Con motivo de una campaña contra el dopaje en el aniversario de la carrera, el velocista canadiense ha pisado la línea de salida del coliseo olímpico de la capital surcoreana y ha llevado a cabo un paseo simbólico hasta la meta a la misma hora en la que comenzó la tristemente célebre final de 1988.
El 24 de setiembre de aquel año Johnson se impuso al estadounidense Carl Lewis y marcó un nuevo récord mundial al parar el crono en los 9,79 segundos, pero le fueron arrebatados tanto el oro como la marca cuando el control antidopaje reveló que el ganador había consumido estanozolol, un tipo de esteroides.
Así comenzó un proceso ruinoso para este atleta nacido en Falmouth (Jamaica) hace 51 años y que emigró a los 14 con su madre y seis hermanos a Canadá. Un cambio brusco para un chico de carácter difícil que pasó del clima tropical de su país de origen al frío de Ontario.
El corredor reapareció en las pistas tres años después del escándalo, en 1991, pero volvió a ser sancionado por dopaje, esta vez a perpetuidad, en 1993. «Veinticinco años después, todavía estoy siendo castigado por lo que hice», ha lamentado Johnson.
Aquel escándalo sirvió para abrir una investigación judicial y el cambio de normativas en la Federación Internacional de Atletismo (IAAF), que le sancionó de por vida y le eliminó el historial. Para dicho organismo Ben Johnson nunca ganó nada y la mejor marca reflejada en su palmarés es de 10.14 en 100 metros, registro que nunca le hubiese llevado a ningún lugar destacado en el atletismo mundial.
La final de 1988 ha pasado a los anales del atletismo como «la carrera más sucia de la historia» después de que cuatro de los otros siete finalistas, Carl Lewis, Linford Christie, Dennis Mitchell y Desai Williams, se vieran involucrados en diversos escándalos de dopaje.

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