Aunque a bote pronto resulte paradójico, desde que Alexis Tsipras inició el proceso de convocatoria de elecciones anticipadas, el 20 de agosto, la política griega ha pasado a un segundo plano en el panorama internacional. Los focos de la actualidad mundial siguen centrados en gran medida en Grecia, pero ahora lo hacen para seguir el tránsito diario de miles y miles de personas a través del Egeo en su penosa marcha hacia los estados más prósperos de Europa.
El drama de los refugiados procedentes de Oriente Medio y África se ha sumado a la difícil gestión por parte del Gobierno de Syriza de la crisis humanitaria en la que estaba sumergida Grecia antes de que esta formación llegara al poder tras las elecciones del 25 de febrero.
Hace menos de un año, cuando las encuestas ya vaticinaban el ascenso imparable de la Coalición de la Izquierda Radical, los reportajes periodísticos que llegaban desde Atenas hablaban de las elevadas tasas de paro (el 26,7% en el primer trimestre de este año, el más alto de la UE) que iban dejando miles de personas sin techo, del cierre de negocios, de la depauperación de la «clase media» (reflejada en los testimonios de familias que estaban pasando el invierno sin electricidad porque les habían cortado el suministro por impagos) o de la corrupción que había llegado a falsear las estadísticas presupuestarias (Grecia fue de nuevo expedientada en enero por la Comisión Europea).
En ese contexto, Syriza logró el respaldo mayoritario del electorado: 2.246.064 votos, un 36,34% de las papeletas válidas. Superó con holgura a Nueva Democracia (27,81%), el gobernante partido de derechas que durante decenios se alternó en el poder con el Pasok (este se hundió hasta un 4,68%).
Al sumar el bono de 50 escaños que otorga el sistema electoral a la fuerza más votada, Syriza, con 149, se quedó a dos de la mayoría absoluta. Tras una negociación exprés, optó por formar un gobierno de coalición con ANEL (acrónimo de Griegos Independientes), al que cedió la cartera de Defensa. Una extraña ligazón izquierda-derecha basada en el rechazo a las políticas de austeridad mantenidas por ND y Pasok, y en una posición de firmeza para afrontar las negociaciones con los acreedores internacionales. Así comenzó la andadura del Gobierno de Alexis Tsipras, quien, a sus 41 años, fue nombrado primer ministro el 26 de enero.
Transcurridos apenas siete meses, la mayoría de los análisis políticos incide en el «giro radical» de Syriza. Ello es debido a que se coloca la firma del memorándum del tercer rescate como el hito que divide la breve legislatura en un «antes de» y un «después de», como el Rubicón que Syriza dijo que nunca cruzaría y al que Tsipras habría dirigido conscientemente a su partido tras desembarazarse del carismático Yanis Varoufakis.
Pero antes de analizar lo que sucedió a partir del 5 de julio, conviene reparar en qué había hecho el Ejecutivo de Tsipras hasta entonces.
El primer acto oficial del nuevo jefe de Gobierno estuvo cargado de simbolismo: la visita al Memorial de la Resistencia de Kaisariani, donde las fuerzas de ocupación fusilaron a dos centenares de militantes comunistas en 1944. Allí acudió acompañado de un grupo de descendientes de aquellos partisanos que lucharon contra los nazis.
En el Parlamento, fue presentando iniciativas para hacer frente a la crisis humanitaria, como la que permitió restablecer la conexión de la red de electricidad, si había sido suspendida por impago, en la primera vivienda, y ofrecer luz gratuita hasta finales del año a quienes viven bajo el umbral de la pobreza. También elaboró el proyecto que contempla subsidios de alimentación destinados a unas 300.000 personas.
Reiteró el compromiso de poner fin a las cárceles de máxima seguridad y los centros de detención de inmigrantes, y decretó la reapertura del canal público de radio y televisión ERT, cerrado dos años antes por el Gobierno de Antonis Samarás (ND), que dejó en la calle a más de 2.500 trabajadores.
