Andoni LUBAKI
Kurdistan Norte

Ciudadanos kurdos crean patrullas antiyihadistas en «territorio Erdogan»

Ante la masiva llegada de yihadistas extranjeros y las incursiones del Estado Islámico, voluntarios kurdos han creado las primeras patrullas antiyihadistas en la zona fronteriza con Kobane. Mal armados y equipados, afirman que su labor es más disuasoria que defensiva. GARA logró acceder a una de estas patrullas antes de que el Estado Islámico fuera expulsado de Kobane.

Orhan hace acopio de mantas gruesas de su casa, se despide de sus hermanos pequeños y se monta en el vehículo. Realiza una ronda por las calles de Suruç con su Renault 21 y, en cada parada, se sube algún hombre abrigado. Hace mucho frío en el sur de Turquía en esta época. Los kurdos de la zona han aprendido a abrigarse. Al llegar a las afueras de la ciudad fronteriza con Siria apagan las luces y se meten por caminos inundados por un barro rojizo que dificulta el avance del viejo coche de Orhan.

Es una noche sin luna llena y el vehículo se detiene varias veces. Sus ocupantes se bajan, discuten la dirección a tomar y prosiguen el camino. «Es tan peligroso encontrarse con los yihadistas como con los militares turcos», advierte Orhan, de unos 30 años. Asegura conocer a la perfección la zona, porque trabaja en ella cuidando el rebaño de ovejas de sus tíos y labrando la propiedad de unos poderosos capataces turcos.

«La guerra en Siria ha empeorado la situación. Los militares turcos ya no nos permiten pasar libremente con las ovejas por nuestras tierras. Dicen que es por seguridad, pero los kurdos sabemos que es mentira. Están intentando debilitar a la comunidad kurda de Turquía creyendo que así tendrán una posición más fuerte en las conversaciones de paz con el PKK. Se piensan que con ese tipo de restricciones presionaremos a nuestra propia gente. Pero los turcos no saben nada de nosotros. Tantos años vulnerando nuestros derechos y aún no se han dado cuenta de que no cederemos», remarca Orhan mientras hace un gesto de escupir.

Con el coche repleto de víveres, mantas y gente de toda índole avanzamos por pistas hasta llegar a un espacio donde aparcan el coche. Tras cerrar la puerta sigilosamente para no poner en alerta a los militares turcos, se adentran en el oscuro paisaje. «Detrás está Kobane», señala el «Mojtar» Morat, un hombre respetado que lidia en conflictos de la región. Nadie lo pone en duda; los ruidos de disparos, granadas y bombas lanzadas por los aviones estadounidenses lo certifican. El estruendo es cada vez mayor según nos acercamos al puesto de control donde los kurdos que viven en la parte de Turquía hacen guardia. «Lo hacemos porque no nos fiamos de los turcos; ni de su Policía ni de sus militares. Dejan pasar a yihadistas al amparo de la noche para que luchen contra nuestros hermanos y hermanas en territorio sirio», denuncia Abdulbah, un hombre mayor refugiado de Kobane. Asegura que «la guerra ha puesto a cada uno en su lugar. Quienes antes eran de poco fiar, los bandidos del pueblo, son los que están luchando con el Estado Islámico. Ahora sabemos muy bien de quién fiarnos y de quién no».

Ante los combates

De pronto, un enorme estallido ilumina la noche. Una potente bomba estalla dentro de las posiciones yihadistas. Acto seguido, disparos provenientes de las dos partes buscan al enemigo en las calles de Kobane.

«Están luchando muy fuerte esta noche. Cuando la lucha es tan intensa en este lado, no suele haber mucho movimiento. El paso de yihadistas se intensifica en la medida en que baja la intensidad de los combates. Es entonces cuando intentan acceder a territorio sirio. Nosotros tratamos de impedírselo. Hoy no creemos que encontremos nada, 150 peshmergas enviados por Barzani entrarán para ayudar al YPG en Kobane. Pero hay que estar atento, nunca sabes cuándo pueden intentar entrar desde este lado, pasar de un frente al otro pisando suelo turco o, incluso, escaparse de sus propios camaradas del EI. Atrapamos a un ciudadano sueco que intentó escapar del EI. No nos entendimos con él y decidimos entregarlo al PKK. Ellos deciden qué hacer con los que capturamos en nuestras patrullas nocturnas», explica Morat.

Le pregunto por la suerte que corren estos extranjeros en manos del PKK y me responde que «no los entregan a Turquía, pero tampoco es intención del PKK tener prisioneros de todo el mundo. Negocian con los países de origen de estos yihadistas arrepentidos utilizando los contactos que tiene la organización por todo el mundo».

«La gestión es bastante complicada, porque no podemos canjear a estos fugados por nuestros camaradas, ya que el EI no los quiere. Y Turquía, alegando con son meros turistas, libera sin demora a aquellos que apresamos tratando de cruzar la frontera para unirse al EI. Nosotros sabemos que no es así, si no, que me expliquen qué hace un noruego o un suizo corriendo por la noche hacia el alambrado que controlan los turcos y los del Estado Islámico», exclama.

