Ángel Ferrero
Atenas

Tsipras en Moscú

El autor analiza y critica la campaña mediática europea con motivo de la visita del primer ministro griego a Rusia. Su objetivo sería establecer en la opinión pública la falsa lógica de que pedir justicia social, como hace el gobierno griego, es hacerle el juego a Putin.

Cuando el avión de Alexis Tsipras despegó en Atenas, la tormenta arreciaba, y cuando aterrizó en Moscú se le unió un terremoto. Desde Atenas, y a sabiendas de que el encuentro no será bien visto en Bruselas, el ministro griego de Finanzas, Yanis Varoufakis, insistió en que «la solución a la crisis en la economía griega le concierne a la familia europea y debe encontrarse en el marco de la Unión Europea» Sin embargo, añadió, eso no excluye «fortalecer las relaciones con países fuera de la UE que tengan intereses comunes con Grecia y que quieran fortalecer la cooperación y dependencia mutua».

Mucha tinta se ha vertido a propósito de los objetivos declarados y no declarados de Tsipras en este viaje. La mayoría parece coincidir en que la ayuda financiera por parte de Rusia está descartada. Rusia lidia actualmente con sus propios problemas económicos, producto de la toxicidad de la crisis económica mundial, la caída de los precios del crudo y el impacto económico de las sanciones, además de las tensiones geopolíticas con Occidente en el pulso que libra con éste sobre Ucrania.

Además, existe el precedente de Chipre. El viaje a Moscú en 2013 del entonces ministro de Finanzas chipriota, Michael Sarris, para evitar el rescate financiero, quedó en nada. Hay incluso quien sostiene que el Kremlin se decantó en aquella ocasión por dejar caer a Chipre como caso ejemplarizante, para reforzar la idea de que la UE ha reducido la soberanía de los países miembros a extremos insoportables, y así, intentar «repatriar» de paso algunas de las fortunas en el extranjero y subordinarlas, una vez de vuelta a Rusia, a la vertical de poder.

Menos discutidos, aunque también presentes, han sido otros temas. Entre ellos algún tipo de relajamiento al veto ruso a la carne, frutas, hortalizas, pescado, queso y productos lácteos procedentes de la UE, aprobado como respuesta a las sanciones occidentales a Rusia y que afecta especialmente a las economías del sur de Europa. También la ampliación hasta Grecia del Blue Stream, el gasoducto que transporta gas natural desde Rusia a Turquía, y que permitiría al gobierno de Syriza negociar la compra de gas a precios subvencionados en lugar de a precios de mercado.

Y por supuesto, existe la opinión de que Tsipras en realidad no está sino haciendo uso de la «carta rusa» como medida de presión en las negociaciones con Bruselas, como parte de una red de alianzas y apoyos tácticos para mantener su gobierno a flote a la espera de que las elecciones en el Estado español, Portugal e Irlanda terminen con un vuelvo electoral a favor de la izquierda que permita a Atenas tener aliados dentro de la propia UE. Pero ¿hasta qué punto es creíble una amenaza si quien la profiere no está dispuesto a hacerla efectiva?

A lo largo de esta semana, y las próximas, saldremos de dudas. Lo que es seguro es que a lo largo de esta semana se repetirá la campaña de ataques y calumnias contra el gobierno griego, aprovechando en esta ocasión la imagen negativa de Rusia. El diario alemán Bild acusaba a Tsipras de “traicionar los valores europeos” y el rotativo tocó fondo en febrero cuando publicó un fotomontaje de Tsipras y Putin junto al titular “El ruso o el griego ¿cuál es más peligroso para nosotros?”. Pero también el semanario “Der Spiegel” publicó un artículo que describía al ministro de Exteriores griego, Nikos Kotzias, como un «marxista (…) con ideas prorrusas», en realidad una exageración: Kotzias había respaldado en el pasado el plan de diseñar un sistema de seguridad paneuropeo (incluyendo aspectos industriales y energéticos) que propuso a comienzos de los noventa el entonces presidente de la URSS, Mijaíl Gorbachov, y que la izquierda europea en general apoya. La prensa británica y estadounidense han intentado presentar a Kotzias como un intelectual próximo a las teorías de la Tercera Vía de Aleksandr Dugin, y al propio gobierno de coalición griego como una materialización de esas ideas, por el hecho de que Syriza se vio obligada a pactar con Griegos independientes (ANEL), de centro-derecha populista, el único partido que rechazaba las reformas de la Troika y con el que podía formar coalición.

Una columnista del británico The Guardian tachaba a comienzos de febrero a Tsipras de «tonto útil de Putin» y el diario británico The Times calificaba a Grecia por aquellas fechas de «caballo de Troya» de Rusia. Muchos de estos autores recurrieron como explicación a las discutibles teorías del politólogo estadounidense Samuel P. Huntington del «choque de civilizaciones» según el cual Grecia se alinearía en un «eje ortodoxo» encabezado por Rusia.

Cum hoc ergo propter hoc ('con esto, por tanto a causa de esto'): Grecia “debilita la unidad de Europa” –en algunos medios conservadores alemanes se habla incluso de «la solidaridad de Europa»– flirteando con una Rusia cada vez más agresiva. Esta idea, convenientemente repetida, tiene como meta establecer en la opinión pública la falsa lógica de que pedir justicia social, como hace el gobierno griego, es hacerle el juego a Putin. Un argumento muy parecido ya se utilizó el año de pasado contra la posibilidad de una Escocia independiente. Probablemente no sea la última que lo veamos. La visita de Tsipras a Moscú y el previsible linchamiento mediático son sólo un episodio de algo más grande.