Todo ello sucedía mientras el ministro de Finanzas bregaba con sus homólogos comunitarios intentando convencerles de que la solución de la crisis financiera griega no pasaba por que Atenas siguiera endeudándose para cubrir los intereses de préstamos anteriores, explicándoles que las medidas de austeridad sacralizadas por los dirigentes neoliberales limitarían la capacidad de Grecia para obtener nuevos recursos.
Varoufakis no logró que la Comisión Europea, el Eurogrupo o el Banco Central Europeo cambiaran de estrategia, pero sí consiguió que su discurso antiausteridad llegara a gran parte de la opinión pública del Viejo Continente y que en multitud de foros se cuestionaran abiertamente las tesis defendidas por Wolfgang Schäuble, por citar solo al máximo representante alemán en estas negociaciones.
Atenas se cansó de recibir un ultimátum tras otro desde Bruselas y, una vez llegados al estancamiento total de las negociaciones, decidió convocar un referéndum para que la ciudadanía se posicionara, lo que fue recibido con críticas muy duras y hasta con amenazas más o menos veladas por parte de sus acreedores y de significados portavoces de las instituciones comunitarias.
En la calle, especialmente en la plaza Sintagma, donde se levanta el Parlamento, las manifestaciones en contra de la troika superaban claramente en participación a quienes defendían otras posiciones.
La pregunta, en su formulación abreviada, era clara: «¿Debe ser aceptado el borrador para un acuerdo de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, presentado el 25 de junio y que está formado por dos partes, resumidas en una sola propuesta?». El resultado fue contundente, con una participación del 62% del censo electoral, un 61% votó “No” (Oxi, en griego) a la imposición de la troika. Y Tsipras lo entendió así: «Soy consciente de que el mandato que me dais no es un mandato de ruptura, sino un mandato para una solución sostenible» en el que la prioridad será «el funcionamiento del sistema bancario». Eso no impidió que el «corralito» se alargará aún durante varias semanas.
El primer ministro dio paso a una nueva fase negociadora con la troika y abrió la puerta a Varoufakis para que presentara su cese como ministro –siguió en la bancada parlamentaria de Syriza, votando por libre, hasta el final de la legislatura–. Fue sustituido por Euclides Tsakalotos, quien se subió al tren de las negociaciones con el objetivo de lograr un nuevo acuerdo que permitiera a Grecia seguir en la eurozona –el fantasma del Grexit iba tomando cuerpo– y que tuviera el menor coste posible para la población de su país.
El pacto sobre el memorándum se cerró el 13 de julio. A partir de ahí, Tsipras, que asumió que las condiciones aceptadas quedaban muy lejos de las que deseaba Syriza, se ha dedicado a defender la necesidad de sellar el acuerdo, pero sin defender su contenido. Los integrantes del Ejecutivo griego abogaron ante el Parlamento y ante la ciudadanía por refrendar el memorándum sin ocultar que creen que las medidas impuestas por los acreedores no servirán para reflotar las finanzas.
La única baza «positiva» esgrimida es la de que el pacto contempla una futura quita de la deuda. Pero ese supuesto compromiso no aparece por escrito y el Gobierno de Angela Merkel se resiste a aceptar el término «quita», aunque asume que será necesario un «alivio» de la deuda griega. Curiosamente, el Gobierno griego se ha encontrado en este camino con el apoyo del FMI, que ahora defiende abiertamente la necesidad de condonar una parte de la deuda griega e, incluso, la pone como condición previa a su participación en el tercer rescate.
«Hoy el pueblo griego ha hecho historia», dijo el líder de Syriza la noche del 25 de enero. Hizo referencia al simbolismo de su victoria para «la lucha de los pueblos de Europa contra la austeridad», al tiempo que subrayaba que no había «ni vencedores ni vencidos», sin dejar pasar la oportunidad de señalar que, con la victoria de la izquierda, solo perdía «la Grecia de los oligarcas y de los corruptos».
