
Se dice que la elegancia y el fair-play dictan que tras la elección de un nuevo cargo político suele venir una fase de gracia, de cortesía, las espadas se enfundan y se instaura un laissez-faire transitorio. El código no escrito habla de cien días de gracia, pero en el caso de la elección de Corbyn ni siquiera ha llegado a 24 horas. Sus enemigos se han lanzado a degüello y sus «amigos» afilan sin disimulo los cuchillos. Seguramente no es algo que pille por sorpresa a Corbyn, aunque la rapidez y la brutalidad de los ataques son escandalosamente llamativos.
El propio primer ministro David Cameron, en un calculado movimiento, lanzó ayer al mundo un mensaje apocalíptico: «Con Corbyn las familias, la economía y la seguridad nacional británica están amenazadas». ¡Casi nada al aparato! De inmediato, los miembros de su gabinete cacarearon al unísono la idea y los medios de comunicación conservadores amplificaron el mensaje.
Sin embargo, aunque menos estridentes, los ataques y los conatos de rebelión en el Partido Laborista tampoco se hicieron esperar. Las cartas de dimisión están escritas y las negativas a colaborar con el equipo de Corbyn se multiplican. Los mensajes catastrofistas se hacen cada vez más presentes. «El partido se juega la vida» declaró Lord Mandelson, antiguo ministro de Trabajo; el candidato derrotado en las primarias Andy Burnham dijo que «la euforia es fácil» pero que se encaminan hacia un «suicidio político seguro»; e incluso hubo parlamentarios que dieron su apoyo para que Corbyn pudiera presentarse a las primarias que afirmaron que «sé dónde vamos a acabar, en el cementerio de la Historia, lo que no sé es cuándo».
Todo esto resulta un tanto paradójico porque, en teoría, cuando un partido derrotado elige un nuevo líder, ese acontecimiento tiene potencial para ser una oportunidad, un momento para renacer, para dejar de un lado los dolores y los fallos del pasado y hacer que el partido pueda volver a soñar.
No parece el caso con Corbyn. El cisma entre él y los parlamentarios de su partido –no hay que olvidar que menos de un 10% lo apoyaron– está tocando a la puerta. Los tories ya preparan una agenda parlamentaria que les permita visibilizar y explotar políticamente esas diferencias en las votaciones. Cierto es también que durante tres décadas Corbyn siempre ha sido un outsider, un insurgente, un electrón libre en el grupo parlamentario laborista y, con esas credenciales, no es sencillo esperar una lealtad por parte de sus colegas, una unidad del partido, cuando él no ha sido nunca un ejemplo de obediencia a las directrices del partido, un practicante sumiso del «todos a una».
Ataques de artillería
Con todo, no parece predecible un «golpe de Estado» inmediato contra Corbyn. Eso sí, muchos de los que le felicitan con una gran sonrisa, al darse la vuelta aprietan los dientes y se muestran dispuestos a morderle. Corbyn tendrá que hablar ahora con sentido y parecer siempre un líder solvente y competente. Ello resulta necesario para neutralizar todos los ataques de artillería y apaciguar el escepticismo que pretenden instaurar en el gran público. Un programa práctico y con posibilidades de desarrollo y un posicionamiento político astuto le serán así mismo de gran ayuda.
Otro de los frentes a los que tiene que atender Corbyn es el de unos sindicatos que han sido aliados muy activos en su campaña y que preparan una fuerte movilización ante el proyecto de ley sindical de los tories que deja el derecho a la huelga en la más absoluta de las irrelevancias. Sin ir más lejos, Paul Kenny, secretario general del GMB –tercer sindicato británico más grande– tuvo ayer palabras muy duras para quienes no van a ser disciplinados con Corbyn. «Los que elijan ser francotiradores deben dejar el Partido», dijo Kenny ante el Congreso Anual de Sindicatos, unas palabras que reflejan bien que los ánimos están encendidos y el fuego cruzado empieza a ser intenso.
Con este panorama, y tras la perfecta tormenta democrática que lo aupó al liderazgo laborista, aún es pronto para saber si los mayores problemas de Corbyn vendrán de sus enemigos o de sus «amigos». Debería tener cuidado con ambos, quizá más con los «de casa», con los autoexiliados internos que predican ya que, «si cae, será esencial que él y sus compañeros de viaje se hagan responsables de la caída». Sí, es pronto para saber cómo va a encarar estos desafíos el nuevo líder del laborismo. El partido nunca ha tenido un jefe supremo que se le parezca y Corbyn ha hecho toda su carrera evitando siempre estar cerca de los líderes del partido.
Un partido parlamentario con serias marejadas internas, un líder con una autenticidad brutal aunque quizá no con un carisma fuerte, bandadas de seguidores todavía desorganizados y un stablishment que apunta con artillería pesada son elementos que amplifican la inquietud sobre si Corbyn puede ganar unas elecciones y convertirse en primer ministro. En realidad, nadie lo sabe. Nadie sabe en qué parametros se situará el sentido común en 2020; los pueblos nunca son un cuerpo sólido de gente «centrista» en el que todos piensan igual. Los escenarios políticos cambian muy rápido, a veces tras décadas de maduración y otras veces, más que como producto del trabajo de un movimiento, como fruto de un momento lleno de paralelismos en realidades similares que cuestionan los consensos y los status quo imperantes.
Nadie lo sabe, ni siquiera el propio Corbyn, que seguramente no esperaba ni su triunfo. No todo es determinismo en la política, la sorpresa existe y lo imposible a veces se hace inevitable. Pero como dijo el socialista estadounidense Eugene Victor Debs: «Siempre es mejor votar por lo que quieres y no conseguirlo que votar por lo que no quieres y conseguirlo». Corbyn tiene un mandato popular masivo y toda la legitimidad para intentar el asalto al poder.
«Somos la seguridad y Corbyn una amenaza a la seguridad nacional»
«Seguridad» es el clavo que martillean sin cesar los tories. Siguiendo un cálculo político y una consigna que Cameron y todos los ministros siguen a pie juntillas, ellos representan la «seguridad» nacional, la de la economía, la de las familias... y los laboristas de Corbyn (y todos los que no son ellos) una amenaza a la seguridad.
Es una estrategia que llega a extremos insolentes. Ayer mismo en la cuenta de Twitter oficial de los conservadores podía leerse lo siguiente: «El nuevo líder laborista es una amenaza para nuestra seguridad nacional. Cree que: la muerte de Osama Bin Laden fue una tragedia. Describe que las organizaciones terroristas de Hizbullah y Hamas son ‘amigas’. Y se opone a: que Gran Bretaña tenga una defensa nuclear». Parece barriobajerismo grosero, pero es una estrategia calculada y trabajada.

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