Jonathan Powell. (Juan Carlos RUIS | FOKU)

«Es admirable que tras el fracaso del diálogo en Noruega apostasen por la paz hasta el final»

Jonathan Powell fue jefe negociador británico para el norte de Irlanda. La experiencia que le dio ser jefe de Gabinete de Tony Blair le empujó a fundar Inter Mediate, una entidad dedicada a la resolución de conflictos políticos en todo el mundo. Fue uno de los principales impulsores de Aiete.

Casualidades de la vida, la entrevista con Jonathan Powell se realiza por internet en los días en los que estamos en Oslo con David Pla grabando un minidocumental que se emitirá en NAIZ sobre la interlocución vasca que estuvo un año albergada en Noruega hace ahora diez años. Pla, Iratxe Sorzabal y Josu Urrutikoetxea habían llegado allí esperando que el Gobierno español se sentase a la mesa para dialogar y avanzar en la hoja de ruta que se había acordado gracias a la intervención de la comunidad internacional. ETA respondió a las demandas de esa comunidad a los tres días, con la declaración del «cese definitivo de su actividad armada». El Estado español, con el PP a la cabeza, no cumplió su palabra y dificultó todo el proceso. A pesar de todos los sabotajes, ETA se desarmó en 2017 de la mano de la sociedad civil vasca y se deshizo en 2018.

La década transcurrida desde la Declaración de Aiete ofrece material para hacer balance de un proceso de paz que no fue tal, pero que en parte gracias a los obstáculos terminó siendo un proceso político peculiar y fecundo. El diplomático británico da una visión interesante sobre esas lecciones, muestra algunas preocupaciones y apunta cuestiones pendientes. Powell es una voz imprescindible para saber qué ha pasado y por qué en estos diez años.

Diez años después, ¿cómo recuerda aquellos días?

Donostia es una ciudad preciosa y lo recuerdo muy bien. Unas semanas antes ofrecí allí una rueda de prensa para preparar la Conferencia. Dije que mi experiencia era que no puede haber ganadores y perdedores, que si quieres que sea un acuerdo duradero necesitas que todo el mundo lo acepte. Me llevé una gran sorpresa cuando la prensa española de derechas me atacó diciendo que estaba equivocado, que «los terroristas deben perder y el Gobierno debe ganar». Me pareció un muy mal punto de vista para lograr una paz duradera.

Pero el día en sí fue precioso. Al mirar atrás y recordarlo lo tengo por uno de los grandes momentos en mi vida, cuando algo cambia. Creo que así se debe recordar.

Pese a las dudas que había, convenció a personalidades importantes. ¿Era usted, por así decirlo, «el optimista del equipo»?

Es cierto que entonces no estaba nada claro. Personas que nunca tendrán el reconocimiento que merecen me convencieron de que había que apostar. Para gente como Kofi Annan o Gro Harlem fue complicado venir, pero lo hicieron, bajo la premisa de que yo les decía que iba a salir adelante. Y así ocurrió, y eso es gracias a la gente que entre bambalinas lo hizo posible.

Volviendo a su pregunta, y rememorando el caso norirlandés, es cierto que alguien tiene que ser el optimista, porque te topas barreras, y nunca sabes si va a salir bien. 

Sabían que ETA respondería pronto a sus demandas. Aun así, ¿tuvo dudas? Pasos atrás, operaciones policiales… ¿algo le preocupó?

En estas cuestiones siempre hay spoilers, personas que no quieren que salga bien, que quieren pararlo. Salió bien, pero hasta no saber cuál sería la respuesta de ETA yo no estaba seguro. Era optimista, me habían asegurado que así sería, yo se lo aseguré a Kofi y al resto, y ocurrió. Aun así, fue bastante tenso durante varios meses.

Lo extraño en España es la «crispación» [dice esta palabra en castellano], promovida por la derecha. Cuando Tony Blair era el líder de la oposición, apoyaba a John Mayor en su intento por lograr la paz en Irlanda del Norte. Y al llegar nosotros al Gobierno, los tories, más o menos, nos apoyaron.

