Mikel ZUBIMENDI

Corbyn arrasa y logra el apoyo más masivo de la historia del laborismo

En primera vuelta, con más del 59% de los votos y destrozando el registro de Blair de 1994, Jeremy Corbyn ha ganado las primarias del partido laborista. Su victoria se ha basado en un movimiento popular de base vibrante. No obstante, las voces de insumisión a su liderazgo y el espectro de una escisión en el laborismo se han hecho presentes.

Una victoria impresionante, abrumadora, sin precedentes, en los tres niveles del electorado (miembros del partido, miembros de organizaciones adscritas al partido y, previo pago de tres libras, los simpatizantes registrados), son muchos los calificativos que pueden darse a lo que ha logrado Jeremy Corbyn en las primarias del Partido Laborista. Con un sistema electoral que, aun con todos sus defectos flagrantes –entre ellos el del entrismo–, es mucho más democrático y vibrante que el de sus antecesores y la mayoría de los partidos de izquierda de Europa, Corbyn ha sido capaz de cambiar toda la dinámica del partido, de girar su centro gravitacional desde Westminster hacia la calle mediante la construcción de un movimiento de base popular, profesional y dinámico. Y, sin duda, su victoria supondrá una onda de choque que resonará en las élites británicas, en las corporaciones mediáticas y en el conjunto de fuerzas de la izquierda europea.

Tras haber entrado en la carrera por el liderazgo laborista en el último minuto, gracias al voto prestado de 15 parlamentarios que simplemente querían ampliar el debate, y con un «100 a 1» en las apuestas en su contra, la aplastante victoria de Corbyn tiene bastante de fenómeno revolucionario. No en vano, solo 20 de los 230 parlamentarios laboristas le apoyaban, los donantes y las grandes corporaciones de la comunicación lo repudiaron, Blair y todo el viejo aparato del partido lo atacaron sin piedad, intentaron ridiculizar sus propuestas, lo presentaron como un viejo rockero chiflado al que no se podía tener en cuenta y, a pesar de todo ello, o quizá también por ello, ha ganado como nunca antes lo había hecho ningún otro.

La inesperada y meteórica ascensión de Corbyn ha venido de la mano del apoyo masivo y unitario, de la revuelta de todos los excluidos del cálculo político de las élites. Su integridad política, su decencia personal y la autenticidad de alguien que durante toda su vida política y sus tres décadas como parlamentario ha apoyado las «causas perdidas» con una coherencia brutal, han reforzado la figura de este socialista. Lo que ha conseguido este vegetariano, antimilitarista, usuario de la bicicleta como medio de transporte y, sea en Oriente Medio, en Irlanda o en Euskal Herria, sensible a los pueblos y a sus causas, es un logro político sin precedentes. Tiene motivos de sobra para celebrarlo –y lo hizo uniéndose a la masiva manifestación a favor de los refugiados que ayer abarrotó las calles de Londres–, pero no cabe duda de que las verdaderas dificultades comienzan ahora para él.

«Media revolución»

Un viejo dicho de la Revolución Francesa dice que «quienes hacen una revolución a medias, cavan su propia tumba». La victoria de Corbyn no es el final de una lucha, sino el principio, una «media revolución» que dará alas a los «blairistas», a sus terminales mediáticas y a las corporaciones de la City. Los contraataques «antirrevolucionarios» más o menos furibundos y sostenidos en el tiempo están servidos en el menú.

De hecho, las primeras voces de insumisión al liderazgo de Corbyn no se han hecho esperar entre parlamentarios laboristas, y medios como “The Economist” o “Financial Times” presentan sus propuestas económicas como medidas extremistas, inaplicables o demasiado bonitas para ser ciertas. Como indica el columnista Owen Jones –calificado por muchos como el «aliado mediático en jefe» de Corbyn– en “The Guardian”, «quienes se han inspirado con el mensaje de Corbyn tendrán que hacer bastante más que votarlo».

