosotros», apunta Antton López.

De los 90 a este final

Era la época de comienzos de los años 90 y además del alejamiento y la dispersión, incluida la del interior de las cárceles, empezó la clasificación por grados y el sistema FIES. A ese respecto, señala que «buscaban en todo momento hacer diferencias entre nosotros para minarnos como personas y como militantes, como integrantes de un colectivo. Hacían las diferencias con intencionalidad política para generar conflictos entre nosotros». A pesar de eso, precisa que nunca entraron en esa guerra; «cogimos el concepto de, digamos, la unidad desde la diversidad. Es decir, cada preso allá donde le tocara estar pero todos un grupo. Nos preguntábamos, ‘¿qué represento yo aquí como sujeto político de eso por lo que lucho y qué puedo sacar?´. Somos una parte individual de un todo colectivo».

De esa manera, tal y como destaca con satisfacción, se logró que un goteo de avances particulares se fueran convirtiendo en un avance colectivo que trascendía a la prisión en la que se conseguía, planteando quejas y recursos en los juzgados de Vigilancia Penitenciaria que fueron asentando lo que algunos denominaron «un nuevo humus jurídico» en el terreno penitenciario.

Dieciséis años más tarde de haber pasado por Puerto I, en noviembre de 2007 Antton López Ruiz fue el primero en llegar al aislamiento de Puerto III, unas nuevas instalaciones de la tercera parte del complejo penitenciario inaugurada poco antes. Acababa de frustrarse el proceso negociador de Loiola y los responsables de la estrategia penitenciaria española comenzaron a juntar en aquel aislamiento a un número importante de prisioneros políticos a quienes, de una u otra forma, ellos consideraban referenciales. El diario español `La Razón´ informaba en su día de ello, precisando que se producía «en un momento en el que se detectan claros síntomas de desánimo».

«No es un cambio de estrategia -precisaban en el texto- sino de continuar con la dispersión y para facilitar que los presos que deseen reflexionar sobre su futuro lo puedan hacer sin ningún tipo de presión». Nada que no se supiera, pero el escenario de la nueva tentativa volvía a ser Puerto.

Pretendían rompernos entre nosotros, poner a prueba nuestras vanidades (Antton López Ruiz) 

Cuenta que la llegada a Puerto III fue muy fuerte, con guardias dotados de intercomunicadores, ambiente paramilitar, obligación de desnudo, recuentos en pie al fondo de la celda... «fue como un salto a otro tiempo». Aunque recuerda que al inicio hubo buenas palabras, pronto empezaron a llegar otros compañeros y sintieron cómo fueron apretando y tensionando el ambiente.  Comenzaron los cacheos, los cambios de galería, las sanciones… «Estábamos en diferentes galerías y nos iban moviendo; daba la sensación de que querían que, de algún modo, habláramos –comenta–. Al mismo tiempo, también comenzaron a hacer diferencias entre ‘kides’ tratando de fomentar la aparición de confrontaciones, de problemas». «Era evidente que lo que pretendían era rompernos entre nosotros», asegura con plena certeza. «Nos han traído aquí para probar nuestras vanidades», recuerda Antton López haber comentado en más de una ocasión.

A pesar de todo ello, conscientes de la situación en la que se encontraban y a la que buscaban llevarles con aquella maniobra, los prisioneros políticos vascos en el aislamiento de Puerto III fueron buscando y encontrando formas de sobreponerse, de ir superando las provocaciones sin caer en ellas, «sin entrar a los trapos que continuamente nos ponían», afirma.

«De vez en cuando traían algún ‘arrunta’ para pagar sanciones de aislamiento -cuenta-. Como los sociales dependen del Juzgado de Vigilancia de allí, empezamos a presentar quejas a través de ellos y de esa manera comenzamos a sacar adelante algunas mejoras».

Mientras se encontraba en aquel aislamiento de Puerto III, Antton López sufrió un ictus y fue trasladado de urgencia al Hospital de Puerto Real. Allá concluyeron que había sido motivado por las situaciones de estrés y aislamiento y, tras la recuperación, fue trasladado a Puerto I. Casi veinte años más tarde regresaba a aquella prisión y recuerda que le pareció que allá el tiempo había permanecido detenido, «incluso seguía el mismo olor».