Es posible que repita parte de ese discurso dentro de unas horas porque muchas encuestas vaticinan un triunfo de Syriza, aunque más ajustado que en febrero, si bien otras ponen a la par a Nueva Democracia.
En gran medida, el resultado de Syriza vendrá condicionado por el respaldo que obtenga Unidad Popular (LAE), la escisión liderada por el exministro Panagiotis Lafazanis, que se ha convertido en el abanderado de quienes se sienten «traicionados» por Tsipras.
Aunque las encuestas otorgan representación parlamentaria a LAE, no hay que pasar por alto que los ejes de su mensaje –la salida del euro y las críticas a Syriza por acatar las premisas de la troika– son los mismos que ya esgrimía en enero el Partido Comunista (KKE), que obtuvo 15 escaños y un 5,47% de los votos.
Por su parte, ND pretende ampliar su base electoral presentando un perfil más «centrista» tras colocar en su cúpula al exministro Vangelis Meimarakis (61 años), en detrimento de Antonis Samarás, quien dimitió tras la derrota del “Sí” en el referéndum. Difícil tarea para la derecha tradicional cuando el reducido espacio del centro fue ocupado en enero por una nueva formación como To Potami (17 escaños y un 6% de los votos) y algunos sondeos dan cabida en la futura Cámara a la Unión de Centristas, una longeva fuerza extraparlamentaria.
También el Pasok cambió de líder después del referéndum, colocando al frente a Fofi Yenimatá y dejando atrás a Evángelos Venizelos, pero no la lamentable imagen de los gobiernos de coalición con la derecha. Yenimatá ha sido ministra en tres gabinetes distintos, uno de ellos dirigido por el propio Samarás.
En el virtual hemiciclo que configuran los sondeos volverán a estar presentes los neofascistas de Amanecer Dorado (en enero fueron la tercera fuerza, con 17 escaños y un 6,28% de los votos), mientras que no está claro que ANEL consiga superar el listón del 3%.
Fechas clave
2009
- Octubre: El Gobierno de Georges Papandreu (Pasok) prende la mecha de la crisis de la deuda en Europa elevando la previsión del déficit público para 2009 hasta el 12,7%, en lugar del 6% anunciado.
2010
- 23 de abril: Con una deuda de 350.000 millones de euros y privada del acceso a los mercados financieros, Grecia solicita la ayuda internacional.
- Mayo: Grecia se convierte en el primer país de la eurozona en recibir un plan de ayuda internacional, de 110.000 millones de euros en préstamos aportados por los Estados europeos, el BCE y el FMI. A cambio se pone en marcha un severo plan de austeridad.
2011
- 27 de octubre: El Eurogrupo elabora un segundo plan de salvamento, combinando préstamos suplementarios por 130.000 millones de euros y la quita de parte de la deuda de los bancos privados (107.000 sobre 206.000 millones).
2012
- Junio: Se forma un gobierno de coalición derecha-izquierda que pone en marcha un nuevo proyecto presupuestario de austeridad para 2013.
2014
- Abril: Grecia vuelve a los mercados financieros y comunica un excedente presupuestario a fin de año (sin contabilizar las cargas de la deuda).
2015
- 25 de enero: Syriza gana las elecciones con la promesa de renegociar el plan de ayuda y poner fin a la austeridad.
- 5 de julio: La ciudadanía griega rechaza en referéndum (61,31%) las propuestas de la troika.
- 13 de julio: Al término de una cumbre de jefes de Estado y de Gobierno, el Eurogrupo y Grecia acuerdan un nuevo plan de ayuda.
- 14 de agosto: Tras aprobar las condiciones previas fijadas por la troika, el Parlamento griego adopta el tercer plan de ayuda. Hasta 40 diputados de Syriza votan en contra o se abstienen.

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