En España es tremendo hacer la paz. Un poco como en Colombia, con Santos y Uribe, que atacaba todas las opciones de paz. Aquí también fue así y es muy perturbador. Pero por suerte los spoilers no lo lograron y todo salió bien, quiero insistir en que gracias a quienes estaban trabajando por detrás.

«El Gobierno del PP hizo todo lo posible para interrumpir el proceso. Esto es lo que hizo las cosas muy difíciles sobre los presos, las armas… todo fue mucho más lento porque el Gobierno no cooperaba. Fue como volar con un solo ala»

Pese a tratarse de un conflicto más «sencillo», las personas involucradas recibían ataques constantes. Recuerdo por ejemplo el acoso a Brian Currin y su grupo. ¿Cómo gestionaron esa presión?

Es parte de esa política de crispación, de hacer la paz más difícil. Puedes no estar de acuerdo con las concesiones que se están haciendo por la paz, pero oponerse a la paz como tal es algo muy extraño.

No estoy del todo de acuerdo en que la paz era más fácil en el País Vasco. Es cierto que no hay fuerzas exteriores como en Afganistán, que no hay una Junta Militar como en Myanmar, pero aun así sigue siendo complicado. Se trata de un conflicto que ha durado mucho tiempo, con mucho odio acumulado… así que no creo que fuese un conflicto fácil de terminar.

Powell, junto a Currin y el lehendakari Etchegaray, en Arnaga, en 2018, un día después del comunicado final de ETA. (Bon EDME)
Powell, junto a Currin y el lehendakari Etchegaray, en Arnaga, en 2018, un día después del comunicado final de ETA. (Bob EDME)

Volviendo a Aiete, el resto de puntos quedaron en suspenso por la decisión del PP de no reconocer los acuerdos alcanzados. ¿Cómo cambió esto el proceso?

Fue muy difícil. Fue como un pájaro volando solo con un ala. Es muy difícil volar así, si una parte no coopera. El Gobierno socialista tenía muchos nervios, se resistía a actuar de manera pública. Aun así, pienso que si hubiese estado al mando probablemente se hubiese implementado de verdad. Pero cuando llegó el PP no quiso implementar lo acordado e hicieron todo lo posible para interrumpirlo. Esto es lo que hizo las cosas muy difíciles sobre los presos, las armas… todo fue mucho más lento.

«Si ETA hubiese logrado un acuerdo años antes, en 2006 en Ginebra cuando se retiró, o incluso haciéndolo más rápido a partir de 2008, hubiese tenido otras opciones para que el Gobierno del PSOE lo implementase»

Un problema recurrente es que los grupos armados no piensan en política. Tomemos a las FARC, por ejemplo. Estuvieron mucho tiempo negociando y lo entiendo, porque tenían que hacer concesiones, con debates internos difíciles. Pero retrasar tanto el acuerdo, cuando a Santos le quedaba poco tiempo,  dificultó la implementación. Lo mismo con ETA. Si hubiese logrado un acuerdo años antes, en 2006 en Ginebra cuando se retiró, o incluso haciéndolo más rápido a partir de 2008, hubiese tenido otras opciones para que el Gobierno del PSOE lo implementase.

¿Qué supuso darse cuenta de que Madrid no iba a ir a Noruega a negociar? ¿Cómo les afectó?

En primer lugar, recuerdo la situación comprometida en la que quedó el Gobierno noruego, que había acogido a estas personas en un gesto de buena voluntad y de repente se encuentra con que el Gobierno español retira su apoyo a esa iniciativa. Ha ocurrido algo parecido con Cuba y el ELN, cuyos miembros fueron a La Habana a petición del Gobierno colombiano, y el actual Gobierno de Bogotá está presionando a EEUU para que declare a Cuba un país que da asilo a terroristas por esta razón.

Hay que reconocer, por parte de la organización y de quienes trabajaron entre bambalinas, que no se rindieron. Muchas organizaciones hubiesen dicho: «Si no se cumple este punto, el proceso ha terminado». No fue una decisión fácil, pero creo que es admirable que siguiesen concentrados en trabajar para conseguir una paz duradera, y que lo lograran a pesar de todos los obstáculos. No es algo común. A menudo, si se da tal interrupción, el resto no funciona. Así que valoro lo que hicieron esas personas que siguieron hasta el final, porque no era un proceso sencillo.

