
Cuando a consecuencia de una crisis económica o del estallido de una burbuja especulativa, la economía de un país se enfrenta a una gran deuda, varios son los caminos que tiene que recorrer para resolver la situación, aunque en el fondo todas las posibilidades se reducen a dos: que la riqueza del país crezca más rápido que la deuda, o que la deuda se reduzca, bien de una manera paulatina o drástica. Veamos las posibles alternativas.
En relación con el primer camino, llevarlo a cabo suele resultar tremendamente difícil. Después de una crisis, la riqueza de un país no suele crecer, por lo menos hasta que no resuelva los problemas que han generado la caída de la producción. Y en el caso de que la crisis tenga un carácter especulativo, el tiempo que se necesita para superar el bache es todavía mucho mayor. Eso es lo que ha ocurrido en el Estado, de modo que hará falta bastante tiempo para que se genere riqueza a un ritmo mayor al que crece la deuda.
Descartada la posibilidad de que la riqueza crezca más rápido que la deuda, queda la alternativa de reducir la deuda. Y eso se puede hacer de diferentes maneras:
-Devaluando la moneda. Sirve si las deudas están nominadas en la moneda que se devalúa. Si las deudas son por ejemplo en yenes y se devalúa el euro, no sirve, las deudas siguen teniendo el mismo valor. La devaluación tiene también el efecto de incentivar las exportaciones, al ser más barato lo que se produce en el interior, y a mismo tiempo frenar las importaciones, al encarecerlas, con lo que el país en su conjunto puede generar más recursos para devolver la deuda. La devaluación afecta a aquellas personas que tienen propiedades del tipo que sean en el país, porque automáticamente pierden parte de su valor. Estando dentro de la zona euro, la decisión de devaluar la moneda correspondería a las instituciones europeas, que no la contemplan ni como posibilidad.
-Imprimiendo dinero. El banco central de cualquier país con moneda propia tiene a su alcance varios instrumentos para aumentar o disminuir la cantidad del dinero en circulación. Si la cantidad de dinero aumenta es bastante probable que la inflación aumente rápidamente. Un aumento general de los precios devalúa el valor de las deudas, el nominal no cambia, cien siguen siendo cien, pero lo que se puede comprar con cien puede ser mucho menos por el aumento de los precios. El problema es que la inflación afecta a toda la población y especialmente a aquellas personas que cobran pensiones u otras prestaciones; en menor medida afecta a aquellas que trabajan porque están en posición de luchar por aumentos de salarios; por último, afecta muy poco a los propietarios de bienes que simplemente actualizan su valor a la inflación. Teniendo al Banco Central Europeo al mando de la moneda única esta es una posibilidad que tampoco se contempla.
-Reestructurando la deuda. Esto significa que el deudor, sea una empresa privada o un estado, asume que no va a poder pagar la deuda y negocia con los acreedores la forma de devolver al menos parte de la misma. En estos casos, el deudor y el acreedor pueden acordar la quita de una parte de la deuda, un periodo más largo para la devolución, un periodo de carencia, etc. En ese caso, se aligera el peso que tiene la deuda sobre la economía, proporcionando un respiro para reorganizar su actividad económica, lo que se puede traducir en un menor impacto en la población. El problema es que esta vía se ensaya después de haber intentado devolver las deudas. Cuando se hace patente que no va a ser posible la situación suele estar ya muy deteriorada. Este es de algún modo el camino que se tomo con Grecia el año pasado cuando se canjeó la deuda antigua por nueva deuda con un descuento de hasta el 53%. Este es el mismo camino que antes siguieron otros países como por ejemplo Argentina. Y posiblemente este sea el camino que tenga que seguir el Estado Español en un futuro próximo: después de haber agotado todas las fuerzas en el intento de devolver la deuda: desistir y renegociarla.
-Liquidando las empresas e instituciones quebradas. En este caso las autoridades, sin esperar a ver qué dicen los acreedores toman en sus manos el control de la situación y actúan enérgicamente desde el primer momento. En vez de intentar sostener una situación insostenible, el Gobierno asume la gestión de las instituciones en bancarrota y procede a una liquidación ordenada de las mismas. De esta forma, aquellos que habían invertido pierden todo o parte de sus inversiones, en función de los bienes que tenga la institución quebrada. Se hacen patentes las pérdidas desde el primer momento para todo el mundo y se evita que el agujero vaya pasando del ámbito privado al público y termine por convertirse en deuda pública. Una vez que las pérdidas son claras y las deudas que quedan también, la actividad económica se suele recuperar con rapidez. Eso sí, los acreedores suelen perder mucho y no suelen ser partidarios de financiar a esos países inmediatamente después. Este es el camino adoptado por Islandia y que hay que adoptar en los primeros momentos. Después, es demasiado tarde.

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