Agustín GOIKOETXEA
Entrevista
Anxo Ferreiro Currás
HISTORIADOR

«Hasta el punto más lejano llegó el brazo de la represión de Franco»

Su conocimiento de la realidad de la Iglesia católica durante los oscuros años del franquismo, en los que sufrió la represión siendo cura, llevan a este gallego afincado en Madrid, que colgó los hábitos en 1992, a escribir ``Consejos de guerra contra el clero vasco (1936-1944)-La Iglesia Vasca vencida''.

¿Cuáles fueron las causas principales para que los golpistas atacaran con tanta virulencia a la Iglesia vasca?

La razón es muy simple aunque excepcional, porque si los golpistas tuvieron a la Iglesia española plenamente a su favor, no fue así con la mayor parte de la Iglesia vasca, que defendió la República y la democracia. Destacó un número importante de curas «sociales», que defendían a la clase trabajadora, llamados así porque seguían la doctrina social de la Iglesia, entre los que sobresalían Alberto Onaindia y José Aristimuño. Además, obedecieron y apoyaron al Gobierno Vasco, porque ellos no claudicaron con la doctrina cristiana que exige acatar las leyes y obedecer a la autoridad legítima. Es importante añadir que esta doctrina la habían firmado todos los obispos en 1931 y que luego la quebrantaron. La Iglesia vasca se significó también como defensora de su pueblo, lengua y costumbres, y esto les trajo persecución por el mito del delito del contubernio rojo-separatista. Si a esto sumamos la bendición plena de la jerarquía de la Iglesia católica española y del Vaticano, con alguna excepción, las fuerzas militares llamadas «liberadoras» entraron en el País Vasco hasta el extermino total de esta Iglesia. Tuvieron prisa, porque era un mal ejemplo para ellos como «defensores de la Religión». Hay que decir que la Iglesia vasca tuvo las iglesias abiertas a los fieles durante el tiempo de guerra.

¿Llaman la atención los ataques a curas navarros por parte de los requetés?

Navarra fue cuna del golpe militar, ya que lo estaban tramando los requetés desde el momento del nacimiento de la República. En julio de 1936 estaban el general Mola, el cardenal Gomá y un clero fanático del tradicionalismo y el requeté. Hubo curas, sin embargo, comprometidos con el pueblo; unos pocos asesinados, varios muy perseguidos y otros exiliados a tiempo que se libraron del extermino.

Aunque resulta difícil cuantificar, ¿cuántos fueron los represaliados?

Diecisiete sacerdotes asesinados -tres de ellos eran navarros-, 132 procesados, tres condenados a muerte no ejecutados -hubo más pero son posteriores al periodo 1936-1944-, veinte condenados a cadena perpetua, 57 condenados a diversas penas desde meses hasta 20 años... Y casi todos los procesados absueltos eran desterrados, obligados a ejercer de cura fuera de Euskadi. El haber tenido simpatías con el nacionalismo o con el Gobierno Vasco, haber sido lector de ``Euzkadi'', era suficiente razón para no dejarle volver a ejercer en las parroquias vascas. Otros muchos, en un número superior a 800, se fueron exiliando, muchos de ellos huidos de las garras fascistas.

¿Fueron muchos los religiosos que se pusieron del lado de los sublevados?

Indudablemente a partir de la entrada de los sublevados en Bilbao, todos los que habían claramente defendido o acatado la autoridad legítima del Gobierno Vasco habían huido o, la mayoría, fueron procesados. Según los documentos que constan en el libro, fueron muy pocos los que se declararon entusiastas de la victoria de los sublevados: el padre prior del convento del Karmelo de Begoña de Bilbao y algunos otros que aparecen como testigos contra los compañeros acusados de separatistas. En varios casos, sin embargo, habría que disculparlos de esa actitud si aplicamos la cautela del miedo ante el interrogatorio del juez instructor. En esas circunstancias es peligroso culpabilizar a las víctimas que claudicaron ante el opresor. Una de las preguntas del juez instructor dirigida a todos los encausados era si había sido perseguido por las autoridades rojo-separatistas. La respuesta general era negativa, «claro signo de su colaboración con el contubernio».

¿Cómo reaccionó la jerarquía de la Iglesia? ¿Hubo alguna autoridad eclesial castigada?

Los obispos en general, con el cardenal Gomá al frente como un general golpista más, colaboraron plenamente en la guerra contra la República, pero hubo algunos que firmaron a la fuerza la pastoral conjunta y seis que no. Los más famosos fueron el obispo de Gasteiz, Mateo Mújica Urrestarazu, que fue expulsado a Roma, donde el Vaticano le impuso guardar silencio; y el cardenal Vidal i Barraquer, arzobispo de Tarragona.

Los miembros de la curia de Gasteiz, cuya diócesis abarcaba las tres provincias, fueron destituidos y las nuevas autoridades políticas impusieron nuevos nombramientos contra la voluntad de su pastor. El vicario de la zona de Bilbao, Ramón Galbarriatu, nombrado por el obispo Mújica, fue sometido a interrogatorio, convertido a la fuerza. Murió en la reclusión atenuada de su domicilio.

Mújica, que sufrió graves contradicciones en su comportamiento, al principio favorable a los golpistas, pronto se dio cuenta del abuso de las persecuciones atroces contra los nacionalistas y todos los que no defendían a los «nacionales». Una vez que se sintió libre de la imposición del silencio, desde el extranjero denunció «con asombro y terror los asesinatos de Navarra y País Vasco. Aun así no podíamos pensar que los que venían a hacer la guerra por la alta causa de la Religión habían de manchar sus espadas con sangre de ungidos del Señor, nuestros muy amados sacerdotes de la diócesis».