Usted es un gran admirador de Machiavelli. Ante esta situación, ¿qué cree que hubiese dicho?

Machiavelli era un realista, no le gustaban las teorías muy complicadas, sino las cosas que funcionaban en la práctica. Seguramente aprobaría el hecho de que, pese a no contar con el Gobierno para lograr una paz duradera, se lograse. Habría visto los cambios, los elementos de la naturaleza humana. Si tienes un gobierno actuando así, la reacción natural es volver a la lucha, y eso no ocurrió. Las personas que estaban ahí estaban comprometidas con una paz duradera. Y eso es el verdadero arte de gobernar, de dirigir. Si miras a las cosas que hizo Machiavelli por Florencia, puedes recordar que, aun teniendo muy poco a su favor en la negociación, quería garantizar que Florencia estuviera segura. Salvando las distancias obvias, se pueden sacar algunas lecciones de esa experiencia.

«No, no puedo imaginar otro gobierno haciendo esto, teniendo la oportunidad de poner las armas fuera de servicio y diciendo que no. Es algo insólito»

¿Hay algún otro caso en la historia en el que un gobierno rechace el desarme de su enemigo?

No conozco otro caso. Aparte de otras consideraciones, es extremadamente peligroso. No puede haber armas por ahí que puedan caer en manos de criminales, o de islamistas, o de otro tipo de grupos. Creo que fue un error serio y complicó mucho las cosas a las personas involucradas en el desarme.

No, no puedo imaginar otro gobierno haciendo esto, teniendo la oportunidad de poner las armas fuera de servicio y diciendo que no. Es algo insólito.

Usted en Irlanda; Humberto De la Calle en Colombia; ¿por qué cree que no hubo un jefe negociador en Madrid?

Lo había, era Alfredo Pérez Rubalcaba. Cuando conocí a [José Luis Rodríguez] Zapatero, me describió a Rubalcaba como «El Diablo», porque algunos le llamaban así en las protestas en España. Era el cerebro en esa época, pero no quería exponerse públicamente. Así que puso a otras personas en medio. Esto no es inusual en las primeras fases de las negociaciones.

Nunca ha sido reconocido como tal, y quizás él tampoco querría, pero Rubalcaba sí que jugó un papel, sí tomó unos riesgos que otros políticos españoles no tomaron, y sin eso esto no habría pasado.

«Nunca ha sido reconocido como tal, y quizás él tampoco querría, pero Rubalcaba sí que jugó un papel, sí tomó unos riesgos que otros políticos españoles no tomaron»

De los tres interlocutores vascos en Noruega, Josu Urrutikoetxea está bajo control judicial pendiente de extradición a Madrid, e Iratxe Sorzabal está presa y corre el riesgo de ser enviada a Madrid, con un proceso basado en torturas. ¿No ataca esto el corazón de las negociaciones?

Sí, es un problema. En el futuro, si estamos hablando con otro grupo, y les decimos que tendrán pasajes seguros, que no serán perseguidos por participar en el proceso o por representar a esa parte, esa persona puede decirnos que esto no es lo que pasó la última vez, que estas personas están encarceladas. Estas son cuestiones muy complicadas, incluido para el Gobierno francés.

Incluso en Irlanda, no hemos solucionado este punto, porque tocar el pasado siempre es muy controvertido. En este momento el Gobierno británico está intentando sacar adelante una ley, que en realidad es una especie de amnistía, especialmente para los soldados, para que no puedan ser perseguidos por aquellos hechos. Esto es muy impopular en Irlanda del Norte, y lo entiendo, porque al introducirlo el Gobierno no ha hablado con las víctimas de ambas partes, ni con los partidos ni con el Gobierno irlandés. Lo están haciendo ahora. Si vas a poner la historia de nuevo sobre la mesa debes tener ese diálogo.

Es complicado para los gobiernos qué hacer con ese remanente histórico. En Irlanda del Norte tenemos el problema de las personas fugadas [los denominados «On the Run»], miembros del IRA que han estado exiliadas y ocultas en Latinoamérica o en otros lugares. Lo intentamos a través de la legislación, de diferentes maneras… y lo seguimos intentando. No es fácil, es evidente, pero está claro que solo puede solucionarse a través del diálogo político.

