
La formación del president Putin, Rodina (Patria), no hace ascos a esta adulación y es capaz de convocar congresos en suelo ruso en los que invita a lo más granado del neonazismo europeo. Eso mientras no duda en justificar su apoyo a los rebeldes del Donbass como una lucha contra el fascismo ucraniano.
Precisamente, el Frente Nacional, de Marine Le Pen, y el FPÖ austriaco, del finado Jörg Haider, fueron invitados hace un año como observadores del referéndum tras el que Crimea se anexionó a Rusia.
El Frente Nacional insiste en que tanto Crimea como el este de Ucrania son Rusia. Pero no se piense que se trata de un argumento histórico –que para muchos puede ser indiscutible– . La cuestión va más allá. Y nadie crea que el alineamiento con Moscú tiene algo que ver con la operación de lavado de la cara fascista del FN en la que está embarcada Marine Le Pen en su sueño hacia el Elíseo. Su padre, que acaba de ser objeto de un expediente disciplinario por sus exabruptos fascisto-colaboracionistas en una entrevista a un semanario ultra, incluyó entre sus propuestas la de un acercamiento a Rusia «para salvar a la Europa boreal y al mundo blanco».
Ante semejantes loas, no extraña que un banco ruso, el Czech Russian Bank, otorgara al Frente Nacional un préstamo electoral dee 9 millones de euros con el que los neofascistas franceses han podido sortear el boicot financiero francés. Marine Le Pen tilda de «delirante» establecer un nexo entre este préstamo y su apoyo a Putin.
Neofascistas en San Petersburgo
Quizás sea porque le coincidieron las elecciones municipales y cantonales francesas, concretamente la primera vuelta, pero el FN fue el gran ausente de un foro organizado por el partido de Putin (Rodina) el 21 de marzo en San Petersburgo.
Tampoco se le echó de menos con semejante lista de invitados, que incluyó a los neonazis griegos de Aurora Dorada, y a sus homólogos alemanes del NPD y británicos del BNP. El diputado neonazi alemán Udo Voigt, condenado en su día por ensalzar a Hitler como un gran hombre, se mostró «fascinado por la paciencia de Rusia y de Putin con la política agresiva de la OTAN».
Nick Griffin, antiguo dirigente del British National Party (BNP), saludó el foro en San Petersburgo como «un medio de resistir al modernismo y a la destrucción de los valores tradicionales, entre ellos el cristianismo, en el mundo actual».
También estuvo presente el grupo panbúlgaro, xenófobo y antiromaní Ataka, cuyo líder, Volen Siderov, lanzó desde Moscú su campaña para las europeas de 2014.
Pero si hay no un movimiento sino un gobierno que se ha alineado con Moscú es el de Hungría. El derechista y primer ministro Viktor Orban se ha convertido en el valedor de Putin en la UE.
No se piense con ello que Moscú no toca otros palos aún más a la derecha. El movimiento Jobbik, fundador de la neofascista Guardia Húngara, defiende el alineamiento total con Rusia y estuvo igualmente presente en la cumbre de la antigua Leningrado.
¿Cómo es posible que la nueva Rusia de Putin sea capaz de cultivar esas amistades en vísperas de la conmemoración, el 9 de mayo, de la victoria contra el régimen nazi de Adolf Hitler? ¿Y además en la antigua Leningrado, que resistió un sitio durante 900 días y dejó un millón de muertos?.
Los expertos coinciden en que Rusia está utilizando a estos partidos como caballos de Troya en su dura pugna con Occidente, visualizada con la crisis de Ucrania.
No hay duda de que funciona, en ambos sentidos, el axioma de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Si no no se entendería la condescendencia benévola para con Rusia de un partido tan british como el UKIP.
Pero hay algo más. Jean-Yves Camus, experto francés en movimientos de extrema derecha, habla de «comunidad de valores» entre estos y una Rusia, la de Putin, homófoba, tradicionalista y cada vez más centrada en valores cristianos ortodoxos. Unos y otros coinciden en este sentido en destacar la «decadencia de Europa».
El ala más a la derecha del Kremlin calcula que «está llegando una nueva Europa. Y hay que tejer relaciones con los que en el futuro tendrán algo que decir». En palabras de Fiodor Birukov, de Rodina, «este foro (el de San Petersburgo) es la primera piedra para fundar el nuevo mundo que estamos obligados a construir». Y lo dice él.

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