Armas incautadas y caseras

Hoy están más a la expectativa de la entrada de los peshmergas por suelo turco. Orhan viene a nuestra posición y muestra una pistola. Se la quitaron a un yihadista cuando intentaba cruzar hacia Kobane. Lo interceptaron en suelo turco e, inmediatamente, se la requisaron. «¿Cómo ha podido un hombre indonesio portar una pistola en Turquía?», reflexiona en voz alta Morat. «Se la facilitaron en Turquía para defenderse de nosotros. Hay mucha gente que apoya al EI en Turquía. Sabemos que en Sanliurfa existen mafias pagadas por el EI para que roben, secuestren y ayuden a milicianos yihadistas en su camino hacia el campo de batalla. La mayoría entra por Akçakale, pero algunos lo intentan por aquí. Como los militares turcos hacen la vista gorda, esto se convierte en una especie de autopista para los yihadistas. Nosotros somos los únicos gendarmes de esta autopista», insiste Morat.

Pregunto por las armas que tienen. «Tenemos pocas y las tenemos que andar escondiendo porque como nos descubran los militares turcos nos encarcelan por años acusados de ser agentes del PKK. Están enterradas en el campo y son kalashnikov, que son las únicas que pueden aguantar enterradas y cargadas sin que se encasquillen», explica. Otra explosión llama la atención de la patrulla. «¡Hoy tampoco duerme Obama! ¡Gracias Obama», bromea Orhan. Los disparos y explosiones son continuos.

Alguna bala perdida silba por encima de nuestras cabezas. «Hay veces que nos han disparado y Turquía no es que no haya hecho nada sino que viene a intentar detenernos. Solo entonces escapamos. Son tan malos para los kurdos como los islamistas».

Tan pronto dice eso todos los integrantes de la patrulla echan cuerpo a tierra ante lo que parece ser un tanque «erizo». Todo el mundo permanece inmóvil hasta que el mayor del grupo, Abdullah, se levanta y asegura que «el turco ya no está».

«Estos grupos no tienen carácter defensivo. Los diseñamos a modo de instrumentos antiyihadistas», prosigue Morat. «Nuestra misión no es defendernos en la parte turca de ataques yihadistas, sino evitar que nuestros hermanos de Kobane tengan que preocuparse de su llegada desde este lado».

Tras preguntarle por el surgimiento de estos grupos, Morat aclara que ningún partido kurdo les incitó a hacerlo.

«El YPG no tiene nada que ver en la formación de este pequeño grupo. Muchos de nosotros, por no decir todos, simpatizamos con el PKK y el PÏD. Algunos, como es mi caso, hemos perdido a algún hermano, padre, tío o primo en la lucha contra el Estado turco. Pero te insisto que nadie, ni siquiera el PKK nos ha alentado para hacer esto que estamos haciendo. Las armas, las pocas que tenemos, las hemos conseguido o bien de casa como escopetas de nuestros abuelos que cazaban por esta zona o bien porque, como te he dicho antes, se las hemos quitado a un yihadista foráneo que intentaba cruzar al otro lado del vallado. No tenemos más que eso. El resto es más necesario en Kobane que aquí. Los yihadistas no nos atacarán, no pueden morder la mano de quien les da de comer; Turquía», dice Morat.

Peshmergas de Barzani

A lo lejos se aprecia una hilera de luces. Los integrantes del «batallón anti-yihadista» (como les gusta que se les llame) se sientan en unas mantas tendidas sobre el suelo. Sacan para mi asombro refrescos, pan de sésamo y pipas de girasol. «Son los peshmergas que manda Barzani desde el norte de Irak Están en suelo turco todavía escoltados por los soldados turcos. Los yihadistas no les pueden disparar. Cuando crucen la frontera empezará un enorme tiroteo, pero solo cuando crucen la frontera. Antes nada», dice Orhan mientras me pide la cámara con visor nocturno para poder contar los coches que cruzarán y decir a sus amigos la cantidad exacta. Hoy, por lo que me cuentan, no tendrán trabajo. Los integrantes del EI estarán ocupados en el frente interior y nadie pasará desde este lado de Turquía al otro.

Nos quedamos varias horas en el mismo sitio, agazapados, viendo el cruel espectáculo de la guerra. Los integrantes del «batallón anti-yihadista» celebran con júbilo cada mortero, cada disparo y cada granada que sale desde las posiciones kurdas del YPG. Aún celebran más las enormes explosiones que provocan las bombas de los aviones estadounidenses. Al grito de «¡Viva Obama!» festejan cada deflagración como si se tratara de un gol en un partido de fútbol.

«A una jornada de relativa calma, le suele seguir otra de mayor intensidad. Es como si los yihadistas tuvieran a su alcance un almacén repleto de armamento y soldados que no se acaba nunca», comenta Orhan.

Entre grito y grito, me explica que no saben cuánto tiempo más podrán aguantar sus amigos dentro y que lo único que les queda es defender en todo lo que puedan a sus camaradas «para que cuando tengamos nuestra propia nación esto no sea más que una pesadilla en la historia y podamos decir: ni el imperio turco ni los yihadistas pudieron con los kurdos de buena fe».