Ocurre en todo el mundo y me preocupa, porque deja amenazas abiertas que pueden hacer descarrilar los procesos. Es muy difícil.

Una de las especificidades del caso español es que las asociaciones de familiares de víctimas de ETA son muy políticas. En Irlanda era un elemento a tener en cuenta, pero no tanto. En Colombia incluyeron a las víctimas en las negociaciones, y como resultado estas reconocieron los acuerdos con las FARC de una manera que no ocurrió en los otros dos casos.

Creo que en relación a las cuestiones de víctimas, presos y exiliados en algún momento debe haber un diálogo político para avanzar.

¿Cuál es su opinión sobre esa ley para los soldados británicos que ha mencionado?

Simpatizo con el Gobierno, con el objetivo, aunque los motivos quizás no sean del todo buenos. Pero en Irlanda del Norte, si miramos al pasado y ponemos estas cuestiones críticas sobre la mesa, las cosas se complican. Por ejemplo, Gerry Adams bajo arresto durante tres días, las cuestiones sobre la Policía y los soldados… todo ello dificulta la política. Soy muy empático con las víctimas y creo que estas deben conocer la verdad, pero no estoy seguro de que los tribunales sean el mejor sitio para ello. En ese sentido soy favorable al Gobierno, solo que creo que lo hicieron de la peor de las maneras, planteándolo solo para los soldados. Ahora están intentado remediarlo hablando con el Gobierno de Dublin y los partidos.

¿No cree que el problema es que parece que solo se defienden los intereses de los soldados británicos y no, por ejemplo, los de la familia de Pat Finucane?

Es esa falta de equilibrio lo que dificulta todo. Es de nuevo la idea de volar con solo un ala. En Irlanda del Norte eso no va a funcionar, siempre debe ser con las dos alas, con las dos partes. Hay que lograr que las víctimas se sientan cómodas con ello. De no ser así, se pondrán en contra, y los tribunales no son el lugar para este proceso. Aun siendo favorable al objetivo del Gobierno, no es fácil que en Irlanda confíen, por cómo lo han hecho.

«Creo que en relación a las cuestiones de víctimas, presos y exiliados en algún momento debe haber un diálogo político para avanzar»

De vuelta a Euskal Herria, hasta ahora no ha habido avances sustanciales en el tema de los presos. En estos años cinco de ellos han muerto en sus celdas y hay cerca de 200 militantes de ETA en prisión. Sin solucionar este tema, ¿es realista una paz duradera?

Creo que este es un auténtico problema en el País Vasco. Es un problema que en Irlanda gestionamos estableciendo ese límite de dos años en el Acuerdo de Viernes Santo, que en realidad es como una amnistía, porque vas a liberar a toda esa gente tras dos años, haya hecho lo que haya hecho. Esto no fue muy satisfactorio, pero al menos evitó problemas.

En Colombia se ha conseguido afrontarlo a través de este sistema especial de la justicia transicional. No digo que sea perfecto, porque queda mucho por hacer, pero creo que es algo que habrá que implementar, ese tipo de justicia transicional, porque es una manera de gestionar la cuestión de los presos.

Las personalidades que participaron en la Conferencia Internacional de Paz de Aiete. (Raúl Bogajo / FOKU)
Las personalidades que participaron en la Conferencia Internacional de Paz de Aiete. (Raúl Bogajo / FOKU)

En la cuestión de las víctimas, recientemente ha habido una campaña contra unas de ellas por haber participado en un programa de reconciliación. Otras siguen sin estar reconocidas. Desde su experiencia, ¿qué se debería hacer en este terreno?

En el caso vasco falta un proceso de reconciliación propiamente dicho. Ha habido algunos intentos particulares, muy conmovedores, por reunir a víctimas y victimarios, y eso puede ayudar. En Irlanda también hubo algunas experiencias que fueron bien. Pero no hemos logrado que formen parte de una reconciliación más general.

Es un problema muy común. Por eso la justicia transicional se ha convertido en una cuestión tan vital. Y eso que a mí me preocupa que se concentre todo en la justicia transicional y no se piense tanto en la paz, porque ambas tiene que ir juntas para avanzar. Es importante que al resolver los problemas de las víctimas del pasado no se generen nuevas víctimas en el futuro.