Era el año 2009. A partir del siguiente año el escenario político vasco comenzó a cambiar y con ello se empezaron a ver, poco a poco, algunos avances en las condiciones de vida en el complejo penitenciario. Antton López proyecta su reflexión por encima de las concertinas de Puerto hacia el conjunto de las prisiones y destaca cómo el colectivo de los prisioneros políticos vascos «hemos ido derribando muros con la experiencia y las lecciones aprendidas y cómo, por encima de todo, hemos ido abriendo caminos».  

(Marcha a Puerto de la iniciativa Kalera Kalera, en 2017. Marisol Ramirez | FOKU)


Ahora, cuarenta años más tarde de que un primer grupo de 119 prisioneros políticos vascos fuera trasladado a la nueva cárcel de Puerto I, se cierra para los represaliados una cancela forjada entre prepotencia, crueldad y abuso que ha dejado cicatrices indelebles en la memoria, además de la muerte de Arkaitz Bellon y Xabier Rey, el primero en Puerto I y el segundo en Puerto III.

Quedan atrás unos barrotes asentados en la deshumanización que han sido utilizados políticamente por los diferentes gobiernos españoles para buscar la destrucción del militante y el desistimiento de sus ideas.

Quedan ya atrás unos muros alejados más de mil kilómetros de Euskal Herria y hasta donde han tenido que viajar durante decenios los allegados de los represaliados, en lo que representa una auténtica venganza sostenida en el tiempo contra las familias.

Amarrada a Puerto solo queda ya su sombra.



«SI CON NOSOTROS ERAN MALOS, CON LAS MUJERES ERAN PEORES»

Una opinión compartida por todos quienes han pasado por las cárceles españolas y francesas es que la situación de las mujeres prisioneras siempre ha sido bastante peor que la de los hombres. Esa diferencia también se ha visto de manera notoria en el complejo penitenciario de Puerto, «y es que si con nosotros eran malos, con las mujeres eran peores; era indescriptible, una pasada», dice Joseba Artola sin la más mínima duda.

En comparación con todos los prisioneros políticos hombres que han pasado por Puerto a lo largo del tiempo, las mujeres han sido pocas y han sufrido condiciones de abuso más duras, principalmente por haber tenido que afrontar las situaciones completamente solas. Gloria Rekarte fue llevada al aislamiento de Puerto II en el otoño de 1991, tras pasar por Ávila y Tenerife.

A pesar de que la experiencia en la cárcel canaria fuera muy dura, Rekarte es tajante cuando afirma que «si Puerto tiene la fama que tiene es por que se lo ha ganado a pulso». «Sabemos que todas las cárceles tienen fases y que se observan cambios según las diferentes direcciones, pero Puerto se ha mantenido siempre igual; el régimen y el trato ha sido una constante a lo largo del tiempo», precisa la exprisionera.

Estabámos en un corredor en que apenas podías dar 20 pasos, toda tu vida estaba allí (Gloria Rekarte)

Dando un salto con la memoria, comenta que el módulo de mujeres de Puerto II era una especie de anexo a la cárcel y que la zona de aislamiento, en la que ella permaneció todo el tiempo, era otro añadido a ello. «En el módulo de mujeres vivían en celdas de cinco y hasta siete presas; una auténtica locura –recuerda-. Aislamiento, donde nos llevaban a las vascas, era un pequeño corredor con cuatro celdas y su patio, en el que apenas podías dar veinte pasos de largo; más o menos los mismos que había para ir desde la celda a la zona de comunicar. Toda tu vida se reducía a esa distancia».

Comenta que la humedad llenaba las paredes de verdín, que en invierno hacía mucho frio y no había calefacción y que en verano el calor era agobiante; «Las condiciones de vida eran penosas, no había absolutamente nada. En aquel tiempo no había vises, solo una llamada telefónica al mes y únicamente podían venir a verte los familiares».

A pesar de todo ello, lo que Gloria Rekarte destaca con más intensidad es la actitud de las funcionarias: «Las carceleras eran mezquinas y crueles; y lo eran todas, no se salvaba ninguna, no te dejaban vivir». Recuerda cómo en cierta ocasión pasó por allá una visita del Observatorio Internacional de Prisiones que advirtió inmediatamente el penoso estado de lo que se encontraba ante sus ojos. Encerrada en su celda, Rekarte escuchó cómo las funcionarias les decían que aquello estaba cerrado, que era una zona deshabitada que no se utilizaba. «Entonces empecé a dar voces para avisar de que yo estaba allá, pero las carceleras comenzaron a hacer ruido con las llaves contra la puerta y no tengo la seguridad de que me escucharan».

