No conviene cantar victoria antes de tiempo, pero para los navarros, tanto tiempo denostados como ejemplo negativo de cerrazón política, resulta muy satisfactorio ver que en esta primera fase postelectoral todo fluye, todo es simplemente normal, cada partido actúa con responsabilidad y con lógica, se evitan sobreactuaciones, la decisión mayoritaria ciudadana se despliega con naturalidad. Así, no es tabú ni suscita escándalo la tesis de gobierno con hasta cuatro partidos dispuestos a llegar a consensos mínimos, lo que podría ocurrir de modo similar pero ni se plantea como hipótesis en muchas otras instituciones vascas. Tampoco es problema que a la cabeza estén Geroa Bai y EH Bildu; solo un escaño les separa en Parlamento y Ayuntamiento de Iruñea, pero ambos asumen el resultado del rival sin rastro de la pugna cainita por la hegemonía de latitudes cercanas. Más cosas; no se duda de que UPN debe ser desbancado, y no porque se trate del rival político sino porque sus gobiernos son sectarios, excluyentes y peligrosos para la convivencia (como el de Maroto, así que ¿por qué en Gasteiz no?). Podemos Navarra muestra que no ha logrado decenas de miles de votos y un buen puñado de electos para quedarse luego mirando al cielo que iba a asaltar, sino para mojarse efectivamente y ser izquierda transformadora. Y EH Bildu medita cómo compartir el amplio poder logrado en Iruñerria, sabedor de que acordar hoy es seguir avanzando mañana.
Nafarroa ha tardado mucho en superar los peores tics del pasado, qué duda cabe. Pero como esto salga bien, puede acabar siendo el reducto de lo que debería ser la política normal en Euskal Herria.

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