Los intentos particulares en favor de la reconciliación en Euskal Herria deben ser valorados y promovidos, pero sería mejor un proceso más general de reconciliación. Ahora que ha pasado un tiempo y una generación nueva está creciendo sin esa experiencia del conflicto, creo que debería ser posible. Cualquier proceso de paz, incluido el vasco, en algún momento debe afrontar la reconciliación, de no ser así esa amargura regresará y generará problemas más tarde.

Para una justicia transicional, necesitas que ambas partes estén sujetas a ella, si no es de nuevo volar con una sola ala. Aquí una parte tiene total impunidad, por ejemplo los torturadores de más de 5.000 personas. ¿Cómo gestionar ese dilema entre pedir justicia y ser constructivos?

Mirando al caso colombiano, además de la gente de las FARC, están los falsos positivos, los paramilitares… Claro que tiene que haber un equilibrio para que funcione. Pero creo que los tribunales no son el mejor sitio para gestionar todo esto. En el caso de la tortura, el daño está hecho y tiene que ser abordado. Si logras tener una discusión equilibrada sobre el daño de ambas partes, lo que estás intentado es quitar ese dolor de en medio para que no se reproduzca en el futuro. Eliminar ese dolor es algo así como un psicoanálisis colectivo, y creo que un proceso de reconciliación es lo que permite hacer eso. No es fácil porque el dolor está ahí y es profundo.

Se puede ver en la serie de Netflix [se entiende que se refiere a “Patria”] sobre la lucha vasca, realizada sobre todo desde el punto de vista de la Guardia Civil. Ahí se puede ver el odio y el dolor de las víctimas de ambas partes. Si quiere avanzar, debes llevar eso a un debate equilibrado, creo.

«El consentimiento establece que en democracia un pueblo no puede ser gobernado en el largo plazo en contra de su voluntad. Ese es el problema en Catalunya y creo que será el nudo de cualquier negociación»

En Catalunya se vio que los mantras que Madrid usaba en Euskal Herria eran falacias, como que el problema era la violencia. ¿Tratar toda disidencia como «terrorismo» no enquista los conflictos?

Es muy positivo que no haya habido ninguna violencia en Catalunya. Hubo algo de violencia en el referéndum y posteriormente, pero por suerte nunca ha ido a más. Creo que seguirá así, porque la violencia no ha ayudado a resolver estos problemas.
Para mí la idea clave es el consentimiento. El Acuerdo de Viernes Santo se basa en eso. Los republicanos aceptaron que el estatus de Irlanda del Norte no se puede cambiar sin el consentimiento de las personas de Irlanda del Norte. A cambio, se tomaron medidas sobre el reparto del poder, el gaélico, la protección de derechos humanos… es decir, no era de un solo lado, pero el consentimiento debía darse. Algo parecido ocurre con Escocia. En el largo plazo, es imposible pensar que el Gobierno del Reino Unido pueda insistir en que Escocia siga dentro si una mayoría quiere irse. Al final, el consentimiento establece que en democracia un pueblo no puede ser gobernado en el largo plazo en contra de su voluntad. Ese es el problema en Catalunya, y la cuestión es si hay una mayoría en favor de la independencia, que es algo que varía. Pero al final, la cuestión central es la del consentimiento. Ese creo que será el nudo de cualquier negociación.

¿Un acuerdo debe recoger constitucionalmente o legalmente ese consentimiento?

Por supuesto, no me corresponde a mí, de ninguna manera, decir qué deberían hacer los gobiernos español y catalán. Lo que sí puedo es hablar de aquello que conozco, que es Irlanda del Norte y Escocia. Nosotros no podemos retener a una parte del Reino Unido si su gente no quiere ser parte del Reino Unido. Esto es fundamental para nuestra forma de encarar la vida, es sobre lo que versa la democracia. Por lo tanto, era crucial que el Acuerdo de Viernes Santo tuviese una disposición que permitiese que esa visión de la mayoría se pudiese expresar. Esa es la disposición sobre la frontera. Entonces estaba claro que no había una mayoría que apoyase la unidad de Irlanda. Ahora eso está cambiando y es por dos razones. Por un lado, porque la población católica está creciendo y es probable que dentro de poco ya haya más católicos que protestantes. Por otro, el Brexit ha provocado que haya gente que no apoye más el proyecto del Reino Unido y sí el de una Irlanda unida. Aún no hay una mayoría en favor de una Irlanda unida, pero todo va en esa dirección.