Y es que, insiste, la actitud de las funcionarias era de hostilidad permanente, buscando siempre la forma de perjudicar, de llevar hasta interpretaciones ridículas las normas con la intención de hacer la situación más dura. «Llegaban a tales extremos que tramitaban o no los escritos y estancias a su voluntad. Y otro tanto con la correspondencia», recuerda. El subdirector de Seguridad de la prisión tuvo que destinar expresamente a un funcionario para que pasara por allá periódicamente a formalizar esas tareas que las funcionarias saboteaban.

(Gloria Rekarte, esta vez en la cárcel de Yeserías. Javier Gallego-EGIN)

Si Gloria Rekarte pasó año y medio en el aislamiento de Puerto, siempre sola a excepción de algunos momentos concretos en los que pasaba por allá alguna compañera en tránsito o llevaban alguna social sancionada, Arantza Zulueta consumió el doble de ese tiempo en el aislamiento de Puerto III, también completamente sola. Hasta poco antes Irantzu Gallastegi había permanecido en el módulo de mujeres.

Preguntada sobre qué es lo que más desatacaría de su estancia en el aislamiento de Puerto III, Zulueta señala, sin dudar, la deshumanización y la humillación: «Intentan en todo momento hacerte perder la dignidad. Aunque conmigo no utilizaban un comportamiento agresivo, con golpes o insultos, su trato era de desprecio, como si fueras un animal». Zulueta recuerda cómo en ocasiones incluso trataba de forzar un `buenos días´, «como para mostrarles que no era un animal, que era una persona la que allí tenían encerrada».

A excepción de una funcionaria que se personaba en los momentos de los cacheos, cada vez que salía de la celda, el resto del personal eran hombres. Recuerda los cacheos de aquella mujer como particularmente humillantes. En relación a los demás, Zulueta destaca que como por allá únicamente pasaban presas en tránsito o para cumplir alguna sanción –tan sólo ella «vivía» en aislamiento– aquellos no tenían costumbre de trato con mujeres y todo eran problemas, «hasta se sorprendían si decía que quería hacer deporte. Conseguir cualquier cosa, incluso lo más básico, costaba mucho más que a los chicos. Continuamente me encontraba con un `no puede pedir esas cosas´».

La situación de aislamiento prolongado que vivía Arantza Zulueta en Puerto III fue motivo de protestas y los abogados denunciaron lo que ocurría presentando un escrito ante el relator especial de la ONU sobre casos de tortura y otros tratos crueles, inhumanos o degradantes. Una delegación del Comité para la Prevención de la Tortura de Naciones Unidas visitó la prisión e incluso se entrevistó con Zulueta. Elaboraron un informe con recomendaciones generales, entre las que se encontraba el que fuera trasladada a una zona más amplia. Poco después fue conducida a otra galería algo más grande y dos semanas más tarde quedó en libertad.

En ocasiones trataba de forzar un ‘buenos días’ para que vieran que no era un animal (Arantza Zulueta)

«He conocido otros aislamientos, pero nada parecido a aquello de Puerto», concluye Arantza Zulueta con rotundidad. «La experiencia en Puerto III fue más que estar a mil kilómetros de Euskal Herria, fue dar un salto al pasado de más de veinte años, encontrarte en una sociedad arcaica que no había evolucionado. En el aislamiento de Puerto sentí cosas que no había sentido en Madrid».  

Es imprescindible no olvidar que Arantza Zulueta fue llevada al aislamiento de Puerto III y sometida a semejante trato entre los años 2014 y 2017; esto es, que cuando Madrid decidió aislarla allá Euskal Herria se encontraba ya transitando por un nuevo tiempo político, ETA había decidido abandonar definitivamente la práctica armada, el EPPK había anunciado su intención de avanzar por los cauces de la legalidad penitenciaria e incluso los excarcelados tras la sentencia europea por la denominada ‘doctrina Parot”’se habían pronunciado públicamente en favor de la nueva situación.  Esto, unido al hecho de tratarse de una abogada de represaliados vascos, hace particularmente llamativo el trato que le fue infligido en el aislamiento de Puerto III durante nada más y nada menos que tres años.

(Zulueta, de vuelta a Bilbo en 2017 tras superar el aislamiento en Puerto. Monika Del Valle | Foku)