Miguel-Javier Urmeneta fue a la vez un hombre sensible al arte y a la tierra; siempre a mano para ayudar, fuese en el inicio de las ikastolas o en cualquier acto cultural. Paseante de la vieja Iruña con su amigo Arrarás, una vez jubilado; eran amigos desde que veraneaban de niños en Leitza y cada vez que me encontraba con ellos siempre quedaban para contar más y más cosas.
En estos últimos tiempos se ha escrito, polemizado e historiado mucho y de muchas maneras sobre la vida, los cargos y las aportaciones de Miguel-Javier Urmeneta a la sociedad navarra y a Pamplona. Yo no voy a polemizar por lo menos en esta confusión provocada interesadamente sobre el tema de la industrialización de Navarra, que ni fue iniciada por Huarte y Urmenta ni desarrollada solo por ellos y que correspondió en buena parte al efecto de la época. Quiero dejar claro que he aportado algún dato importante a una biografía aún inédita de Miguel-Javier Urmeneta.
Mi testimonio es que en tiempos de la pseudo-reforma democrática a Miguel-Javier Urmeneta se le ofreció el cargo de delegado de gobierno de las cuatro provincias vasco-navarras. La oferta le venía de Gutierrez Mellado –es una persona de ambas partes, decía–. Miguel-Javier nos reunió a tres personas, hablamos con las fuerzas de la oposición y nos reunimos clandestinamente por ejemplo en los Capuchimos de Donostia. Eran 1975-76 y mientras algunos se vendieron por la propia legalización, olvidando la ilegalidad de otros y prostituyeron así la idea de ruptura, Miguel-Javier Urmeneta condicionó la aceptación del cargo “si no se garantizaba la amnistía de todos los presos políticos" y no lo aceptó. Luego se metió en la torpe aventura del FNI, que tuvo que pagar de su bolsillo y fue aniquilado políticamente por los chaqueteros.
¿Habría aceptado Miguel-Javier Urmeneta una medalla de oro, tan excluyente que se ha dado a veces “para no dársela a Bernardo Estornés o para quitársela a Paco Echeberria? Nadie lo podrá saber nunca. Lo cierto que no le gustaban mucho los honores y cargos, pero sus dones eran tan profundos como sus contradicciones. También soy testigo de que otras entrañables personas de la cultura vasca han renunciado a medallas y honores, tanto en vida como después de morir. Quizá es lo hubiera hecho Miguel-Javier.

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