Es complicado, porque tendremos que votar cuando el secretario de Estado crea que existe esa mayoría. ¿Sobre qué base? ¿Una encuesta, encuestas durante seis meses…? ¿Cómo de amplia debe ser esa mayoría? Además, se trata de un acuerdo internacional, así que afecta a nivel nacional e internacional. Entonces, ¿qué pasa si haces el referéndum y el resultado es 52% frente a 48%, como con el Brexit? ¿Qué va a pasar con ese 48% que no quiere una Irlanda unida? Es decir, lo que hicimos en Irlanda del Norte no garantiza que no vaya a ser otra fuente de problemas en el futuro, porque es un tema complejo. Pero creo que contempla la cuestión principal del consentimiento, que es que ninguna democracia puede gobernar sobre aquellos que no quieren ser gobernados por ese estado. La cuestión es cómo se decide esto, pero al final se debe abordar.

Lo mismo sirve para Escocia. El Gobierno tory está diciendo a los escoceses que no pueden tener un referéndum cuando una mayoría dice que quiere ese referéndum, es lo que han dicho en unas elecciones y las encuestas marcan esa mayoría. Es difícil de sostener, porque creo que el consentimiento es el elemento clave de la política en el Reino Unido. Este es un debate que también se da en otros sitios del mundo. En ningún caso puedo yo decir qué deben hacer ni las autoridades españolas ni los partidos catalanes, pero sí puedo decir que el consentimiento es un tema central sobre el que la gente debe reflexionar.

Usted estaba en Downing Street cuando se declaró «la guerra contra el terrorismo». 20 años después y con los talibanes en el poder en Kabul de nuevo, ¿cómo evalúa aquella estrategia?

Esencialmente, creo que cometimos muchos errores, y que veinte años es tiempo suficiente como para parar y pensar cuáles fueron esos errores y qué hemos aprendido de cara al futuro. No pienso, por ejemplo, que no se deba intervenir nunca ante un desastre humanitario. Había que hacer algo en Ruanda o en Siria. Pero las cosas que hicimos en Libia, en Irak y en Afganistán las hicimos de la manera equivocada, de varias maneras equivocadas.

Quiero concentrarme en un problema particular que considero relevante. Cometimos un error clásico en 2001, pensando solo en términos de justicia, cuando expulsamos a los talibanes, y en ese tiempo, entre 2001 y 2004, cuando los talibanes vinieron pidiendo participar en el proceso político, cometimos el tremendo error, tremendo, de no incluir a los talibanes en las negociaciones sobre el futuro del país. Si hubiésemos tenido un debate inclusivo sobre el futuro de Afganistán, habríamos tenido más opciones para situar las cosas mejor en el medio plazo, no tener una guerra civil… Pero lo volvimos a hacer en 2008. Podía haber una negociación con los talibanes para lograr un acuerdo duradero y dijimos no. Dijimos, «este grupo no acepta los derechos de las mujeres», y no vamos a negociar con ellos. Cuando más tarde comenzaron las negociaciones con ellos, las negociaciones fueron muy transaccionales, sobre liberar a los rehenes, no sobre cuestiones políticas. Con Trump las negociaciones comenzaron muy tarde y en realidad eran una excusa para irse, no eran una negociación de verdad. Y Biden asumió que salían sin condiciones, diciendo «nos vamos, de todas formas», lo que hace que tampoco fuese una negociación.

Y ahora, yo creo que los talibanes quizás estén cometiendo el mismo error que nosotros hicimos en 2001: tenían la oportunidad de formar un gobierno incluyendo tayicos, uzbekos y hazaras, incluir mujeres, personas de clase media, urbanas… y no lo han hecho, han nombrado un gobierno talibán. Si persisten en ello, y no estoy seguro de que vaya a ser así, si dicen «ahora el poder es nuestro», van a fracasar.