Tras la guerra, ¿la persecución continuó?

El libro desarrolla un recorrido de estos sacerdotes encarcelados, desterrados y exiliados. Hasta 1944 queda clara la dura persecución. Se ve como este clero sufrió hasta el exterminio. De ese abatimiento, siempre surgió la luz que les iluminaba, el compromiso de seguir luchando contra el opresor. En el extranjero y en el interior circularon escritos y las revistas ``Anayak'' y ``Egiz'', que seguían manteniendo el espíritu de fraternidad en la lucha por la dignidad de su pueblo y de las personas, animados por Alberto de Onaindia con sus escritos y sus charlas radiofónicas.

¿En qué prisiones se les encarceló? ¿Recibieron un trato diferente al de otros represaliados?

Comenzamos por la cárcel-convento del Karmelo de Begoña, como prisión preventiva. Otros utilizaron también las cárceles provinciales. Al grupo de 38 capellanes de gudaris les quedó grabada la de Dueso, en la localidad cántabra de Santoña, donde fueron juzgados. Luego todos peregrinaron por la alavesa de Nanclares de la Oca y la palentina de Dueñas para terminar en la sevillana de Carmona.

El trato fue humillante tanto física como sicológicamente. Tres veces al día cantaban el «Cara al sol», el himno con letra de Pemán y el del requeté con el brazo levantado. Las condiciones físicas de las cárceles de Dueñas y Carmona eran especialmente degradantes. La prisión sevillana había sido clausurada por la República y Franco la reabrió para estos sacerdotes. Aquí intervino en su defensa el cardenal Segura, monárquico pero antifascista. Gracias a él pudo llegar algo de dignidad a aquella prisión. Este cardenal sería posteriormente destituido. Hubo noticias, incluso versiones actuales, de que estos curas gozaban de «prisión-hotel» por privilegio de Franco.

Los datos de los que pudieron exiliarse son llamativos.

Hubo un número muy numeroso de clero de órdenes religiosas y secular que tuvieron o pudieron exiliarse, pero hasta el punto más lejano del planeta llegaba el brazo de la represión de Franco a través del nuncio o del general correspondiente de las órdenes religiosas. Al celebrar alguna misa u honra a las víctimas del franquismo, o fiestas nacionalistas, eran puntualmente destituidos o les obligaban a regresar. Es digno de citar el prepósito de la Compañía de Jesús, el padre Ledochowski, admirador de Franco, que colaboraba con la embajada española contra cualquier jesuita del mundo que se atreviese a hacer campaña antiespañola. En el libro, cito la emocionante huida de 36 capellanes de gudaris que narran Domingo Onaindia y Tiburcio Izpizua.

También se empleó la deportación, ¿quiénes la sufrieron? ¿Cuáles fueron sus destinos?

Los exiliados que pudieron escapar a Iparralde tuvieron una cálida acogida por parte de la Iglesia local, sobre todo por el prelado de Dax, monseñor Matuhieu. Muchos de estos refugiados tuvieron que huir a Gran Bretaña y América ante la invasión nazi. Además de los exiliados, estaban los desterrados. Se llamaba así a quienes eran expulsados del País Vasco a otras diócesis de España; no eran «dignos» de permanecer en sus parroquias, donde comenzaba a construirse una «Nueva España», según la imposición de las nuevas autoridades.

Los presos que creían que al salir de las cárceles eran ya libres para volver a sus pueblos, se sentían de nuevo bajo el control del régimen al ser conducidos por la Guardia Civil o los policías al destino que por orden expresa de Franco les tenían previsto. Los dos expresamente designados por el dictador para esa labor fueron Serrano Súñer, ministro de Gobernación, y monseñor Lauzirica Torralba -el sustituto de Mateo Mújica-, que en la toma de posesión no hizo mención alguna de su antecesor. Los dos, digo, de común acuerdo, les destinaban a otras diócesis con la consigna de exterminar toda raíz vasca.

«Mi relación con el clero vasco se inició en Zamora

Sorprende cómo un gallego es capaz de profundizar hasta tal extremo en la represión contra el clero vasco.

En primer lugar, tengo que confesar que estuve ligado al País Vasco en aquellos años finales de la década de los sesenta y setenta; era de donde recibíamos la información clandestina, en especial del clero, desde aquellos tiempos de protesta en el encierro del seminario de Derio; antes, sus denuncias claras y arriesgadas en 1951 o 1960 contra aquella represión tan dura y tan prolongada del régimen franquista, con denuncias de la tortura, cárceles y abusos de la connivencia de Franco con la jerarquía eclesiástica. Luego, por la intimidad que entablo con clero preso en la cárcel de Zamora, siendo lazo de unión Vicente Couce, compañero de Ferrol que compartió allí prisión

Además de seguir con cierta precisión la historia del País Vasco, estaba con el capítulo del Clero Vasco en el trabajo de Curas Republicanos. El capítulo se prolongó tanto que formó este libro, cuyo contenido principal es lo referente a consejos de guerra guardados en el Archivo Militar Intermedio de Ferrol, mi ciudad de adopción. Comprenderá que hay razones afectivas y técnicas suficientes para que este gallego haga este humilde trabajo añadiendo un granito de arena a otros importantes trabajos. A.G.