El vasto movimiento popular de base tendrá que seguir construyéndose mediante una disciplina en el mensaje que llegue a quienes no votan, a la clase media, a los moderados del laborismo... porque una coalición de izquierdas no puede solo construirse desde los pobres y la simpatía de los otros. Corbyn tendrá también que integrar en el partido, de una u otra manera, a los sectores que se han enfrentado a él, hacer un partido más colegiado, donde la política la marque la amplia base militante. De una u otra manera, tendrá que acertar en esa labor porque le va a resultar clave para que aquellos sectores decididos a atacar su mandato democrático –y haberlos, haylos– sean vistos como los verdaderos «agresores».

Corbyn, consciente de los difíciles retos que le esperan, en sus primeras palabras ya ha mostrado sus intenciones: integrar a todas las tendencias ideológicas en la dirección; hacer que la base, y no él, dicte la línea; y, cosa muy importante, avisa de que no piensa apuntarse a batallas que no puede ganar (como serían, aunque él sea un declarado republicano, un referéndum inmediato sobre la monarquía, la salida automática de la OTAN o una confrontación abierta con el stablishment laborista frente al cual ha tendido la mano y busca la cooperación).

No solo la antiausteridad

Efectivamente, Corbyn debe ser conciliador en un grupo parlamentario laborista en el que tiene muy pocos amigos. Los nombramientos que haga serán escrutados con lupa y los nuevos equilibrios internos serán puestos a prueba desde el primer día. Escocia, otrora feudo histórico del laborismo, es otro de los dossieres en que Corbyn tendrá que centrarse. Condenado el Partido Laborista prácticamente a la irrelevancia, no parece que las tendencias vayan a cambiar de cara a las elecciones escocesas de 2016 y Corbyn tendrá que tomárselo con paciencia si quiere recuperar sectores que han abandonado, quizá para siempre, al laborismo.

Pero, sin duda, es en los temas económicos y sociales donde más se la juega. Y no le bastará ser solamente «anti» sino que tendrá que mostrarse también «pro». Dossieres como los bajos salarios, los precios inasumibles de la vivienda, la modernización de las infraestructuras y la promoción de energías renovables y de empresas de alta tecnología le esperan en el cajón. Y tendrá que saber abordarlos en consonancia con su propuesta de articular una «propiedad pública, estratégica y democrática» de los medios de producción.

Aunque los medios de comunicación de la City presenten su agenda económica en términos extremistas y catastrofistas, lo cierto es que Corbyn ha puesto encima de la mesa medidas –incluso la de la creación de un banco público de inversiones– moderadas, de sentido común, dirigidas mayormente a mitigar las consecuencias de la crisis. No difieren mucho de las propuestas por Obama en 2009 o de las políticas que se aplican en Escandinavia. Pero como se ha visto en Grecia, la perspectiva de un retorno a programas económicos socialmente beneficiosos no es ya un tema local; sus implicaciones son globales. De la misma forma en que Syriza fue brutalmente castigada por la «temeridad» de proponerlas, parece seguro que dentro del laborismo y fuera de él, en los medios corporativos, no van a dar respiro a Corbyn. La batalla, por tanto, está servida.

El papel de los lobbies internos

Pasar de ser un parlamentario no tan conocido a ser el líder del Partido Laborista, y de la manera en que lo ha hecho, implica tomar decisiones de calado a corto. Pedir perdón por la guerra de Irak u oponerse a los recortes, aun siendo importante, no le va a ser suficiente. De hecho, el ala más a la izquierda de los laboristas –Red Labour, Grassroots Alliance, The People’s Assembly...– han planteado ya «pasar inmediatamente a la ofensiva» y que Corbyn tendrá incluso que «quitar de los cargos internos a los parlamentarios irreconciliables con la nueva línea». Multitud de lobbies hacen cola con su lista de reclamaciones, con su «qué hay de lo mío», lo cual presenta para Corbyn otro desafío: el organizativo, el de agrupar multitud de tendencias izquierdistas, demandas sindicales y todo un movimiento de base desestructurado en torno a un liderazgo coherente y claro.

Con todo, tiempo habrá para Jeremy Corbyn de encarar todos estos retos. Ahora toca disfrutar de su victoria, que seguramente ha sido el acontecimiento político más relevante de las últimas décadas en Gran Bretaña. Lo que parecía un escenario impredecible e inesperado, finalmente ha llegado y ha sacudido todo el stablishment británico. Ha nacido una nueva esperanza que inspira confianza. ¡Grande Corbyn! ¡Bien hecho!