Quizás este equivocado, pero pienso que tienes que hacer un proceso incluyente, y que si no lo haces, no vas a tener una paz duradera. Es un error que nosotros cometimos en Irlanda del Norte. Siempre que excluimos a los republicanos, fallamos.

No sé si vale para todos los sitios, pero creo que quizás sí: si no tienes un proceso inclusivo, sin excluir a nadie, incluso a esa gente que no soportas, a la que llamas «terroristas», no tendrás un acuerdo duradero. No deberíamos seguir otros veinte años cometiendo los mismos errores.

Esta perspectiva tiene implicaciones en los derechos humanos…

Que crea en procesos inclusivos no quiere decir que renuncie a los derechos humanos o a la democracia. De eso trata la negociación. Negociamos con el Sinn Féin y no aceptamos la tesis de una Irlanda unida por encima de lo que piense la gente, no es posible. Solo porque negocies no quiere decir que renuncies a tus principios o a valores esenciales. Eso es por lo que la negociación es difícil, porque se tienen diferentes visiones por ejemplo sobre cómo debe funcionar una democracia. Pero eso no quita para que intentes un proceso inclusivo con todo el mundo negociando. Si no lo haces, el riesgo es que el conflicto vuelva otra vez.

«En mi primera comparecencia pública, antes de Aiete, me dijeron: 'No lo entiendes, el IRA son terroristas buenos y ETA son terroristas malos'. No es el caso»

Ha pasado de ser parte de un conflicto a ayudar a otros a resolverlos. ¿Qué le empujó a ello?

Me resulta irritante que como sistemas políticos tendemos a no aprender. Cada vez que nos encontramos con un «grupo terrorista», como los llamamos, solemos decir «esto es completamente diferente, esta vez vamos a derrotar a este grupo terrorista». Le ocurrió a Lloyd George, que dijo que nunca hablaría con el IRA y a los tres años ya estaba negociando con Michael Collins. Cuando hice esa rueda de prensa antes de Aiete, me dijeron: «No lo entiendes, el IRA son terroristas buenos y ETA son terroristas malos». No es el caso.

He aprendido de experiencias amargas que puedes pensar que un grupo no te gusta nada y que excluyéndolos puedes construir un proceso con la gente que te gusta, pero no funciona. No lo hizo en Irak, ni en Afganistán, ni en Irlanda… Eso es lo que aprendí de estas experiencias y me preocupa que nunca lo recordemos.

Julio del 2014, Jonathan Powell y Martin McGuinness llegan a Loiu en una visita para abordar con diferentes agentes la situación del proceso. (Luis JAUREGIALTZO / FOKU)
Julio del 2014, Jonathan Powell y Martin McGuinness llegan a Loiu en una visita para abordar con diferentes agentes la situación del proceso. (Luis JAUREGIALTZO / FOKU)

Usted proviene del «establishment». ¿Cómo ha logrado que los rebeldes confíen en usted?

Tienes que ganártelo. Tienes que demostrar que estás comprometido para lograr un acuerdo y llegar hasta el final. ¿Conoce la historia de cuando conocí a Martin McGuinness y Gerry Adams? Rechace darles la mano, porque habían tratado de matar a mi padre y a mi hermano, así que no era un amigo. Entonces me reuní con Martin en Derry, me dieron vueltas en un taxi y me llevaron a una casa, no sabía dónde estaba ni qué podía ocurrir. No logramos nada en esa reunión, pero construimos algo de confianza, y esta fue creciendo en los siguientes diez años. Lo mismo con Gerry. Una vez llevábamos todo el día negociando, un día largo y duro, y recuerdo que me dijo: «Cuando mientes te sonrojas». Tiene algo de genialidad el conseguir un acuerdo que funcione. No existe la magia, pero si vas a trabajar en estos conflictos, tienes que confiar, convencer a la gente de que estás genuinamente involucrado en la solución, que no tienes otro tipo de agenda. Y eso es de lo que yo podía ser sospechoso, con razón, y he tenido que demostrar que no era el caso.

Todo sobre Aiete eta ETAren erabakitik 10 urte