Miguel FERNÁNDEZ IBÁÑEZ
Ankara

El caos inunda la reválida de Erdogan

Los elecciones anticipadas en el Estado turco se celebran hoy en un ambiente marcado por la polarización y la guerra en Kurdistán Norte. Tras las fallidas negociaciones para conformar una coalición, el gobernante AKP busca una nueva mayoría absoluta bajo la autoritaria sombra del presidente.

Una guerra en Kurdistán Norte, dos atentados, entre ellos el mayor en la historia del Estado turco, y una alarmante polarización. En cinco meses, desde las elecciones del pasado 7 de junio, el Estado turco se ha zambullido dentro de esta tóxica mezcla que amenaza el avance democrático de la última década. Hoy, en un crucial plebiscito, los anatolios juzgan de nuevo la apuesta presidencialista de Recep Tayyip Erdogan después de que el Partido Justicia y Desarrollo (AKP) no pudiese pactar un Gobierno con la oposición.

Y de nuevo, la clave será el Partido Democrático de los Pueblos (HDP). Si los pro-kurdos pasan el corte electoral del 10% el AKP tendrá complicado llegar a los 276 parlamentarios que otorgan la mayoría. De no hacerlo, el trasvase de votos propiciaría la holgada victoria –más de 330 escaños– que Ahmet Davutoglu reclama para continuar con el «desarrollo económico» y convocar un referéndum sobre la nueva Constitución.

La campaña del AKP se ha centrado en recordar que solo él será capaz de garantizar la estabilidad e integridad del Estado. Para ello ha usado la táctica opuesta: la guerra en Kurdistán Norte. La oposición ha denunciado que los islamistas persiguen el apoyo de los nacionalistas temerosos del independen- tismo kurdo y revertir el apoyo de los liberales turcos del HDP. Pese a la escalada de tensión, las encuestas reflejan que los anatolios no cambiarán sus preferencias y refrendarán su rechazo a la Nueva Turquía de Erdogan.

En estos cinco meses, la presión del Ejecutivo a los kurdos ha terminado por colapsar el proceso de paz. En julio, todo estalló. La masacre en Suruç fue respondida por el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) con la muerte de dos policías. Desde entonces, Erdogan no ha dejado de bombardear Qandil mientras imponía toques de queda y más de un centenar de áreas de seguridad especial. Como respuesta, decenas de alcaldías kurdas rechazaron la autoridad de Ankara y proclamaron las autonomías democráticas. El alto al fuego –salvo ofensiva turca– declarado por el PKK el mismo día del atentado en Ankara y las llamadas del HDP para silenciar las armas no han alterado la coyuntura bélica en Kurdistán Norte. El ejemplo mediático es Cizre, aunque hay decenas más.

La situación en Siria

Una de las razones por las que Erdogan modificó su opinión sobre la paz es Siria. Ha repetido que no permitirá la creación de un Estado kurdo en Siria y ha buscado el apoyo internacional para establecer una zona de seguridad para realojar a los refugiados y entorpecer a Rojava. La maniobra se ha convertido en un fracaso: Putin apoya con bombardeos a Al-Assad y EEUU entrega armas al PYD. Los actores lejanos, pero siempre influyentes, han certificado los límites del poder turco en la región y siguen incrementando la percepción de la desastrosa apuesta siria de Erdogan: Al-Assad estará en la transición, el PYD amplía su poder y los kurdos se plantan ante él en Anatolia.

El daño colateral de esta política internacional ha convertido el Estado en un nido de fundamentalistas y los anatolios temen por su seguridad. Los atentados dentro de sus fronteras han dejado 139 muertes y, cuanto menos, han demostrado la permisividad del Ejecutivo con los grupos yihadistas involucrados en Siria.

La situación en las calles de Anatolia aún no es tan preocupante como el panorama político, aunque las gotas de rencor siguen filtrándose en el frágil tejido social.

Mayor polarización

Tras el colapso del proceso de paz, unas turbas nacionalistas atacaron más de 150 sedes del HDP y decenas de kurdos fueron agredidos. Nadie ha sido juzgado, aunque los autores podrían estar relacionados con las juventudes del AKP.

Los diarios opositores también han sufrido ataques que van más allá de la censura y persecución judicial iniciada hace dos años, cuando comenzó el giro autoritario con Gezi. Un grupo de islamistas asaltaron la sede del diario “Hurriyet”. Lo más preocupante es que a la cabeza estaba Abdurrahim Boynukalin, miembro del AKP que, en lugar de ser sancionado, fue ensalzado y ahora se dedica a dar discursos incendiarios en los que pide tomar las calles.

Estos ejemplos podrían degenerar en una nueva época oscura. La impunidad de los agresores demuestra que la violencia está permitida si es favorable al Gobierno. De momento son gotas, pero en el imaginario están grabadas las masacres de alevíes o el Domingo Sangriento de Taksim. Ümut Özkirimli, experto de la Universidad Lund, explica que, a diferencia del AKP, los gobiernos se preocuparon por no agitar las divisiones sociales. «La polarización ha alcanzado unos niveles sin precedentes. Es cierto que en los años 70 existía, pero era más artificial», recuerda.

Pese a esta peligrosa tendencia, el Gobierno del AKP supuso un éxito social para la causa kurda. La actual aceptación ha provocado un trasvase de votos del CHP al HDP, algo impensable antes de Erdogan. Un logro que él mismo podría enterrar si no calma la situación. «El AKP está ampliando la brecha entre islamistas y kemalistas para aferrarse al poder», dice Özkirimli.

En estos comicios la oposición ve en Erdogan el problema y no la solución. El AKP piensa lo contrario y, acostumbrado a la unilateralidad, intentará hacerse con una nueva mayoría para brindar, en la sombra o con cambios constitucionales, el poder a Erdogan. Pero tirando de historia, por mucho que Erdogan dijese que los votantes «cometieron errores» en junio, los seis partidos que con anterioridad convocaron elecciones anticipadas perdieron votos. Aunque ninguno de sus líderes era Recep Tayyip Erdogan.